
Muchos son los aspectos destacables de la obra de Gabriel García Márquez. En esta columna nos ocuparemos de uno de ellos, probablemente el que más la caracteriza: la creatividad.
No solo fue un autor que manejó cabalmente la lengua y el arte de narrar con estructuras exquisitas, también desarrolló un estilo propio, tanto en la forma como en el fondo, lo que se ve reflejado en tramas ingeniosas con elementos suprarrealistas que se integran de forma natural con los realistas en cadencias fluidas y envolventes.
Esta singularidad que cautivo a todo tipo de lectores y que la crítica recibió con agrado, fue el resultado de un espíritu inventivo con profunda imaginación que se originó en la infancia del autor. Él mismo lo afirmo públicamente en reiteradas ocasiones y en su autobiografía Vivir para contarla (2002) señaló: “No creo que haya un método mejor que Montessori para sensibilizar a los niños en las bellezas del mundo y despertar su curiosidad por los secretos de la vida”.
María Montessori (1870-1952) fue una psiquiatra y pedagoga italiana que revolucionó la educación, sus preceptos fueron aplicados en escuelas de diversos países, tano occidentales como orientales, con el mismo éxito. Demostró la efectividad de su método para lograr en los estudiantes el desarrollo de la autoestima, la confianza, la independencia, el respeto por el prójimo, la responsabilidad, el autocontrol, la curiosidad y la creatividad. En su sistema, que se engloba dentro de las corrientes constructivistas, los niños aprenden y “construyen” el conocimiento actuando, experimentando y descubriendo, haciéndolo tanto de forma individual como colectiva con sus compañeros. A su vez, fomenta la capacidad de decidir del educando en cada etapa del aprendizaje mediante estímulos sensoriales, no haciendo foco en sus carencias o imposibilidades sino en sus fortalezas y necesidades. Bajo la premisa “ayúdame a poder hacerlo solo” el alumno realiza tareas de forma autónoma, esto no implica un libertinaje educativo, dado que existe un currículo con contenidos y objetivos, tampoco lo posiciona en una situación de abandono o de desamparo frente a dudas o dificultades que puedan suscitarse, sus propios compañeros son los que en primera instancia lo ayudan, en segunda, lo hacen los de grados superiores, siendo este iter auditado y asistido directamente por los propios maestros.
En 1934, el futuro escritor ingresó a la escuela Montessori de la ciudad de Aracataca, dirigida por maestra Rosa Elena Fergusson. En ese entonces tenía siete años y no gozaba de las competencias de lectoescritura propias de esa edad pese a haber recibido una educación tradicional y al denodado acompañamiento de su familia. Las aparentes dificultades para el entendimiento fueron las que motivaron su ingreso a dicha institución que proponía un método de enseñanza alternativo al imperante en aquél momento. Los resultados fueron inmediatos, el niño adquirió la alfabetización que carecía y se enamoró de la palabra para transmitir lo que su imaginación le dictaba.
Las experiencias en aquellos años fueron decisivas para el autor, no solo por aprender a leer y escribir y ganar autoconfianza, allí desarrolló los cimientos de la creatividad que lo acompaño durante toda su vida. Dentro de los pilares del sistema ideado por la italiana se encuentra el de la aproximación del niño a su entorno mediante los sentidos, uno de ellos es el olfato, el cual tiene ligazón directa con las emociones y los recuerdos. Quienes se hayan adentrado en la obra del colombiano habrán advertido que en ella, la descripción de aromas bellos y hedores pestilentes para generar atmosferas es constante. Mediante este recurso el lector ingresa con gran profundidad en su narrativa, logrando una experiencia verdaderamente inmersiva.
Dentro de los valores personales que caracterizaron a García Márquez se encuentra la gratitud. En el discurso que ofreció al ganar el Premio Nobel de literatura en 1982 tuvo una especial mención a aquella maestra que en su infancia lo acompañó a conocer el mundo y a desarrollar su capacidad.
María Montessori además de haber sido una pedagoga que revolucionó la educación, fue una católica de profunda fe que luchó incansablemente por los derechos de las mujeres y logró ser la primera en recibir el título de médica en Italia en 1896. Sus significativos aportes generaron la corriente Escuela Nueva con acogida en todo el mundo; en nuestro país tuvo una recepción importante que sirvió de andamiaje para el desarrollo de las ideas de las hermanas Cossettini.
Hoy, en esta modernidad que ha dejado de ser líquida como bien la calificó Bauman para adquirir esencia gaseosa por la evaporación de todo lo que la compone, quedando muy por detrás aquello que alguna vez supo tener estado sólido; donde la celeridad es la regla, la productividad el fin y la ansiedad la consecuencia, no debe extrañarnos que muchos niños tengan dificultades para adaptarse a los métodos tradicionales de enseñanza y desarrollar sus capacidades.
Las observaciones y vaticinios de Giovanni Sartori en Homo videns relacionados al gobierno de la imagen se han convertido en una verdadera videocracia, en la que a juzgar por los hechos el exceso de información está siendo más pernicioso que su escasez, dando lugar a una infodemia alienante. En este entorno sobresaturado de estímulos incesantes resulta poco factible el desarrollo de la creatividad. El uso desmedido de inteligencia artificial también atenta contra ella, suprimiendo de algún modo la imaginación y la inventiva. Para que esta habilidad aflore es necesario un entorno propicio que no anegue la curiosidad, la exploración y la originalidad, es preciso que fomente la contemplación, la reflexión y el hábito de la pregunta.La creatividad es un valor en sí mismo que va más allá de las implicancias que tiene en el campo artístico, es una herramienta crucial para la resolución de conflictos y la superación de vicisitudes que se suscitan en todos los estadios de la existencia, desde la infancia hasta la vejez. García Márquez hizo de ella un estandarte que supo aplicar en su vida y obra, fue la que posibilitó aquello que a sus siete años parecía ser imposible.-

Autor:
Agustín Miranda
