Publicado en: 16/02/2026 Agustín Miranda Comentarios: 0

Argentina tiene una larga y robusta trayectoria cuentística iniciada en sus albores y sostenida hasta la actualidad. Esteban Echeverría, Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga, sentaron las bases del género que posteriormente Roberto Arlt, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo profundizaron. Los sucedieron Julio Cortázar, Abelardo Castillo, Liliana Heker y María Elena Walsh, entre otros, hasta llegar a nuestros días las premiadas Samanta Schweblin y Mariana Enriquez.

En las siguientes líneas haremos un sucinto recorrido por los elementos centrales de este tipo narrativo que caracteriza a la literatura de nuestro país y a la latinoamericana.

Lo primero que debemos hacer para adentrarnos en él es definirlo. La Real Academia de la Lengua Española, en relación a la acepción literaria, señala escuetamente que es una narración breve de ficción. Esta conceptualización parecería no ser suficiente, dado que el cuento no está determinado exclusivamente por la extensión y por su vínculo con la “realidad”. Debemos agregar que su composición, en la mayoría de los casos, es en prosa. Cabe preguntarnos qué otros elementos no incluidos en la definición referida lo califican. Para ello, lo propio es revisar sus orígenes como también las diferencias con otros géneros literarios.

Su surgimiento para muchos autores es concomitante al del Homo Sapiens y lógicamente de constitución y transmisión oral, primero para difundir saberes y muy posteriormente para entretener. Al respecto, Julio Cortázar en un seminario dictado en la universidad de Berkeley dijo: La narrativa del cuento, tal y como se lo imaginó en otros tiempos y tal y como lo leemos y lo escribimos en la actualidad, es tan antigua como la humanidad. Supongo que en las cavernas las madres y los padres les contaban cuentos a los niños (cuentos de bisontes, probablemente).

Dan cuenta de esta tesis los mitos, las parábolas, las leyendas y las fábulas, donde se registran claros antecedentes de lo que hoy entendemos por cuento. Todas las culturas ancestrales utilizaron alguna de estas formas narrativas racionales basada en símbolos para comunicar y legar conocimiento, siendo la brevedad en el relato como su contundencia  elementos  posibilitadores de la transmisión en tiempos anteriores a la escritura. Dichos elementos se mantuvieron durante siglos; cabe recordar que hasta mediados del siglo XIX el 80 % de la humanidad era analfabeta. Con la Segunda Revolución Industrial, donde se dieron las mayores transformaciones económicas, tecnológicas y sociales de la historia, se pasó de una economía rural a una urbana industrializada. El éxodo masivo del campo a la ciudad  permitió y fomentó el desarrollo de la educación. En este entorno, principalmente en Francia e Inglaterra, el cuento en su versión realista adquirió las características que hoy conocemos; el elemento fantástico, que siempre estuvo presente, tuvo su disrupción a principios del siglo XX. Para aquél entonces grandes autores tomaron el cuento como elemento literario de primera línea, entre ellos encontramos a Edgar Allan Poe, como uno de los precursores, Oscar Wilde, Antón Chéjov y Franz Kafka. Todos ellos, con sus singularidades,  lo posicionaron en lo más alto, dejando atrás la idea de género menor que hasta esos tiempos imperaba.

El cuento no es la jibarización de la novela, no es su versión bonsái, pigmea o liliputiense, está signado por una serie de elementos que les son propios más allá de su brevedad. En cuanto a la extensión de una obra literaria de ficción escrita en prosa encontramos en primer lugar la saga, seguida por la novela, la nouvelle (que no es un cuento largo), el cuento y finalmente el microrrelato. Todas tienen características constitutivas  intrínsecas distintas con independencia de su longitud.

Centrándonos en el tipo de narración que nos convoca y comenzando con la forma, se lo ha comparado con una esfera, es decir, una figura circular sin aristas que se cierra en sí misma. Coincidimos con esta analogía pero con ciertos matices que debemos indicar, puesto que en reiterados casos las estructuras son poliédricas o en línea recta u ondulante, claro está, sin las bifurcaciones propias de una novela que bien se asemejan a las ramas de un árbol más o menos frondoso, o a un mapa político, dado que tiene como patrimonio exclusivo  un juego literario abierto que puede desarrollarse hasta en una saga extensa. La esfericidad del cuento en muchas oportunidades se cierra en el lector y con él, principalmente cuando algunos elementos de la trama no son detallados, quedando de esta manera en cabeza de quien lee imaginarlos o darles sentido. Este modo de cierre es al mismo tiempo una apertura que nos permite a quienes nos disponemos al texto ingresar con una enorme profundidad que indefectiblemente nos interpela, en algunas ocasiones tomándonos por asalto. En esta mecánica, a nuestro entender, es donde reside la magia del cuento. Es por ello que el misterio, la intensidad, la tensión y lo no narrado son sus elementos centrales junto a las múltiples proyecciones generadas por la esfericidad, que son las que al mismo tiempo la perforan dejando atrás cualquier figura geométrica.

Algo similar sucede en las artes plásticas, principalmente en la pintura, cuando  ocurre que elementos centrales de la obra no están pintados. Pensemos en Retrato de Maffeo Barberini de Caravaggio, donde se observa una figura con un rostro sumamente expresivo mirando e indicando con su dedo índice algo que está fuera del cuadro, no sabemos qué es, pero por ello la composición no está incompleta. Acá, al igual que en el cuento, el misterio, la intensidad, la tensión y lo no pintado (lo no narrado) configuran la obra; componentes que, sumados a una destreza técnica pocas veces vista en la historia del arte, hacen a la grandiosidad de la pieza.

En el cuento, como en toda manifestación artística, el conocimiento profundo de la técnica es capital. El manejo cabal del lenguaje es el posibilitador del desarrollo de los elementos anteriormente mencionados. Basta con leer a cualquiera de los grandes maestros para corroborarlo. Esto no implica que ciertas reglas no puedan ser corridas o dejadas de lado, pero para hacerlo con fundamento y no caer en un dislate, es necesario tener una búsqueda estética definida, un concepto que la sustente y un saber anterior de las normas. Cortázar, que fue a la literatura lo que Picasso a la pintura, lo hizo, y más recientemente dos Premios Nobel lo hicieron: Jon Fosse (2023) y László Krasznahorkai (2025).

En cuanto a los aspectos atinentes al fondo, la ductilidad de la forma permite el abordaje de cualquier temática y la utilización múltiples recursos estilísticos. A grandes rasgos dos son sus vertientes, el cuento realista y el fantástico, ambos con infinitas posibilidades de  tramas y argumentos. Algo curioso ocurre cuando estas dos dimensiones se unen, no por fagocitación sino por complementación. Nos referimos a los supuestos en que uno de estos universos es tomado por el otro para señalar algo que le es propio. Esta acción se aprecia en la obra de Franz Kafka. En su trabajo más difundido, La metamorfosis, el autor introduce un elemento fantástico (la transformación de un humano en un artrópodo) para representar hechos estrictamente realistas que nos conmueven y de los que nadie está exento ¿Cómo no sentirnos un insecto repugnante cuando las personas que más amamos nos desprecian de la forma más abyecta?, lo inverosímil cobra verosimilitud. En Un artista del hambre, que tiene la estructura propia del cuento, sucede lo mismo.

Un facilitador utilizado frecuentemente para generar el arco voltaico entre lo real y lo fantástico es el humor cuando trasciende lo estrictamente cómico. Woody Allen escribió un libro excepcional que se titula Cuentos sin plumas, donde el humor (representado por medio de situaciones imposibles, desopilantes, irracionales y absurdas) es utilizado para criticar paradigmas ciertos y concretos de la sociedad estadounidense.

En la narrativa en general y en el cuento en particular encontramos un sinfín de trabajos que acreditan que el límite entre lo fantástico y lo real puede ser difuso o no existir.

Mucho se ha dicho sobre la necesidad de un final contundente para que un cuento se aprecie de tal. Rechazamos estas teorías, puesto que no lo consideramos un elemento constitutivo, es meramente una preferencia. Sostener lo contrario, de algún modo subestima al lector y cercena las posibilidades creativas del escritor. En la misma tónica, se ha esgrimido una valoración desmedida del título, otorgándole una importancia colosal. Entendemos que puede tener implicancias significativas cuando cumple la función de epígrafe o cuando brinda un sentido primordial a lo narrado, pero de ningún modo tiene el peso que se le pretende atribuir en todos los casos.

En el presente trabajo hemos intentado sin éxito definir al cuento sabiendo que así sería. La multiplicidad de elementos imposibilita la tarea, solo es factible brindar aproximaciones enunciativas no taxativas de un género que está en permanente evolución. Quizás las cosas más importantes sean renuentes al corsé de las definiciones.-

 

 

Autor:
Agustín Miranda

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