Publicado en: 19/07/2026 Wendy Lucía Morales Prado Comentarios: 0
Foto: filba.org.ar

El presente escrito presenta al lector un análisis narrativo de un cuento breve de la autora argentina Gabriela Cabezón Cámara intitulado “La garita”, con la finalidad de mostrar cómo incluso en un breve cuento, la escritora argentina presenta con maestría una precisión narrativa singular. Esta breve composición fue publicada en la antología Golpes: relatos y memorias de la dictadura compilada por Victoria Torres y Miguel Dalmaroni para la editorial Seix Barral en 2016. Efectivamente, el cuento cumple con los criterios para incorporarse en el contexto de una dictadura, pues expone el contexto opresivo de un poder omnipresente impuesto a través de mecanismos de corrupción, opresión y control, eminentemente patriarcales. Pero en esta ocasión, el cuento de La Garita se posiciona desde la perspectiva particular de un pequeño espacio, reducido, y como en un microcosmos, en ella encontramos una característica destacable, propia del estilo y la sensibilidad particulares de la autora.

Vayamos al cuento. La escena se centra en la última jornada habitual de un guardia de garita, que se encuentra en del tedio de su lugar de trabajo. Un hombre grande viendo una pantalla azul que lo ilumina parcialmente y, a pocos metros de ahí, tres perros mojándose que esperan pacientemente algunos restos de comida que el hombre se digne lanzarles. El tipo se pone de pie para orinar, los perros, miedosos tratan de acercarse. Uno de ellos se acerca de más y lo que consigue es una fuerte patada del tipo, el perro cae al suelo y recibe otra patada más. Lastimado, se levanta y cojeando se dirige a donde están sus otros compañeros caninos. Luego, el guardia se dispone a comer. Los perros se impacientan y cuando el guardia acaba, reciben las sobras.

Pasan unas dos horas, el tipo permanece inmóvil frente al celular. Lo apaga y permanece como dormido. Entonces llega una mujer, que les da de comer a los perros, ahora alegres. Habitualmente, al salir en la mañana, el tipo camina hacia su casa, en la que apenas tiene algo, pues es alcohólico y bocón, suele cantar sus proezas, su violencia contra los otros. Con él, vive una mujer que lo ha padecido. En el pueblo se cuenta la historia del tipo, que alguna vez tuvo esposa e hijo que murieron en un accidente de auto en el que, supuestamente, él manejaba. Luego el tipo se abandonó al alcohol. Apenas lo ven, los perros, con las orejas gachas lo rehúyen.

Pero hoy, todo eso ha quedado en el pasado, el tipo duerme y ronca estrepitosamente. La mujer se acerca con un arma y lo empuja, algunas cosas como el termo, se rompen…luego ella se marcha y los perros la siguen.

Uno de los elementos del estilo de Cabezón Cámara en este cuento es su laconismo sostenido, expresado en oraciones cortas, definitivas, que aportan muy poca información, aparentemente objetiva.

El narrador construye su escena con una composición de lugar escueta, que evoca el lenguaje de un director de escena: “Es lo que se ve: la silueta de un hombre grande, un poco encorvado”, y más adelante “Lo que está es el tipo en la garita y los perros mojados y la casa enorme atrás”. El hombre “sale con un piloto de plástico encima”. “El mar está atrás, de los médanos, pero se funde con la lluvia y es como si no estuviera”.

De inmediato el lector se da cuenta de que el narrador actúa como un omnisciente, pero no lo es, pues presenta modalizaciones de duda sobre lo que puede ser lo que ve, pero no lo sabe con certeza: “Se le apaga la cara al tipo, se habrá quedado sin batería”, y también “Se prende una luz azul cerca del termo, será el teléfono” y no solo su desconocimiento sucede con las cosas, sino igualmente con los seres de la acción “Los perros se paran torpes, ha de pesarles el pelo empapado y se alejan un poco más del tipo que mea”. Y sigue su falta de percepción hacia lo que ve el hombre, acaso porque no importa reparar en ello “El teléfono se apaga. No juega más, si es que estaba jugando. Parece dormido […] parece inerme también, convencido de su soledad”.

Sin embargo, el narrador solo es espectador, aunque domina la escena, porque jamás los personajes hablan, siempre sus acciones (mas no sus pensamientos) están relatados por el narrador. Y le bastan a la autora una pequeña garita de un día lluvioso, un hombre cruel y bocón, una mujer que toma venganza y unos perros, que temen al hombre en tanto, lamen las manos de la mujer y la siguen. Una pequeña incursión al pasado del personaje para ilustrar un poco más, del hombre, aunque su vida antes de la debacle del whisky sea una conjetura:

Cuando llega al rancho, más o menos a las ocho de la mañana, toma algunos tragos del pico y después se acuesta. Se levanta a la tarde. Se levanta, se toma el primer whisky. Pasa por el bar. En el pueblo, le conocen otro nombre. Y otra historia: que su mujer y su hijo murieron en un accidente y él tuvo problemas con el alcohol. Algunos suman y concluyen que manejaba el tipo, creen entender su mutismo y lo dejan en paz.

En tanto que la mujer, es la misma en todo el cuento: la que va a verlo a la garita y acaba con él: “Whisky, toma. Lo sabe, la mujer, porque recuerda el aliento del tipo en la nuca. La visitaba en llamas, después de sus horas de parrilla, y le contaba sus proezas”.

El espacio en el cuento es reducido y opresivo, tanto en la garita como en la casa, en la que hay muy pocos muebles “con un televisor dos sillas, una mesa, un catre, algunas armas y varias botellas vacías”. Fuera de esos espacios, el ambiente exterior igualmente es oscuro, pues el guardia trabaja el turno de la noche. Además, el día ha estado lluvioso “Llueve. Todo el día llovió”, la lluvia cubre por igual a los tres perros “están mojados, pero soportan la lluvia con estoicismo animal”. De hecho, los perros permanecen mojados todo el tiempo en el que se desarrolla la acción del cuento, que se limita desde la hora de la comida hasta la posible salida del guardia, a las ocho de la mañana. En la parte media de esa temporalidad, hay una breve analepsis para explicar la rutina del guardia, así como la ilustración de su pasado.

En cuanto la analepsis termina, la narración regresa a la garita, a donde llega la mujer que viene, y también en ese momento, sigue lloviendo “ronca el tipo, se lo escucha aún bajo la lluvia”. Con el guardia profundamente dormido “Ella se acerca, tiene un arma en la mano. Lo empuja con el caño. El tipo se cae, queda desparramado en la garita” Y con él, cae el odiado whisky: “el termo se rompe y lo baña de whisky y vidrio finito y plateado”. Al igual que los perros “se está mojando ella, lo mira un rato desde afuera y desde arriba. Se va. Y deja que los perros la sigan”.

En este cuento hay una construcción doble de la violencia y la vulnerabilidad: la de la violencia se encuentra en el hombre vencido por la tragedia y por sus vicios y crueldad, descarga su odio dentro y fuera de él, hacia la mujer y los perros. Además, es un cobarde, pues fanfarronea sus atrocidades con la mujer y con quien tiene ocasión para hacerlo. En tanto que la vulnerabilidad se conoce a través de la situación de la contraparte: la mujer y los animales empapados.

Es de destacar que, en cuanto a la vulnerabilidad y la violencia que destacamos en el título de este trabajo, que la mujer y los perros se encuentran en estado de indefensión y en el mismo nivel paradigmático hasta el desenlace de la historia, cuando se marchan unidos y mojados, pues existen diversas circunstancias que, aunque tenues, los unen en la magistral construcción de la autora. El final del cuento, con la mujer vencedora que mira al hombre “desde afuera y desde arriba” con lo que ello implica, sucede con la complicidad del narrador, quien parece soterradamente a favor de aquel acto de justicia ahí, en aquel lugar infame, justo en la garita. Con esta pieza, Gabriela Cabezón Cámara presenta una ráfaga de creatividad bien estructurada y medida a punto para generar una súbita indignación en el lector, al contemplar la violencia a partir de elementos tenues, pero bien dosificados, que provocan repulsión hacia el guardia, y compasión empática hacia los animales, a quienes rechazan los demás, excepto la mujer, quien permite que la acompañen. La escritora crea así un espacio aparentemente objetivo y lacónico en el que hay un planteamiento donde finalmente, la justicia reluce a partir del universo de la ficción. Es lo que queda, lo que resta: la última esperanza en un escenario de violencia, opresión y abuso constantes.

 

 

Autora:
Wendy Lucía Morales Prado

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