(EN)Tropi@ ha dedicado este número al cuento. Entendemos que el género merece una consideración especial y, en la revista, aparte de los análisis generales se encontraran los particulares referidos a cuentos destacados con enlaces que remitirán al lector a esas grandes obras de escritores de los siglos XIX y XX:
¿Por qué el cuento como género? Es que el cuento literario (short story en inglés) parece haber arribado al panteón del arte después de la poesía y la novela. Y, en principio, no ha gozado del prestigio de aquellas llegándoselo a clasificar como un género menor de la narrativa. No estamos refiriéndonos al cuento de la tradición oral (tale) que con su color y matices propios agregados o sustraídos a lo largo del tiempo por las renovadas versiones representó un elemento definitorio de la cultura popular y de la tradición, oficiando, también y por cierto, como base para el relato escrito y de ese modo fijado como auténtico.
Al día de hoy, el desarrollo de la historia corta ―adrede la calificación porque alude al carácter primero que circunscribe el género― se frecuenta y se consume, si no con la intensidad de la novela, con el mismo respeto y creciente frecuencia. No hay prácticamente autor reconocido cuya obra no incluya al cuento y basta pensar que las narrativas de Edgar. A. Poe y Jorge Luis Borges se abocaron fundamentalmente a él.
Se ha teorizado con largura sobre la historia corta y las opiniones permitirán comprender de qué se trata si las consideramos como puntos de vista enfocados sobre un mismo objeto. Difícil será hablar de los difusos límites de lo que damos en llamar cuento porque no existen reglas estrictas para producirlo, aunque sí recursos y conceptos en los que tantos de los que se han abocado a teorizar, coinciden.
Entre esas coincidencias, habremos de referirnos, primero, a las dimensiones, destacando que, como se ha dicho, es esa variable la primera para considerar como cuento a un escrito donde la ficción tiene un papel, también, definitorio. Será arbitrario consignar el número de páginas o palabras, pero hay quienes han arriesgado 30 páginas o 10000 palabras. Con más, y en especial en la actualidad, empezamos a hablar de novela corta o nouvelle (denominación francesa derivada de la palabra italiana novella con que se calificaba a las narraciones breves y cuya acepción es novedad). Las referencias consignadas arriba, ofician, insistimos, como una referencia a la que habrán de agregarse otras características para arriesgar que estamos frente a un cuento.
A fin de profundizar y ubicar en el carácter de lo que hemos leído, algunos términos ayudan y se apela al de relato, impresión, crónica, aguafuerte, memoria, narración, comentario y más. Es que, los caprichos de las clasificaciones, facilitan, apenas, una visión general de lo que se clasifica o califica ―apelando aquí al juego que permiten las palabras.
Otro denominador común para encuadrar un texto como cuento es la necesidad de la ficción, o, al menos, la visión particular y, por lo tanto, subjetiva, del autor.
Otro será el número reducido de personajes ―en general bien delimitados. Es que frente al tamaño de la obra habrá poco espacio para urdir protagonistas cuya carnadura permita verosimilitud y, entonces, identificación estrecha con el lector y contrato asequible.
Otro, un conflicto acuciante. Habrá poco lugar para una convergencia de conflictos, así como para digresiones o historias secundarias. Parece necesaria una sola línea argumental o al menos, escasas, con la necesidad de un encuentro que justifique esos reducidos itinerarios que deberían estar reunidos por un denominador común.
Se pretende mantener en vilo a quien lee y llevarlo con agilidad hasta el remate elegido. Bien conocida es la frase de Cortázar que, en el sugerente e ingenioso símil con el boxeo, nos dice que un cuento debe triunfar por knock out mientras que una novela deberá hacerlo por puntos.
Siguiendo esta línea, el desenlace debería provocar emociones como sorpresa, perplejidad, horror, sugestión. Sin embargo, el final sorpresivo, desconcertante, a que hace referencia Edgar A. Poe, como necesidad del cuento, ha evolucionado y los finales abiertos, difusos, incluso mansos, han enriquecido el género que nos interesa.
.
Como se ha dicho la dimensión de la obra opera como definitoria, no superando un número de páginas que haría incurrir en lo que se conviene en denominar novela corta o nouvelle. Entonces comenzará una natural dilución de la intensidad producto del desarrollo de historias paralelas, de digresiones propias de la disponibilidad de tiempo, de una posible abundancia de personajes más o menos próximos y de un manejo del tiempo mucho más libre, recurriendo si fuese menester al anacronismo, la analepsis, la prolepsis, en fin, una disponibilidad de tiempo casi infinita.
Como en este número de (EN)Tropi@ hemos seleccionados cuentos que fueron fraguados al calor del siglo XIX y buena parte del XX en lo que llamamos occidente ―como denominación genérica― es posible observar el cambio que naturalmente provoca el paso del tiempo. Eso que alimenta lo que también llamamos evolución. Y es que cuentos como los de E. A. Poe, G. Flaubert, H. Balzac pueden, por corresponder al uso del lenguaje de entonces y a las historias abordadas, resultar sencillos, incluso ingenuos, dado el desarrollo del género acontecido desde su aparición. Habrá entonces que, además de valorar la calidad expresiva y los conflictos escogidos, hacer el ejercicio de trasladarse en el tiempo para disfrutar mejor de la obra. Esos desplazamientos nos permitirán reconocer la realidad de lo que sucedió en lo que se refiere a los lugares y los momentos y entender los antecedentes que definieron lo que ahora somos. Porque en lo que concierne al cuento actual se verá que lo que R. Piglia ha denominado la segunda historia, esa que ocurre en la trastienda, es la que detenta la mayor importancia. Maestros en no decir para que lo que se vislumbra sea contundente como E. Hemingway, R. Carver, W. Faulkner, S. Ocampo, representan esa evolución de la narrativa corta a la que nos hallamos mejor habituados.
Lo oculto, lo hechos nimios que sugieren otros más complejos y dramáticos parecen necesarios en la situación actual donde el universo de hechos se nos presenta disponible gracias al desarrollo de la información global y a la capacidad de acceder a muchos más sitios.
Es que lo que antes, por exótico o casi desconocido promovía el interés, en la actualidad y debido a la información audiovisual, a la mayor posibilidad de viajar al lugar de los hechos, ha dejado de hacerlo. La fantasía de lo desconocido por pertenecer a otro espacio y cultura ha ido disminuyendo y entonces, parece admisible conjeturar que el misterio está más relacionado con lo que no se ve, con lo que no se experimenta de manera directa, en fin, con esas historias y realidades que no se expresan directamente y que convocan la atención del lector por desentrañarlas y acercarse al infinito significado de cada hecho.
Para alumbrar la idea, los países desconocidos, las costumbres, las fantasías, lo mágico, hoy no lo son tanto dado el desarrollo de la información y el conocimiento. Será por eso que, como se ha intentado proponer, el cuento busca sus efectos en aquello que se intuye y no se dice explícitamente. Los circunloquios, los eufemismos, lo inexplicable, los seres quiméricos, juegan en la actualidad un papel destacado.
Como sucede en la realidad a la que tenemos acceso, los antecedentes son definitorios para lo que producimos ahora. Los testimonios de G. Flaubert, el realismo de H. Balzac, lo inexplicable y oscuro de E. A. Poe, las fantasías de George Sand, han sido referencia de muchos cuentistas posteriores y el tiempo, en su oficio constante, se encarga de desarrollar y enriquecer el arte de la historia corta tanto como el de los otros géneros emparentados.
De palabras se trata, de historias, argumentos, seres, impresiones, emociones. Próximos y con limites difusos y confluencias, el cuento se asocia a la novela y el poema, para ser, uno de los primeros, en el abordaje del arte de la literatura.

Autor:
Ebel Barat

