
La literatura de Gabriela Cabezón Cámara ha irrumpido en el ambiente literario de Argentina y de otros países para conmover el canon de la expresión artística. Si bien ese canon representa una aproximación a ciertas referencias aceptadas por la mayoría de los escritores, no es ―como tantas aseveraciones― un concepto cerrado. Por el contrario, el arte de la escritura está sujeto a evolución ― proceso aplicable a la condición humana como a todas las cosas que la rodean― y va recorriendo un camino homólogo al de la lengua que, vista como un ser vivo, fruto de las intenciones y situación de los hablantes, se desplaza, permitiendo circunscribir el espacio y tiempo de los que la comparten.
La historia de la literatura nos muestra que las obras trascienden por propio mérito, aún cuando interpelan lo que rige como correcto o deseable.
Opere esta idea como antecedente cuando toque la hora del juicio. Porque el juicio de las reglas vigentes suele discutir con el de los lectores que son, en la mayoría de los casos y junto con el cedazo del tiempo ―Borges decía protegerse con un margen de cincuenta años de lo que en su momento era aceptado, aún exitoso―, los que refrendan a la obra como trascendente.
Que un escritor sea leído por una abundante cantidad de público no significa que su obra ha de trascender: las modas dan cuenta tanto de lo deseable como del olvido. Y el tiempo, habrá de proceder para “consagrar” o echar al silente saco de la indiferencia.
Se verá qué sucede con la literatura de G. Cabezón Cámara, difundida en Argentina y, hoy, en muchos otros países. Obra que ha recibido reconocimiento y que concita la atención de consumidores, estudiosos y críticos, provocando una suerte de asombro por, como dice el subtítulo, la osadía de la autora para urdir una historia en la que el disparate y la desmesura fuercen una propuesta. Propuesta donde no faltan, también, hechos tan reales como trascendentes, personajes históricos y emplazamientos ciertos.
No es “el desparpajo” una condición exclusiva de Cabezón Cámara. Otros autores lo frecuentan y lo fomentan. El argentino César Aira es un ejemplo de esa combinación de lo dramático con lo real y lo imposible. Nunca más que ahora esos dos conceptos vacilan en el ideario de la humanidad.
Cabezón Cámara monta historias disparatadas que señalan problemas sociales, injusticias estructurales, prejuicios nocivos, con un estilo que no soslaya el sentido del humor, el dislate, la pureza en medio de la inmundicia, aún la ternura como refugio íntimo, aún la ilusión y la buena ventura.
Cada obra, además de la propia trama, será explicita en la posición de la autora en cuestiones históricas y sociopolíticas. El genocidio indígena en la América latina, la discriminación, la desconsideración de la mujer, la injusticia social, la miseria y la pobreza, los problemas de género que toca afrontar a muchos seres humanos y que han sido sistemáticamente eludidos por la tradición judeocristiana son temas frecuentes en su obra.
No coarta su propia condición y la aborda para convertirla en testimonio, que, revestido de una actitud provocadora, humaniza lo que es tal, aunque, lamentablemente, rechazado por buena parte de la sociedad.
“Incurre”, también, en el forzamiento de las reglas de estilo con visibles anacronismos, con desplazamientos del narrador, incluso con inexactitudes que cuesta ver, por lo menos en su totalidad, como intencionales y que pueden fastidiar a aquellos que gustan de bucear en la sustancia y las referencias de una obra.
La teoría del narrador es otra de las referencias literarias que parece ser objeto de una suerte de nueva revolución y la mezcla de arcaísmos con modos coloquiales de la actualidad, de lenguaje soez y explícito con formas líricas, forman parte del arsenal expresivo en La autora.
Adrede lo de arsenal porque el lector se ve apabullado por la profusión de figuras, la pasión y cierto desmande que no es tal.
Aquello que se presenta a priori como inadmisible sirve, a criterio de la escritora, como un recurso sino nuevo, por lo menos novedoso y un narrador adecuado al tiempo del siglo XVII con un lenguaje inventado que resuena oportuno ―Zama (A Dibenedetto), El Río de las congojas (I.Demitropolus)― se combina con el más actual argot del bajo fondo en el caso de “Las niñas del naranjel”
A medida que se recorre la obra será posible encontrar fragmentos en los que el oído literario de Cabezón Cámara trabaja con la comodidad propia de aquellos que gozan de “ese don”. Prosa musical, gracilidad, tropos, se suceden con fluidez provocando sorpresa y estupor. El contrapunto entre los amable, lo tierno, con lo atroz, realzado por un lenguaje explícito en ambos sentidos componen el estilo de quien tendrá defensores y detractores.
En los tiempos de la prisa, del consumo, un número de autores contemporáneos no parecen preocuparse demasiado por ciertos principios que pretenden ordenar la comprensión del texto. El contrato entre el autor y las reglas de la narrativa está siempre en tensión y lo que se escribe compete a la responsabilidad y la decisión de quién escribe.
Es verdad que, con una lectura atenta, lo que Cabezón Cámara intenta expresar se comprende y, eventualmente, se disfruta. Nos encontramos frente a una autora que, a priori, responde a su instinto sin que debamos perder de vista los recursos de los que es acreedora y de la fuerza con que urde su estética.
Está claro que su obra, fruto del trabajo en el que se ha invertido largo tiempo está permanentemente cotejada por ella y por quienes colaboran en la edición como piedras de toque. Las decisiones distan de ser apresuradas y competen a la escritora que ha dado pruebas de un criterio que atrae a los lectores.
Colorido, vértigo, acción, crueldad se combinan abigarradamente con escenas de ternura, de bucólica belleza, incluso de cabal pureza.
Una eufonía propia se manifiesta en los párrafos que no solamente sugieren por los cuadros descriptos sino por su sonido. Seguramente y, como suele suceder con la poética, las traducciones conspirarán contra esa musicalidad.
Esa musicalidad es uno de los valores distintivos de su producción y evidencia el gusto y la comodidad de la autora al frecuentarla con solvencia.
Materia de discusión, la obra de Gabriela Cabezón Cámara, se preocupa poco por imprecisiones y convoca por su originalidad, su desenfado y su destreza.

Autor:
Ebel Barat
