Publicado en: 17/10/2025 Andrea Candia Gajá Comentarios: 0
Foto: gestion.pe

“Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono,

nuestra respuesta es la vida.”

Gabriel García Márquez (1982)

Fragmento del discurso de aceptación del Premio Nobel de Litertura

 

Hay autores que no requieren mayor presentación que su propio nombre. Gabriel García Márquez es uno de ellos. Escritor, periodista y guionista, hizo de su escritura uno de los pilares de la identidad de América Latina. Entre sus cuentos, novelas y ensayos plasmó espacios geográficos que atravesaron fronteras y se transformaron en un referente imaginario del territorio latinoamericano.

Identificado como de uno de los máximos exponentes del realismo mágico, García Márquez nunca abandonó su veta de periodista. De esta forma, pasó de crear universos verosímiles como en su más reconocido texto, Cien años de soledad, a plasmar hechos de la vida social y política colombiana como lo realizó en su novela de no ficción o crónica literaria, Noticia de un secuestro.

Siempre cercano al pensamiento progresista latinoamericano fue una voz reconocida dentro de los espacios de la intelectualidad, la academia, la política y la cultura. El lugar que se ganó con su trabajo literario lo llevó a recibir el Premio Nobel de Literatura en 1982. Y ahí, en Estocolmo, en medio de la crema y nata de la literatura universal, el colombiano cambió el tradicional frac que imponía el protocolo de la academia sueca por un liquiliqui, traje típico de algunas zonas de Venezuela y Colombia. Enfundado en una vestimenta que reivindicaba la cultura de su región, pronunció un discurso de aceptación al que tituló La soledad de América Latina.

Lejos de buscar adular a la institución que lo premiaba, García Márquez enunció un potente mensaje en el que, haciendo un recorrido por la historia latinoamericana, invitaba al público europeo a cuestionar su propia mirada historiográfica, a situarse en los rincones de sus representaciones y prácticas de la violencia y a repensar los parámetros para calificar y/o categorizar las manifestaciones culturales provenientes de otros espacios del planeta.

De esta forma, con la prosa que lo caracterizaba, habló en aquella ceremonia cargada de solemnidad. “La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios” (García Márquez, 1982).

Para el momento en el que el colombiano recibió dicho premio, su carrera ya contaba con importantes publicaciones. Además de Cien años de soledad, novela mencionada anteriormente, ya circulaban ampliamente textos como El coronel no tiene quien le escriba, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmadaLa mala hora y, por supuesto, el texto en el que nos situaremos a partir de ahora, La hojarasca, su primera novela, publicada en 1955.

Quien ha estado cerca de la obra de este escritor sabe que adentrarse al mundo de García Márquez es convertirse, de pronto, en uno más de sus personajes. Por momentos, escuchar del Coronel Aureliano Buendía es como estar hablando de un vecino al que se conoce hace tiempo; y Macondo se transforma en la tierra habitada por sus protagonistas, sus lectores y por toda América Latina.

Se suele situar la mirada de su obra en su novela más reconocida, esa en la que un inmenso árbol genalógico recorre el tiempo y el espacio de un territorio habitado y consolidado a través de numerosas generaciones. Sin embargo, Macondo tiene su origen en aquella primera novela de un García Márquez que, entre una nota periodística y otra, gestaba un mundo en el que la tradición, la magia, la injusticia y los lazos familiares se mezclaban para crear un espacio que sobrevive al paso del tiempo y que, de tanto nombrarlo, parece estar presente en cada uno de los países que conforman el territorio latinoamericano.

¿Qué es Macondo? ¿Seremos todos Macondo como la Fuente Ovejuna de Lope de Vega?

Macondo: nuestra América Latina

Un pueblo asolado por la hojarasca, el abandono y la muerte protagoniza la primera novela de un joven García Márquez. Macondo podría ser cualquier pueblo ubicado en más de un espacio latinoamericano y, sin embargo, es también un universo que coexiste por sí mismo. Ese lugar catapultado al mundo después de Cien años de soledad, ya aparece en esta obra como aquel lugar en un latente estado de decadencia, polvoriento y marcado por la llegada de una modernidad, representada por la compañía bananera, que no hará más que sellar el inicio del fin de ese mítico lugar. De la gloria de la fundación a la estrepitosa caída, la tragedia de Macondo es el destino de sus habitantes; todos, irremediablemente, caerán. En el texto se encuentra descrito de la siguiente manera: “Me habló del viaje de mis padres durante la guerra, de la áspera peregrinación que habría de concluir con el establecimiento en Macondo. […] Macondo fue para mis padres la tierra prometida, la paz […]” (García Márquez, 2015, p. 36). Aquella tierra prometida no sería, para el final de sus días, más que material en descomposición para sumarse a la maloliente hojarasca que la compañía bananera dejó a su paso.

En aquel escenario de lucha por la sobreviviencia, tres voces narran la historia de un pueblo que se manifiesta fente a la casa de un hombre que se ha quitado la vida. El coronel, su hija y su nieto, rodean un cuerpo inerte y, a través de lo que cuentan sus miradas, se descubre la historia de un lugar en el que las tradiciones, la familia, los secretos y misterios dictan la dinámica del día a día.

Bajo el hilo narrativo de esas múltiples perspectivas que se enuncian en primera persona, el relato se mueve entre el espacio personal y colectivo para hacer, del conjunto de rememoraciones, y ante la ausencia de un narrador omnisciente, una especie de narrador común que, enunciado en el “yo” habla desde la pluralidad de un espacio social.

Ese juego de miradas permiten pensar no sólo la historia de cada uno de los personajes que enuncian, sino la reconstrucción de la evolución de Macondo que es, a su vez, un protagonista más. El coronel remite al momento en el que el médico llega al pueblo, la relación que se gesta entre ellos y la promesa, por parte del coronel, de atender el velorio del médico llegado el momento. Es la abstracción al tiempo pasado; quien recuerda la gloria de Macondo previa a la llegada de la compañía bananera y la decadencia que su paso y su salida dejaron en el pueblo. De pronto, dice el autor, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos: rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil. La hojarasca era implacable. (García Márquez, 2015, p. 9)

Isabel, instalada en un complejo presente, muestra de forma crítica los tabúes y prejuicios de una sociedad conservadora, su papel como madre soltera y la preocupación por ser juzgada por una multitud que quiere ver descomponerse al cadáver del médico. Lo expresa de esta forma:

Imagino la expresión de las mujeres en las ventanas, viendo pasar a mi padre, viéndome pasar con el niño detrás de una caja mortuoria en cuyo interior se va pudriendo la única persona a quien el pueblo había querido ver así […] Es posible que esta determinación de papá sea la causa de que mañana no se encuentre nadie dispuesto a seguir nuestro entierro. (García Márquez, 2015, p.16)

Finalmente, el nieto señala la mirada de asombro ante el descubrimiento del mundo; el despertar de la vida frente a la inminente presencia de la muerte lo llevan a pensar el eterno ciclo de florecimiento y decadencia que señala la presencia del cuerpo sin vida del médico, acompañada del propio curso temporal de Macondo. Lo incierto del futuro se pone de manifiesto.

En ese espacio imaginario creado por García Márquez transcurre una historia que, como señaló mucho tiempo después en su discurso del Nobel, permite ver la soledad de América Latina, su despojo, el extractivismo de sus recursos y el prejuicio sobre sus sociedades heterogéneas y marginadas por la maquinaria del “progreso”.

Mientras la narrativa se debate bajo el dilema de un pueblo enardecido que se niega a otorgarle al médico una sepultura digna y cristiana, aludiendo a la práctica religiosa más común dentro del territorio, y un hombre –el coronel– que busca despertar en el contigente un gesto de misericordia y empatía, Macondo nos muestra de forma cada vez más evidente la realidad de América Latina, “una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza […]” (García Márquez, 1982).

Aunque por momentos pareciera que la historia tiene una dimensión local, existe de forma inevitable una representación simbólica sobre lo social, político y económico que retumba en territorio latinoamericano. Ese pueblo ficticio creado en La Hojarasca encarna, a través de la ya mencionada triple narración, el auge y la decadencia económica, la violencia y la frustración social. En el texto Macondo se muestra en evidente declive después del paso de la compañía bananera, un reflejo claro del impacto del capitalismo extranjero en América Latina.

Vinculado al espacio colombiano al que pertencía el autor, es una incuestionable referencia a la presencia de la United Fruit Company que pasó por territorio colombiano explotando recursos y mano de obra local para más tarde abandonar dicha región bajo la sombra de la pobreza. La sociedad se resquebraja y “también ella está en víspera de un silencioso y definitivo derrumbamiento. Todo Macondo está así desde cuando lo exprimió la compañía bananera” (García Márquez, 2015, p. 119).

La tensión subyace toda la narrativa y permite observar el resentimiento que crece en una sociedad que se desvanece mientras la hojarasca impregna al pueblo de un olor fétido, de resentimiento y de rencor que “crecía, se ramificaba, se convertía en una virulencia colectiva, que no daría tregua a Macondo en el resto de su vida” (García Márquez, 2015, p. 24).

El título mismo, refiere a lo que queda después del paso de algo poderoso y potencialmente destructivo. La compañía bananera como metáfora de los procesos de violencia y colonialismo; la explotación social y económica y el abandono a sus pueblos para ser mirados únicamente desde el exotismo. Bien haría el escritor en afirmar que:

Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad. (García Márquez, 1982).

A través de símbolos, escenarios y constantes tensiones, Macondo representa el territorio latinoamericano y su compleja dinámica social acompañada de una violencia por momentos imposible de nombrar. La desaparición repentina de Meme, apunta a una de esas manifestaciones; el silencio de las desapariciones forzadas, presencias incorpóreas que caminan por América Latina y que en la búsqueda de su presencia se nombra la violencia.

En ese espacio se manifiesta Macondo, aquel pueblo que se debate entre su derrumbe y la subsistencia; y sin embargo, como afirmó Gabriel García Márquez (1982) en aquel emblemático discurso, “ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte.”

Bibliografía citada

-García Márquez, Gabriel. (2015). La Hojarasca. Diana: México.

-García Márquez, Gabriel. (1982). La soledad de América Latina. Discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura. Recuperado de: https://cvc.cervantes.es/actcult/garcia_marquez/audios/gm_nobel.htm

 

Autora:
Andrea Candia Gajá

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