
La obra de Gabriel García Márquez se presenta como el ícono primero de un período en que numerosos narradores latinoamericanos irrumpieron en la escena de la literatura universal. Si bien es una denominación controvertida, no parece casual que se denomine a ese período, situado más bien en la segunda mitad del siglo veinte, como “boom latinoamericano”, respondiendo el término onomatopéyico a la expansión abrupta ―en tiempos literarios― de los temas y los estilos narrativos de muchos autores de la región.
No es fácil reunir en un mismo movimiento a escritores tan valiosos y disímiles como Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Augusto Roa Bastos o Gabriel García Márquez. Si bien es evidente el influjo de Juan Rulfo sobre la obra de García Márquez y eso puede significar una suerte de cuerda estilística y temática, lo que han producido los autores que suelen incluirse dentro del boom latinoamericano tiene como denominador común el período de tiempo, la condición de latinoamericanos y, en especial, los procesos sociopolíticos que le tocaba atravesar a la región.
He ahí la revolución cubana, las dictaduras militares, el influyente mayo francés, la crisis de los misiles, los continuos barquinazos entre gobiernos inclinados dogmáticamente a las derechas o a las izquierdas y, sobre todo, la pobreza encaramada en vastas proporciones de la población.
Así como son evidentes las huellas de la literatura europea ―y después norteamericana― en los escritores de nuestro país (incluyendo a Jorge Luis Borges), la pobreza mencionada, los ambientes rurales y las costumbres autóctonas se presentan profusamente tratadas en los autores de otras latitudes de nuestro continente que han abrevado en los materiales que les son íntimamente conocidos.
Mario Vargas Llosa, abordado en el número anterior, recorre su peruanidad en la gran mayoría de sus obras. Así también, García Márquez ha apelado al medio donde le tocó hacerse hombre. Está claro que la tierra define comportamientos y, por lo tanto, su juicio habrá de imponerse en la población con el trabajo del tiempo. La tradición española modificada por el acriollamiento y el mestizaje, así como por el medio donde se ha establecido, construyen una nueva nación y una nueva literatura. Literatura que tardará en consolidarse pero que conseguirá un registro definido y firme.
Si bien con antecedentes a principios del siglo pasado, la literatura latinoamericana cristaliza sus matices en los albores de la segunda mitad de esa centuria. Y una floración (palabra cuyo equivalente en inglés se parece tanto a la denominación de este proceso) ciertamente feliz acontece en la obra profusa de los escritores de la región. A la vanguardia aparece nuestro autor colombiano que, con un lenguaje capaz de combinar la economía propia del registro periodístico con la sugestión y los recursos del lenguaje poético o al menos elaborado, logra piezas en las que el disfrute se difunde en la gran mayoría de los lectores. Destreza y hechizo se asocian naturalmente en la obra de García. Márquez y, entonces, ocurre lo que las artes en general ―y particularmente la música y la danza― procuran: el estado de gracia.
García Márquez tiene piezas donde el lenguaje realista es utilizado como recurso para la ficción. Puede verse el influjo de los escritores norteamericanos (Hemingway, Faulkner) en piezas como “La mujer que llegaba a las seis” en la que la segunda historia, por cierto cruel, puede intuirse. Historias donde lo no dicho exhibe el drama subyacente que constituye el nudo del conflicto.
Habrá de destacarse que en tales historias la ambientación específica y el empaque vital de los personajes aseguran un realismo palmario.
En la misma línea, la introducción en “Del amor y otros demonios” procede con esa lógica explicando lo que ha movido al autor a narrar la historia que sigue. Aun así, en ese prólogo con carácter de justificación habrá hechos que fuerzan la realidad (el estallido y la longitud de la cabellera adherida al cráneo de la protagonista). La historia que sucede a esa introducción se apoyará en un estilo harto diferente y propio de aquél por el que suele reconocerse al autor.
En su obra encontraremos novelas que no apelan al sortilegio, lo mágico (“Diario de un náufrago”, “El general en su laberinto”) cuyo valor parece asentarse en la elegancia sin pretensiones del lenguaje, en las escenas ricamente matizadas y en lo dramático del argumento. En estos casos, como en alguno de sus cuentos, el estilo, propio de las reseñas, describe como ciertos sucesos que son fruto de la imaginación, aunque sin el aporte de lo fantástico.
De todas maneras, cuando se plantea cuáles de las virtudes de Gabriel García Márquez preponderan en la calidad y difusión de sus trabajos habrá de reconocerse el juego y el ingenio ―considerado a modo de invención―, propios de algunos de sus cuentos (“Un señor muy viejo con unas alas enormes”, “El ahogado más hermoso del mundo”, “La luz es como el agua”) y de sus novelas, entre ellos la más emblemática: “Cien años de soledad”, en los que lo prodigioso está presente y tratado con naturalidad impune.
Recursos como la paradoja, la fatalidad, la alegoría, y especialmente la maravilla se suceden dinámicamente como aguas de manantial por fecundas y consistentes.
Es necesario consignar el cuidado y la eufonía de los párrafos que invitan a ser leídos en voz alta denotando la preocupación de este autor por las resonancias. Y aquí habrá de subrayarse la elección de nombres tan sonoros que parecen una declaración, casi una orden, en la que el lector habrá de aceptar la feliz autoridad de quien narra.
Jeremiah de Saint-Amour, Sierva María de Dios, José Arcadio Buendía, Mamá Grande, Nena Daconte, entre tantos, basten para ejemplificar los conceptos de más arriba.
El difuso límite entre lo posible y lo imposible es la cornisa por donde transita el estilo de García Márquez. Los instrumentos utilizados no escatiman el lenguaje vernáculo, incluso el cliché ―en referencia a frases hechas del lenguaje popular― aportando dinámica y cercanía al texto. Y, sobre todo, verosimilitud a lo imposible.
Será difícil hallar personajes traspasados por una maldad evidente, presentándose la mayoría tan sujetos al destino como las poblaciones caribeñas a los meteoros. El recurso de introducir escenas y situaciones descollantes con fenómenos naturales que exceden a los protagonistas es una de los aciertos del autor. Así, las anomalías climáticas, geológicas, orográficas, zoológicas, botánicas darán lugar a comportamientos humanos del mismo tenor, creando un clima donde los extremos son posibles.
Retornando a la elaboración de los héroes, el lector establecerá una corriente de empatía con ellos, por compartir su sujeción a situaciones que los superan. Los personajes entrañables suscitan, entonces, un vínculo afectivo intenso.
Abundarán pasajes y paisajes idílicos o sobrecogedores llenos de simbolismos, propios de la poética. No es fortuito que el escritor se autodefina como poeta. Esa aseveración puede sugerir una suerte de provocación propia de poses publicitarias. Sin embargo, si bien García Márquez se ha consolidado como narrador más que como poeta, su prosa se preocupa por el registro lírico que alcanza clímax con las escenas de amor en las que el amor cortés y la contenida explosión del deseo parecen preponderar.
Los héroes de García Márquez no son, en sus novelas emblemáticas, héroes apeados, es decir, circunscriptos a la condición humana con sus bajezas y sus alturas como los urdidos por nuestro autor del número precedente de (EN)Tropí@. Son héroes en un sentido genuino, a veces muy alejados de los sucesos ordinarios. Y otras, sujetos a las nimiedades más frecuentes. En ambos casos, los hechos narrados ofrecerán un acceso cómodo para los lectores y es frecuente que esos lectores queden complacidos luego de recorrer las páginas del insigne colombiano.

Autor:
Ebel Barat
