Publicado en: 17/10/2025 Wendy Lucía Morales Prado Comentarios: 0

Cuando se recuerda la obra del escritor colombiano Gabriel García Márquez, indudablemente lo primero que viene a la mente de los lectores son sus novelas y su capacidad portentosa para crear historias, entrelazarlas, aumentar el entramado narrativo y llevarlo a una proliferación que confluye en el género más frecuente que cultivaron exitosamente los narradores del boom latinoamericano, la novela. Sin embargo, su libro titulado Doce cuentos peregrinos es interesante por diversas razones. Una de ellas es su prólogo, en el que García Márquez vierte consideraciones relacionadas con el proceso creativo de estas piezas narrativas:

Los doce cuentos de este libro fueron escritos en el curso de los últimos dieciocho años. Antes de su forma actual, cinco de ellos fueron notas periodísticas y guiones de cine, y uno fue un serial de televisión. Otro lo conté hace quince años en una entrevista grabada, y el amigo a quien se lo conté lo transcribió y lo publicó, y ahora lo he vuelto a escribir a partir de esa versión. Ha sido una rara experiencia creativa que merece ser explicada […][1]

Esta observación evidencia el trabajo acucioso de García Márquez, al grado de que no es recomienda en absoluto el oficio de escritor a los niños que de grandes quieran llegar a serlo y desea que sepan “desde ahora qué insaciable y abrasivo es el vicio de escribir”. Efectivamente, con el transcurso de los años el autor llegó a acumular una cantidad ingente de temas por desarrollar “Durante unos dos años tomé notas de los temas que se me iban ocurriendo sin decidir todavía qué hacer con ellos […] Llegué a tener sesenta y cuatro temas anotados con tantos pormenores, que sólo me faltaba escribirlos”.

En el caso del primer cuento que es materia de este sucinto trabajo, su origen tuvo una naturaleza distinta al de los otros once, y en ese origen onírico estriba su particularidad, pero también su vinculación con algo más allá de lo mundano. García Márquez lo refiere en estos términos:

La primera idea se me ocurrió a principios de la década de los setenta, a propósito de un sueño esclarecedor que tuve después de cinco años de vivir en Barcelona. Soñé que asistía a mi propio entierro, a pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos dichosos de estar juntos. Y yo más que nadie, por aquella grata oportunidad que me daba la muerte para estar con mis amigos de América Latina, los más antiguos, los más queridos, los que no veía desde hacía más tiempo. Al final de la ceremonia, cuando empezaron a irse, yo intenté acompañarlos, pero uno de ellos me hizo ver con una severidad terminante que para mí se había acabado la fiesta. «Eres el único que no puede irse», me dijo. Sólo entonces comprendí que morir es no estar nunca más con los amigos. No sé por qué, aquel sueño ejemplar lo interpreté como una toma de conciencia de mi identidad, y pensé que era un buen punto de partida para escribir sobre las cosas extrañas que les suceden a los latinoamericanos en Europa. Fue un hallazgo alentador, pues había terminado poco antes El Otoño del Patriarca, que fue mi trabajo más arduo y azaroso, y no encontraba por dónde seguir.

De esta abundante cita podemos entresacar algunos aspectos importantes que García Márquez vierte sobre la historia, y destaca sobre todo el carácter esclarecedor, ejemplar que percibe en toda aquella historia, la segunda, tiene que ver con la calidez de la amistad y finalmente, la toma de conciencia de su identidad y de las cosas extrañas que les suceden a los latinoamericanos en Europa es decir, que de alguna manera, las vivencias en Europa se asemejaban, literalmente, a una aventura en otro mundo que operaba según sus propias reglas y de acuerdo a motivos inescrutables, tal y como sucede en el más allá. Tal es la génesis del cuento “La santa”, de una contextura tan distinta a la novela El Otoño del Patriarca, que había terminado recientemente el autor. No sorprende que afirmara que la labor de escritura de esta novela fue ardua: recordemos que El Otoño del Patriarca, si bien de manera ficcional, remite a las terribles experiencias de los pueblos latinoamericanos con la acendrada historia de tiranos y dictadores. No solo esta novela da cuenta de aquellos aspectos negativos y atroces, sino que la misma prosa de la novela genera un ambiente de inmersión que agobia al lector, pues el autor optó por suprimir todos los signos de puntuación de la novela, de esta manera el tropel de palabras sin comas, sin puntos, llega con todo su peso abrumador hasta el lector. Fue una experiencia ardua. Por ello, recibir aquel sueño renovó su ímpetu creador, como él explica.

El cuento “La Santa” es el segundo cuento del libro doce cuentos peregrinos, solo por detrás de “Buen viaje, señor presidente”. Este libro fue publicado en 1992, sin embargo, previamente García Márquez había preparado el guion de esta historia, pues en 1988 se estrenó la película Milagro en Roma, dirigida por Lisandro Duque Naranjo, de manera que antes de su versión literaria, esta historia se transmitió por ese medio audiovisual.

Esta historia cuenta la vida de Margarito Duarte, un hombre común, callado y prudente, que había tenido una existencia tranquila ganándose la vida como escribano. Más tarde se casó con una bella mujer que muere en el parto, dejándolo con una hermosa hija que muere a los siete años, luego de unas intensas fiebres. Ante la fatalidad que le arrebató a su familia, Margarito sigue su vida con resignación hasta que once años después las autoridades le comunican que los restos de su mujer e hija deben ser exhumados debido a que se construirá una represa en lo que, hasta el momento, era el cementerio. Entonces, al exhumar el cuerpo de su hija, sucede lo impensable: el cuerpo se hallaba incorrupto, de hecho, el cadáver mantenía la apariencia de que la niña se encontraba en un leve sueño. Tal evidencia solo tiene una explicación: que la niña es una santa (o por lo menos una beata) y que solo requiere la validación de la Iglesia de Roma. Convencido de la causa, Margarito viaja a aquella ciudad europea a emprender el proceso de beatificación de su hija y lleva el cadáver consigo –en un estuche que asemeja un violonchelo–, pero lo que sucede a continuación es una serie de contrariedades, pues a punta de dilaciones, tras años y años de trámites y una prolongada estancia en Italia por Margarito, la santa sede demuestra que no está interesada en el proceso de una niña santa. El narrador, amigo de Margarito, es quien cuenta la historia y ha atestiguado  lo sucedido a lo largo de los años. Al final del cuento, el narrador personaje afirma que después de lo que Margarito ha atravesado para tratar de conseguir la canonización de su hija, el auténtico santo es él y no ella.

Esta pieza narrativa presenta diversos núcleos de interés para el lector. Uno de ellos y el que me parece más significativo, es la actualización que emprende García Márquez con el género hagiográfico a partir de la intertextualidad manifiesta en el asunto que trata la historia. Si bien se recuerda, la hagiografía es uno de los géneros tempranos de la literatura medieval, y su proliferación parte de los primeros libros dedicados al martirilogio romano, es decir, el conjunto de historias de los tormentos y muerte de los primeros mártires del catolicismo a manos del Imperio.

En el siglo XIII, con la publicación de La Leyenda Dorada de Jacobo de la Vorágine, antología que compendia 153 vidas, se popularizan las hagiografías o vidas de santos.[2] Dichas narraciones se integraron a la gran veta de los cuentos tradicionales y populares de las urbes y comunidades de la época, de hecho, en el catolicismo existen algunos santos llamados legendarios, cuyas historias de vida perviven hasta la actualidad y circulan de manera oral, pero cuya existencia histórica es cuestionable o se mantiene sin noticias fidedignas. Respecto a su modelo narrativo, las historias de santos presentan fundamentalmente tres vertientes, según reconoce Isabel Lozano Renieblas en un interesante artículo.[3] En el primer tipo el santo emprende la búsqueda de la verdad en su vida mundana (pecadora o no) a partir de un momento de conversión, en esta tipología se reconocen dos momentos: el de la crisis y el de la muerte en santidad o resurrección. Un ejemplo de esta tipología es la vida de santa María Egipciaca. El segundo tipo ubica a un santo que siempre ha sido modelo de conducta y devoción, desde su nacimiento hasta su muerte. En este caso la narración ensalza las virtudes del individuo en cuestión mediante milagros o sufrimientos. Un ejemplo de este tipo de santidad es el caso de santa Martha. “El tercer grupo es el de la hagiografía heroico-aventurera, o si se quiere […] la novela hagiográfica”. En este tipo de historia, el camino hacia la santidad está lleno de dificultades, separaciones y aventuras, que ponen a prueba la entereza del personaje hasta que alcanza la muerte.

Por otra parte, la prueba de santidad, mediante la cual Dios comprobaba que el santo había sido uno de sus elegidos consistía en una muerte plácida, en olor de santidad (literalmente, que el cuerpo desprendiera un olor agradable y fragante), la incorruptibilidad del cuerpo, pero aun si estos requisitos no se llevaban a cabo, la prueba fundamental eran los milagros que el elegido concedía después de muerto. Esas eran las auténticas muestras de su predilección por la divinidad. Con estas breves características, podemos emprender una lectura que evidencie la propuesta de Gabriel García Márquez en “La santa”. Primeramente, tenemos que el discurso de esta narración está enfocado en la vida del protagonista. Así, el narrador presenta las experiencias en la vida de Margarito Duarte, lo cual proporciona una visión especular con la hagiografía tradicional, pues la santidad, cuyo estado se alcanza luego de la muerte, en el caso del personaje principal es una conclusión en vida que propone el narrador personaje, quien ha estado enterado de la historia de Margarito Duarte desde hace décadas.

Las virtudes de Margarito Duarte para alcanzar la santidad poco tienen que ver con la capacidad de realizar portentos sobrenaturales, como sucedía en la hagiografía tradicional; o la ingravidez y el aroma de santidad, como en el caso de su hija. No obstante las cualidades de Duarte corresponden con las que siempre ha ensalzado el catolicismo, actualizado ahora por García Márquez en esta historia. Posiblemente, la principal sea la paciencia. Margarito Duarte ha esperado tanto, como es evidente al final:

Era él, viejo y cansado. Habían muerto cinco Papas, la Roma eterna mostraba los primeros síntomas de la decrepitud, y él seguía esperando. “He esperado tanto que ya no puede faltar mucho más”, me dijo al despedirse, después de casi cuatro horas de añoranzas. “Puede ser cosa de meses” […] llevaba ya veintidós años luchando en vida”.

Y esta vez la lucha eterna no fue contra algún agente del demonio, el infranqueable obstáculo es la santa sede y sus inacabables dilaciones, inmenso papeleo que se traduce en un gran desinterés, una enorme maquinaria burocrática, cegada para reconocer lo extraordinario en este mundo:

Al cabo de tantos aplazamientos, Margarito decidió afrontar las cosas en persona, y llevó a la Secretaría de Estado una carta manuscrita de casi sesenta folios, de la cual no obtuvo respuesta. Él lo había previsto, pues el funcionario que la recibió con los formalismos de rigor apenas si se dignó darle una mirada oficial a la niña muerta, y los empleados que pasaban cerca la miraban sin ningún interés. Uno de ellos le contó que el año anterior había recibido más de ochocientas cartas que solicitaban la santificación de cadáveres intactos en distintos lugares del mundo. Margarito pidió por último que se comprobara la ingravidez del cuerpo. El funcionario la comprobó, pero se negó a admitirla.

-Debe ser un caso de sugestión colectiva -dijo.

Sin embargo, el espacio en que el autor desarrolla la narración permite la presencia de lo real maravilloso en la historia que nos ocupa. Aunque primeramente vivió en un departamento, al protagonista pronto se le acaba el dinero y se muda a la casa de Bartolino y Antonieta –“un ángel sin alas”–, en la que Margarito Duarte pasa la mayor parte de su estancia en Roma, y en la que conoce al narrador personaje de esta historia –del que solo sabemos que estudia en el Centro Experimental de Cine de Roma– . Duarte también se relaciona a otros individuos más cuyos perfiles son, por decirlo así, no convencionales pero a la vez, algunos de ellos son representativos de la sociedad romana a la que alude el texto, como la ópera, los helados, ribeteado por algunas frases en italiano.

Esa casa “sin ley” tampoco es un espacio ideal. No obstante, las asociaciones de García Márquez con los santos y la santidad son frecuentes a lo largo del texto y lo unifican. Así, cuando en sus ejercicios matinales el tenor Ribero Silva llegaba al do de pecho, “le contestaba el león de la villa Borghese con un rugido de temblor de tierra”. Aquello para Antonieta era una revelación: “-Eres San Marcos reencarnado, figlio mio -exclamaba la tía Antonieta asombrada de veras-. Sólo él podía hablar con los leones.” Frente a la fiera, Margarito también tuvo una experiencia extraordinaria, pues le rugía insistentemente, pero, según explica el vigilante, “de compasión”.

De manera casi imperceptible, García Márquez va insertando indicios estructurales para establecer la semejanza con un discurso hagiográfico. Una prueba de santidad, por ejemplo, es la convivencia con las “putitas de verano que mariposeaban bajo los laureles centenarios de la Villa Borghese, en busca de turistas desvelados a pleno sol,” a las que regalaban helados y ayudaban en las traducciones con algunos clientes gringos. Pero en un acto de solícita caridad, a los amigos de Margarito les parece que ha estado mucho tiempo sin un encuentro íntimo con una mujer. El chusco incidente que resulta al intentar subsanar esa carencia funciona para una escena “sobrenatural” para la pobre tía Antonieta. Cuando la joven prostituta previamente bañada y empolvada con talco por el tenor Ribero sale espantada de la recámara porque Margarito le mostró a la presunta santa, Antonieta está segura de que aquella visión es un fantasma, pues “durante la guerra, un oficial alemán degolló a su amante en el cuarto que ocupaba el tenor”, y aquella joven que corría desnuda por el pasillo justamente, “era idéntica”.

El autor además se permite reflexionar sobre si la santidad en el mundo contemporáneo sería verosímil, no ya en la vida, sino en el cine: Una noche, en una tertulia de los amigos, terminan discutiendo sobre “la insuficiencia de la santidad en nuestros tiempos” uno de ellos postula que la historia de la santa solo sirve para una historia digna del cine, pues la santidad es incompatible con el mundo real. Pero cuando un cineasta ve a la niña yacente, se confiesa incapaz de llevar aquello al séptimo arte: “No sirve para el cine -dijo-. Nadie lo creería”. Efectivamente, García Márquez plantea la ironía de que ni siquiera los cineastas podrían creer en la santidad, incluso cuando si la tienen ante sus ojos, –sobre todo si son estalinistas–, como humorísticamente remata el autor.

Finalmente, en la historia, luego de quince años el narrador personaje regresa a Roma. Pero aquella ya no es la cuidad que un día conoció: el tiempo cambió todo, los recuerdos se diluyen en la memoria de los que quedan, los números del teléfono no coinciden…solo queda aquella presencia de un viejo Margarito Duarte, quien, desde el cansancio y la vejez, reconoce de inmediato a su amigo y persevera en que ya no esperará mucho más… Es aquí cuando el narrador tiene la certeza de que el santo es Margarito y no quien yace en el estuche de madera.

Se reconoce en esta pieza el peregrinaje de un personaje colombiano en Roma, el acontecimiento que soñó el autor y detonó la composición del cuento, más una sucinta exploración sobre el tema de la santidad que García Márquez se permite abordar, al mismo tiempo que hilvana historias secundarias, anecdóticas  y humorísticas con los personajes secundarios que funcionan como contrapeso a un personaje principal plano y unidireccional caracterizado como “el colombiano silencioso y triste del cual nadie sabía nada”. En el tema de la santidad, el autor incorpora elementos conocidos de la hagiografía y alterna elementos propios de su narrativa, como las historias secundarias, los amigos, los ribetes chuscos, etc., sin embargo, este cuento es una buena muestra de la continuidad de un género de larga trayectoria en la literatura, a partir del cual García Márquez postula una idea de santidad o lo que él plantea como tal, no exenta de ironías y paradojas. Una historia de santidad en vida desde tierras ajenas, contra todo pronóstico y a finales del siglo XX.

[1] “Porqué doce, porqué cuentos y porqué peregrinos”, prólogo a Doce Cuentos Peregrinos, México, editorial Diana, 2015 (primera edición de 1992),p.  I, todas las citas del prólogo y el cuento pertenecen a esta edición.

[2] Una excelente edición es Jacobo de la Vorágine, La leyenda Dorada, Fray José Manuel Macías, trad. Madrid, Alianza Editorial, 2016. (Dos tomos).

[3] “El encuentro entre aventura y hagiografía en la literatura medieval” en Actas del XIII congreso de la AIH (Primer tomo) Madrid 6-11 de julio de 1998 / coord. Por Florencio Sevilla Arroyo, Carlos Alvar Ezquerra, Vol. 1, 2000, págs. 161-167. Si bien la investigadora se refiere a los relatos del códice h-I-13 de la Biblioteca de San Lorenzo de El Escorial, sus criterios son válidos para la hagiografía en general y son funcionales para el análisis.

 

 

Autora:
Wendy Lucía Morales Prado
El Colegio de Morelos

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