
Querida Gabriela:
Escribo esta carta consciente, que, a diferencia de las anteriores, el destinatario, podría leerla. De todas formas, siempre me expresé en todas ellas, sintiendo que, de algún modo llegarían a quienes estaban dirigidas. Y la estoy redactando, conforme a la franqueza de tu estilo y a mi sincero sentimiento.
Desde ya, mi reconocimiento por ese fascinante derrame sin remilgos en que consiste el libro que titulaste “Las niñas del naranjel”. Pienso que la fuerza de los acontecimientos, sumada a la exaltación de la belleza y el respeto del lugar y su pueblo, representa la esencia de tu ser. Como si proyectando pesadillas y sueños más amables, desplegaras una verdad que te desborda.
El texto me sumió en una experiencia literaria sorprendente. Me conmovió, me maravilló, tanto como me hizo sentir aversión ante lo macabro o impiadoso. Todo traspasado por una cuota de absurdidad capaz de apaciguar lo insoportable. Esa ridiculización y el humor consecuente aumentaron mi ansia de avanzar en la lectura.
Al finalizar creí comprender parte de su razón e intenté ensayar alguna teoría como respuesta a la inquietud generada por el libro. Me atrevo a contarte una: aquellos que afrontan el horror, logran sobrevivir o sostenerse si vislumbran, reconocen o llevan dentro, la belleza del mundo. Debo decirte que me es imposible elegir cuál de los aspectos de la obra, me ha marcado más.
La lectura fue como una travesía hacia una meta sin sitio para condescendencias. Travesía en la que tu escritura contundente y apasionada revela cuanta energía y tiempo invertiste. Energía que dota al texto de potencia; en la que el fruto de las investigaciones y la exploración del terreno se convierten en una versión de los hechos, universo, en fin, que abrís para que sea conocido.
Para comunicar, del tesoro caudal de palabras, elegiste las pertinentes a tu propósito. Y a tu manera. Las empleaste sin retaceo, consumando ese efecto rotundo que te es propio. Y así, entre párrafos de poética placidez, brotan salvajes relatos de la ignominia de los “civilizadores”.
En el protagonista, coexisten la ternura hacia una dulce niña necesitada de cariño y la ferocidad enceguecida de un hombre violento capaz de crímenes impensados. Y, al final, todo confluye para gestar un ser en quien prevalece la preservación de la vida en todos sus aspectos. Un maternar que, yendo más allá de lo humano, aspira a fundirse con un todo infinito.
Con arrojo alzás la voz por aquellos que no son escuchados y por los que no la tienen. Lográs que hasta la naturaleza, la tierra misma a la que pertenecemos, responda a la devastación de quienes se creen sus amos.
Desde una posición ética, con desenfado, aplastás la moral pusilánime, exhibiendo su actitud servil a situaciones históricas determinadas. Celebro tu valentía frente a la maldad y tu osadía tan capaz del desparpajo.
Disfrute, por cierto, de esos renglones en los que esa moral, esa supuesta concepción del mundo tan superior como disparatada, no puede sostenerse ante la simple lógica de las niñas.
Tu historia resalta la pureza y sabia sensibilidad del pueblo Guaraní, contrastando con la voracidad insaciable de los invasores. Una de las mejores maneras de rememorar el legado de los pueblos originarios, es reproducir con agudeza su comunión con el lugar que los alberga. Los pueblos poseen un saber viviente, algo que no siempre comprenden los historiadores. Ellos intuyen su destino profundamente ligado con la tierra.
En fin, tu pluma, sabe subrayar con agudeza la diferencia entre la historia, que lleva implícita la muerte, y una matanza infame que no querés dejar caer en el olvido.
Ya despidiéndome, quiero agradecerte por hacerme recuperar el pulso de nuestra tierra y los sucesos históricos de la colonización. Pero, en especial, por encontrar en tus páginas, una metáfora de la vida misma en cualquier lugar del planeta, donde la naturaleza, aún prodiga, es vejada y calcinada. Gracias por no callarlo. Un largo abrazo de

Autor:
Nancy Botta
