Publicado en: 19/07/2026 Agustín Miranda Comentarios: 0
Foto: EFE

En 2023, Gabriela Cabezón Cámara publicó la novela Las niñas del naranjel. Prontamente obtuvo los premios National Book Award, Sor Juana Inés de la Cruz, Ciutat de Barcelona y el otorgado por la Fundación Medifé Filba. En el presente artículo analizaremos los elementos centrales de este trabajo.

Mediante la utilización de tres voces, dos en primera persona, una que lleva adelante diálogos, otra que escribe una carta, y un narrador omnisciente, relata la historia de Catalina de Erauso (1592 – 1650), conocida como la Monja Alférez, criada en un convento en San Sebastián, España, regentado por su amada tía, de donde en su adolescencia se escapa y tomo rumbo hacia el nuevo continente. Para este cometido adopta múltiples identidades masculinas y realiza tareas propias del género, como la de grumete, paje, tendero y principalmente la de soldado, oficio que practica sin resquemores hasta en los momentos álgidos, aquellos en los que se acaba con la vida de un congénere. Su iter por América cambia de carácter cuando encuentra a dos niñas indias famélicas, decide llevarlas  con ella, asistirlas y protegerlas. De esta forma, quizás pueda cumplir su promesa a la Virgen del naranjel que tanto la protegió. En ajustada síntesis, es la historia del peregrinaje de una penitente en busca de redención.

Catalina de Erauso, fue un personaje real del que poco se sabe en rigor. Existen algunos documentos y una autobiografía de dudosa autoría que para muchos historiadores es apócrifa por incurrir en errores insoslayables de tiempo y espacio. Su verdadera redacción es atribuida a un joven dramaturgo del reino de Nueva España llamado Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza realizada en el siglo XVII. Sea como fuere, la leyenda de la Monja Alférez sigue viva hasta nuestros días.

Frente a la falta de datos veraces surgen interrogantes que inquietan a escritores, historiadores y lectores. ¿Hasta qué punto un texto de narrativa puede completarlos?, ¿en caso de hacerlo, esta licencia encuentra límites?, ¿es conveniente la glosa?, ¿el lector debe ser advertido previa y expresamente de dicha intervención? Las respuestas no son unánimes, aquellos que aprueban estas maniobras como sus detractores tienen razones de peso para sostener sus postulados. Entendemos que quien trabaja en la creación de una novela tiene todo el derecho de hacerlas, pero con ciertas pautas que deben ser atendidas para no faltar a la verdad (por más que sean pocos o inciertos los hechos materiales con los que se cuenten), ni caer en un embuste al lector. Un prólogo, un prefacio, un proemio, o una nota introductoria son herramientas que pueden servir para hacer las aclaraciones pertinentes a modo de noción preliminar; nada obsta para que sean realizadas en otra parte del cuerpo del trabajo y de diversas formas. Ninguna de estas alternativas fue utilizada por la autora.

Al leer el texto nos encontramos con una cantidad sorprendente de inexactitudes, inconsistencias, contradicciones, anacronismos y equivocaciones que están por fuera de lo que puede ser una versión, una adaptación o una conjetura, dado que son imposibles de hacerlas ingresar en el relato por el tenor de la falsedad que detentan. Aquí no estamos haciendo alusión a los elementos fantásticos que tiene la obra (que probablemente sea lo mejor logrado), sino a referencias en la parte histórica, en la cuerda que pretende sin éxito ser realista.

Un lector poco avezado, que no realice una lectura analítica, podrá creer que no son errores, sino recursos literarios, tropos de algún tipo. Esto no es así, no son sentidos figurados, metafóricos, ni alegóricos, ya que no tienen un fin ulterior. Para darnos a entender de mejor manera es preciso señalar algunos ejemplos. La autora ubica a la ciudad de San Sebastián en Vizcaya cuando en realidad queda en Guipúzcoa. Muchas de las citas en euskera (lengua Vasca)  están hechas en euskera batúa, idioma que nació en 1968 tras la unificación de los distintos dialecticos que la componían para evitar la extinción, claramente a finales del siglo XVI nadie hablaba batúa. Tampoco los vascos de aquel entonces, como son graficados en la obra, comían pintxos, ni bebían chiquitos, ni calimochos, puesto que surgieron a mediados del siglo XX. Varias de las rutas terrestres en la península ibérica que son mencionadas no existían en los tiempos de los hechos narrados. Ciertas batallas militares no coinciden temporalmente, como tampoco lo hace una referencia a Franz Schubert que nació dos siglos después de que lo hiciera el personaje principal.

A medida que avanza el relato, las tres voces discursivas que hacen a la polifonía utilizada por la autora adoptan un lenguaje soez con modismos de nuestros tiempos. Este súbito cambio, que en el caso del omnisciente para muchos bien podría ser la introducción de un nuevo narrador,  no habilita los errores antes mencionados. San Sebastián nunca quedó en Vizcaya, siempre quedó en Guipúzcoa.

Esto no debe confundirse con los elementos fantásticos, que por sus propias condiciones perforan las leyes de la realidad dando un resultado extraordinario, sobrenatural o inexplicable. Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto… En este caso, el personaje principal de unas de las obras literarias más importantes del siglo XX, sin explicación se transforma en un artrópodo y lo primero que lo intranquiliza es que no va a poder ir a trabajar. Su autor, valiéndose de un elemento fantástico, señala lo que pocos años después se ocuparon en profundizar Theodor Adorno, Max Horkheimer y toda la escuela de Frankfurt: la alienación. Lo irreal muestra lo real, este es el fin ulterior al que nos referimos. Distinto es el caso de la incorrecta ubicación de la ciudad de San Sebastián y de los demás ejemplos citados.

Otro aspecto que debemos diferenciar para no caer en equívocos es el de la voz propia del autor. Todo artista que realmente lo sea, tiene una identidad personal, única, que impacta en sus producciones, en caso contrario estaríamos en presencia de un imitador, un “proyectista”. Esta singularidad al mismo tiempo le otorga calidez a una obra, pensemos en la articulación de Charlie Parker, la fusión de Gershwin o el empaste de Van Gogh. La disrupción de lo propio suele ser tachada por quienes confunden esencia con error. Jon Fosse (Premio Nobel de literatura 2023) no utiliza puntos en sus trabajos, esto, prima facie, parecería ser una incorrección gramatical, las normas de la lengua (que están en permanente cambio) existen y deben ser tenidas en cuenta para que un texto se comprenda. En el caso del escritor noruego, esta supresión no es por descuido o por desconocimiento, es totalmente intencionada y muy bien preparada; por medio de ella es representada la forma en que se da el pensamiento. La libre asociación de ideas en el fuero interior cuando es silente y nos toma por asalto no se presenta en párrafos separados, no tiene puntos. La manera de abordar lo profundo, lo íntimo de sus personajes, se convirtió en su identidad. Nuevamente nos encontramos con el mencionado fin ulterior, pero esta vez no es de fondo, es de forma

Se ha dicho que la prosa de la novela en cuestión es barroca. Discrepamos con esta apreciación. Reducir uno de los más fructíferos períodos de la historia del arte a lo ampuloso y a lo sobrecargado es incorrecto. Describirlo y analizarlo in extenso no es el fin de este artículo, sin embargo debemos mencionar que uno de sus aspectos centrales fue el implacable cuidado en la hechura de la obra hasta en sus mínimos detalles, al igual que el refinamiento de la técnica. Los mármoles de Bernini y los lienzos de Caravaggio dan cuenta de ello. ¿Acaso alguien encontró algún error en los contrapuntos de Bach? Los trabajos de Góngora como los de Quevedo no guardan semejanzas de ningún tipo con el abordado.

Cabe preguntarnos cuál es la importancia de los yerros. Pese a quien le pese, la hermenéutica existe. En Las niñas del naranjel, las inexactitudes, las contradicciones, los anacronismos y equivocaciones de todo tipo, hacen que el texto se tropiece, que periclite por la propia inconsistencia. No abogamos por la perfección, que en materia artística por fortuna es imposible alcanzar, ni por la abdicación de la identidad del autor. Bregamos por la congruencia narrativa.

Más allá del ruido blanco generado por los mencionados errores, que con un riguroso estudio previo podrían haberse evitado, destacamos el tempo andante de la cadencia y el final de obra. La resolución de la trama está lograda con una ostensible calidad literaria.

 

Somos conscientes de que en una sociedad binaria y maniquea como la actual, la presente columna puede irritar a quienes viven la literatura como un combate por la imposición del propio ego o indignar a aquellos que creen que los autores escriben desde el Monte Sinaí. Lo aquí analizado es sobre hechos objetivos, de ningún modo busca menoscabar el subjetivo gusto de cada lector, ni mucho menos cercenar el sagrado derecho de todo escritor a expresarse libremente. Defendemos la pluralidad de ideas, que es el pilar de la democracia, tomando como propio aquél célebre aforismo de Voltaire: discrepo absolutamente con tu opinión, pero daría mi vida para que se respete tu derecho a tenerla.-

 

 

Autor:
Agustín Miranda

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