“Francisco Ortiz Uruguay”, escribe Santiago Fuentes en el buscador de internet y se despliegan cientos de resultados. ¿Cuál de todos lo conducirá a quien intenta ubicar? ¿Qué otro dato podría obtener, y de dónde, que lo guíe en la pesquisa? ¿A quién busca?
En cada rato libre que tiene despliega las páginas del manuscrito y vuelve a quedar atrapado en esta historia. Aunque ya tiene casi memorizado todo lo que dice en ellas, las repasa una vez más buscando algún otro indicio que lo oriente.
Lee: “Corrientes, 5 de agosto de 1867
Al fin cedieron un poco los calambres y puedo sostener nuevamente la pluma en mi mano. No escribir durante tanto tiempo me desesperó. Este papel me salva. Es agobiante no poder descargar la cabeza. El encierro es intolerable. Las dolencias persisten instaladas en mi cuerpo sin darme respiro.
No tengo otra alternativa que quedarme aquí”.
Corría el año 1867 y el teniente Estanislao Ortiz, miembro de las tropas uruguayas combatientes en la Guerra de la Triple Alianza, contrariado por las desavenencias engendradas a raíz del conflicto militar, se vio forzado a desertar.
Poco después comenzaron a desactivarse algunos focos bélicos y gran parte de las tropas regresaron a su país, pero la condición de Ortiz le exigía permanecer en el anonimato, escondido y por lo tanto imposibilitado de retornar.
Luego, su intento de alejamiento se vio coartado de manera definitiva por el avance del cólera en la región. La epidemia asediaba sin dar tregua y con crudeza. El teniente no pudo escapar al contagio y esto lo obligó a quedar varado en Argentina. Solo escribir, mientras la enfermedad le permitía hacerlo, templaba su incertidumbre, su sufrimiento.
“Entre las crueldades de esta guerra descabellada una de las más duras es sufrir las consecuencias de discrepar con los propios. La desobediencia conlleva un alto costo por pagar y no estoy dispuesto a someterme a semejante humillación. Además, los vómitos y la constante diarrea me dificultan mantenerme en pie y mucho más moverme de este lugar. La caridad de Águeda me permite seguir viviendo. Me advirtió que si me iba no sobreviviría más que unas pocas horas y decidió traerme hasta este escondrijo. Aun exponiéndose al riesgo de ser descubierta ayudando a un traidor, se encarga, casi diariamente, de acercarme provisiones, medicación y de controlar mi salud. Su compromiso humanitario va más allá de las exigencias bélicas, teñidas de mezquindades e intolerancia. Sus manos acariciando mis febriles sienes son un bálsamo en esta tempestad. Ella y las demás enfermeras no dan abasto para responder al desastre que está desencadenándose. La falta de limpieza y el hacinamiento de los campamentos han contribuido a que el cólera se expanda masivamente arrasando con la vida de los soldados.
Por la pequeña y única ventana que hay se asoma un rayo de sol, minúsculo. Entra tímidamente y luego de escasos minutos se oculta, tan mezquino. Otra efímera esperanza que muestra y quita presurosamente la guerra.
A medida que va oscureciendo, la cruel evidencia de que ya nada resta por suceder en este día presiona mi pecho con el peso de un yunque, hundiéndolo, perforándome. Y rápidamente llega la noche, eterna.
Siento mi cuerpo anestesiado, no podría tolerar más dolor. Mi cuerpo, el día, todo, absolutamente todo resulta ser perecedero”.
Santiago se tira ahora en el sillón. Intenta seguir leyendo, no puede, está abrumado. Necesita despejarse. Calienta el café, prende un pucho y sale al balcón. Las luces porteñas lo reaniman. Cuántas historias en cada una de esas ventanas iluminadas, cuántas que no conoce y nunca conocerá. A esta sí la está conociendo, aunque fragmentariamente. ¿Qué habrá sido de Francisco Ortiz? Claramente él ya no vive, pero ¿habrá tenido hijos? Y si tuvo, quizás también haya nietos y bisnietos. Pero, ¿cómo rastrear cinco generaciones? Imposible.
Al rato se acomoda nuevamente y continúa leyendo, ahora en voz alta e impostada. Sonríe imaginando lo que pensaría alguien del edificio si pudiera oírlo.
“Corrientes, 6 de agosto de 1867
Hoy Águeda vino más temprano que de costumbre y me comentó lo que escuchó anoche, una conversación entre el Capitán y Albornoz en la que se preguntaban qué habría ocurrido conmigo. El capitán sostenía la hipótesis de la desobediencia y Albornoz le repetía constantemente: Algo grave debe haberle sucedido, el teniente no haría eso. Sospeché que ella podría haber oído mal, pero me aseguró que el Capitán había dicho mi nombre. ¿Qué se sabe del teniente Estanislao Ortiz? le oyó preguntarle a su subalterno, rascando su prominente barriga con una mano y ensortijándose el bigote con los dedos de la otra, mientras pasaban caminando frente a ella sin reparar en su presencia.
Desde que Águeda me puso al tanto de esa charla estoy expectante, alterado, incluso
parecieran habérseme agudizado los síntomas. Estoy demasiado cansado y abatido”.
“Corrientes, 8 de agosto de 1867
Anoche volví a ver a mi hermano. Los efectos de la morfina lo traen con frecuencia. Se acercaba hacia mí conminándome a observar sus brazos ensangrentados. “Mirá, mirá como me desangro por tu culpa”, repetía constantemente, como lo hace siempre. Sus ojos estaban desorbitados y gritaba con más y más intensidad cada vez. Se aproximaba casi hasta tocarme y de repente su rostro era el de mi hijo, ya siendo un hombre, llorando con desconsuelo.
Luego no pude volver a conciliar el sueño y decidí escribirle a Francisco. No me atreví a hacerlo antes porque carecía de valor, pero en estos momentos considero necesario anoticiarlo de mis pesares y, tal vez, lograr su comprensión. No me resulta fácil explicarle a un muchachito de nueve años, con quien apenas nos conocemos, que la distancia de los afectos y la lucha por sobrevivir pueden instigar al hombre –en este caso a su padre- a acorazarse en el endurecimiento, con la consecuente desatención de las necesidades de sus seres queridos; y que no hallo forma de nominar el dolor que anida hoy en mi pecho por semejante desdén. Que, aun no existiendo ya más amarre a la vida cuando no se ha podido salvar al propio hermano de las atrocidades de la guerra, uno debe encontrar un motivo de peso suficiente que justifique el desertar a la responsabilidad con la patria. Y que esa conducta reprobable hoy me lleva a simularme muerto en vida. Seguramente le resultará muy difícil entender, pero debo intentar explicárselo porque deseo fervientemente que sea piadoso cuando le llegue el momento de juzgarme.
Que mi cuerpo permanezca con vida, en estas circunstancias, no depende de mí. En cambio, preservar mi alma es de mi absoluta incumbencia”.
Esa noche el teniente escribió hasta el amanecer, compulsiva y febrilmente, todo lo que tenía atorado en su pecho, proponiéndose no interrumpir el impulso hasta soltar la última palabra que necesitara decir, motivado por la aterradora idea de que esas podrían ser sus últimas horas de vida.
Santiago vuelve a revisar los papeles buscando esa carta, corrobora nuevamente que no está. ¿Dónde habrá quedado? Por lo que dice después Ortiz no fue enviada, pero adónde habrá ido a parar. Es rarísimo. Tal vez la tiró.
Continúa leyendo…
“Corrientes, 9 de agosto de 1867
Hoy Águeda no vino a verme. Era la única persona que podría haber hecho llegar la carta a mi hijo sin que se despertaran sospechas sobre mi presencia aquí. Aunque la desesperanza no fue mayúscula, porque de alguna manera ya había decidido no enviarla. Prefiero que Francisco albergue la duda de quién ha sido su padre a que corrobore que fue un cobarde. Me consuela pensar que resultaría muy dificultoso convencerlo a la distancia de que no solo la cobardía es motivo para desertar, que a veces es necesario ser valiente para no ceder ante las órdenes que indignan y deshonran.
La sed me desespera. Los calambres en el estómago me fuerzan a permanecer en la cama. Necesito agua, aunque beber esta agua sea como tomar veneno. Ya no me queda ni una gota del vino que me trajo Águeda. Me apena no verla. Debe estar demasiado atareada. No puedo evitar sentir celos de quienes están a su cuidado ahora. Tan solo su presencia me aliviaría. Ver sus delicadas manos moverse suavemente es el mejor paliativo para cualquier sufrimiento”.
“Corrientes, 11 de agosto de 1867
Durante casi dos días permanecí yaciendo inmóvil en la cama y sin poder escribir. Esta mañana no logré incorporarme para recibir a Águeda. Golpeó la puerta con dos toques, como de costumbre, esperó unos segundos y entró suavemente. Esta vez no habló demasiado y pude percibir sus ojos inundados de lágrimas. Al parecer, su anterior ausencia ha tenido relación con lo que sucede afuera. Hace poco me manifestó la terrible impotencia y desazón que le provocaba ver morir a los soldados de a docenas. Hubiera querido tener el ánimo suficiente para tomar sus delicadas manos y acariciarlas. Esas manos que, como un sutil roce de alas de mariposas, me estremecen cuando se acercan a mi piel. No pude”.
“Corrientes, 12 de agosto de 1867
Apenas logro ponerme de pie por unos segundos. Las deposiciones sanguinolentas no ceden en ningún momento. Caí nuevamente en los brazos de Morfeo, que me acunó en un sueño desfalleciente. En la otra cama mi hermano lloró toda la noche. Otra vez me obligaba a mirarlo, pero sus brazos ya no estaban ensangrentados sino amputados. Quería ayudarlo, pero no podía llegar a él. Su imagen se esfumaba. Mis piernas se hundían en el lodo colmado de cadáveres de soldados. Cuando pude recuperarme un poco de la ensoñación llegué hasta el aguamanil con las mínimas fuerzas que me quedaban y mojé con abundante agua mi rostro. Me alivió por unos instantes, pero no fue suficiente para menguar el sudor. La fatiga me aplasta y ya no puedo amarrar la pluma. Estoy demasiado cansado y percibo que el desenlace es inminente”.
Santiago Fuentes examina nuevamente los papeles sin querer darse por vencido. No está dispuesto a que esta historia continúe muerta en el baúl de los recuerdos que atesoró su abuela Pocha.
Por mucho tiempo ese baúl permaneció en el antebaño de la casa. Cuando la visitaba, siendo niño, lo sentaba en él para vestirlo después de la ducha. Un día le preguntó cuál era el contenido y ella le dijo que era un tesoro que perteneció a su tía abuela Águeda. Y al verle los ojos brillar cuando escuchó esa palabra “tesoro”, ella le aclaró sonriente que eran solo papeles.
Varios años más tarde, cuando tuvieron que desocupar esa casa, Santiago se encontró con que el baúl aún permanecía allí, sin que nadie haya revisado nunca el contenido. Nuevamente para él tomó vigor aquella palabra guardada en su recuerdo “tesoro”. Y ante el asombro de la madre y el hermano, que se miraban conteniendo la risa y no pudiendo entender qué bicho le había picado a éste que se llevaba tan a gusto ese bodoque de madera podrida, lo cargó con firmeza en sus brazos diciendo: este tesoro es mío.
Allí dentro encontró objetos y documentos que pertenecieron a Águeda, la tía abuela de su abuela, del período en el que asistió como enfermera a las tropas argentinas y uruguayas en la Guerra de la Triple Alianza. Y entre todo eso, en un sobre de color madera, el diario del teniente Ortiz. Cada tanto lo relee, algún día escribirá esta historia. Y siempre lamenta que aquel niño, Francisco, no haya podido conocer las palabras que el padre le escribió en su agonía.
Una soleada mañana de domingo montevideano, hacia fines de agosto de 1867, don Atilio estaba atando los troncos que habían derribado las ovejas la noche anterior. Desesperadas por el susto que les provocó un zorrito que andaba campeando por el corral, rompieron el cerco y varias se lastimaron.
El viejo, entristecido por la rajadura que tenía una en el lomo, que lo hacía suponer que no iba a salvarse, tironeaba a más no poder de las lonjas de cuero tan ajadas como sus manos. Esa sí que se la iba a ver fea, pensaba, era casi imposible que sobreviviera. Los perros, que descansaban bajo la sombra del ceibo, se sacudieron de repente para salir raudamente y ladrando hasta desgañitarse rumbo al comienzo de las huellas que allá lejos formaban un camino. Atilio intentó descubrir cuál era el motivo de tal alboroto, pero la resolana le impedía ver con claridad. Ayudando con la palma de la mano a la insuficiente sombra de su sombrero, alcanzó a divisar a un hombre joven a caballo merodeando por ahí. Estiró los labios hacia ambos lados, y por el pequeño orificio longilíneo que formaba su boca soltó un agudo sonido, entre silbido y soplo, y en dos segundos Garrote estaba a su lado. Tanteó la presencia de su facón. Montó con la agilidad impregnada en la memoria del cuerpo, la que no se doblega ante los achaques del tiempo, y salieron hombre y caballo siendo uno, como siempre, desde hacía casi tres décadas.
No era la primera vez que alguien se aparecía por allí. Casi siempre era con intenciones de desalojarlos. Pero en esas ocasiones lo hacían sin pedir permiso y éste parecía acercarse con prudencia, como buscando algo perdido.
Se fue aproximando con la debida precaución de la desconfianza hasta donde estaba el desconocido. Quien, apenas lo pudo divisar, se bajó del caballo, se enderezó sacudiéndose la tierra del uniforme y acomodó su anguloso rostro a una expresión distante y servil.
Permaneció erguido, sosteniendo un paquete entre las costillas y el codo y mostrando sus manos desnudas a la cauta mirada del viejo que se iba acercando. “Buen día don –le gritó- con todo respeto ¿puede ser esta la morada del Teniente Estanislao Ortiz?”
Atilio presentía algo malo en el porte y la aparente formalidad de ese hombre. Tal vez no malo, pero sí inesperado. Primero se vio tentado a aclararle que el teniente era su yerno, y que su hija y su nieto ahora estaban allí porque… pero antes de emitir sonido evaluó que no era necesario ahondar en detalles y con una pesada y lenta caída de párpados se lo afirmó. Algo de lo que le dijo fue que iba en nombre del ejército nacional encomendado a hacerle llegar sus pertenencias a la familia, pero el viejo quedó atrapado en la perplejidad que le impidió seguir escuchando. Solo atinó a extender los brazos para recibir lo que le entregaba.
Tres horas permanecieron sentados con doña Elvira mirando la caja y el sobre que depositaron sobre una pequeña mesa, esperando a que volviera la hija para dárselos.
Matilde se había ido temprano con su hijo. Tardaban bastante tiempo cuando bajaban al río. Mientras ella lavaba la ropa Francisquito jugaba con su perra y luego volvían los dos cansados cargando los baldes repletos de agua y ropa limpia.
Cuando el esposo partió a la guerra Matilde se fue con el niño a vivir con sus padres. Aun teniendo que lidiar con la escasez, el cansancio y la tristeza, que la mostraban a veces avejentada, seguía conservando su peculiar encanto juvenil.
Al regresar encontraron a los viejos todavía sentados, callados y cabizbajos. “Mamá, qué les pasa a los abuelos”, preguntó Francisco preocupado mientras pellizcaba y comía un pan recién horneado por la abuela.
Cuando Matilde vio lo que había sobre la mesa no necesitó conocer el contenido para saber de qué se trataba. Agarró todo y fue directo a encerrarse en el dormitorio. Se sentó en su cama y decidió abrir primero el sobre, de alguna manera supuso que su contenido iba a ser más conciso y menos conmovedor que lo que podría encontrar en la caja. Allí aparecían palabras como deceso, deber… que alcanzó a leer entrecortadamente antes de sentir que comenzaba a desvanecerse. Debieron pasar casi dos horas hasta que se pudiera reponer y abrir la caja. Entre las pertenencias de Estanislao estaban los documentos, un trozo de tela con sus iniciales, los anteojos, un par de libros y un sobre -que parecía estar sucio por el roce con la tierra- dirigido a su hijo, Francisco Ortiz.
Matilde llamó al niño y le entregó la carta que el padre le había escrito unos días antes de morir. Él, sin preguntar nada, tomó el sobre y partió con su perra a campo traviesa.
Llegó a la vera del río y se sentó a leerla. Había palabras que escribía su padre de las que no conocía el significado, pero sí podía entender qué le querían decir.
“Corrientes, 9 de agosto de 1867.-
Mi querido hijo
Me alegrará saber que al recibir la presente se encuentran en buen estado, usted y su madre.
Lo sorprenderá recibir estas palabras, puesto que nunca he logrado el valor suficiente para escribirle. Por ese motivo sé que no estoy en condiciones de abrigar pretensión de recibir respuesta.
La distancia de los afectos y la lucha por sobrevivir me han sumido en el endurecimiento, con la consecuente desatención de vuestras necesidades que, según presumo, deben haber sido vastas. No hallo forma de nominar el dolor que anida hoy en mi pecho por semejante desdén.
No hay grado de absurdidad en la guerra que justifique el desertar del hombre al deber patrio. Esa conducta reprobable, lo obliga a simularse muerto en vida. Sé que le resultará difícil comprenderlo, pero espero con fervor algún día sepa entender y sea piadoso al juzgarme.
He decidido volcar estas palabras en un papel porque esta noche no logro conciliar el sueño, me abruman los pensamientos sobre usted y su madre. No me he atrevido a escribirle nunca a ella, y no sería justo hacerlo en estas circunstancias. Sólo le provocaría mayor dolor aún.
Las dolencias que me afligen no ceden ni por las noches y se agudizan a cada momento. Todo me lleva a concluir que el desenlace es inminente.
Aunque no me considero merecedor de su atención a mis palabras, necesito compartirle algunos de mis sentires.
De niño he sido una alegre pero atolondrada criatura. Paulatinamente desarrollé una afición al estudio y una progresiva tendencia a la melancolía.
A los veinte años no me apercibía de la brevedad de la vida, ni podía intuir que era perecedera.
Sepa que, para su padre, como para todo hombre que se precie de razonar, frente a circunstancias adversas es difícil mantener el justo medio de las cosas. Eso a veces nos transmuta en bestias.
Cómo lograr equilibrio si se nos compele de por vida a ser lo suficientemente fuertes, exaltados, vehementes, y jamás se nos perdona ser demasiado blandos o mostrarnos abatidos.
Recuerde que se dispensa la tontez mientras usted sea un joven inexperto, pero se lo juzgará sin escrúpulos si conserva ese estado siendo un hombre adulto.
Siempre que vaya tras una quimera recibirá tributo. Pero tenga en cuenta que será merecedor de una cruel condena si su objetivo es la mera ambición. La pedantería empobrece el alma.
La rudeza de carácter le soliviará las cargas que deba llevar, pero que no lo enceguezca quitándole la posibilidad de disfrutar contemplando la diáfana luz del sol sobre los árboles.
Al realizar su labor cotidiana no olvide que, aunque sea el raciocinio el que lo guía, lo que da impulso al instrumento que utilice es su alma. La fortaleza de la herramienta está en el espíritu de quien la empuña.
Entrañable hijo, nada de lo que pueda ser dicho ahora aliviará el dolor causado. Espero que estas expresiones lleven al menos un exiguo consuelo a su alma.
Cuide mucho de su madre y no olvide que jamás ha estado ausente en mi corazón.
Afectuosamente, su padre”
Regresó casi al anochecer, con los cachetes paspados por las lágrimas secadas al sol y sin decir más palabras que: tengo hambre.
En ese momento lejos estaba Francisco de imaginar que muchos años más tarde un hombre llamado Santiago Fuentes lamentaría hondamente que él no hubiera podido conocer las palabras que su padre le escribió durante los últimos suspiros de su existencia.
“Reporte 15 de agosto de 1867. Quien suscribe, oficial primero Osmar Albornoz, da debida cuenta de que en el día de la fecha se produjo el deceso del Teniente Estanislao R. Ortiz. La información ha sido elevada por la enfermera Águeda Bustamante, quien declara que al tomar su guardia halló el cuerpo sin vida del Teniente. Manifestando no conocer cuándo ni en qué circunstancias ha llegado el mismo hasta ese lugar.
Por orden del Capitán Galdeano se procederá a informar del hecho a la familia, haciéndoles llegar sus pertenencias y las pertinentes condolencias por tan irreparable pérdida. Se dará santa sepultura a quien ha sido en vida el Teniente Estanislao R. Ortiz, que ha perecido cumpliendo con su deber patriótico.
Aquella fría mañana de agosto Águeda golpeó la puerta dos veces con el nudillo, como siempre. No era la primera vez que no había respuesta. Abrió lentamente y encontró al teniente yaciendo en su cama, sin vida, con el manuscrito que siempre dejaba en la mesa ahora entre sus manos. No sabía lo que allí estaba escrito, pero intuyó que no debía darse a conocer. Al quitarlo se deslizó entre las hojas un sobre en el que estaba escrito, con esmerada caligrafía, “Francisco Ortiz”. Antes de informar el hallazgo escondió esas páginas entre unas mantas y el sobre en el bolsillo de su delantal. Luego, ofreció ayuda para guardar en una caja los objetos del fallecido y, con extrema precaución para no ser descubierta, ubicó debajo de todo lo demás la carta que Estanislao había escrito para su hijo.
Para su alivio, el capitán ordenó a los subalternos los pasos a seguir sin indagar demasiado sobre lo ocurrido.
Es muy tarde ya y continúa iluminada la ventana de aquel tercer piso porteño cuando suena el teléfono. Santiago atiende la llamada, es de la redacción, tiene que ir a cubrir una noticia de último momento. Apila con delicadeza de orfebre las páginas del manuscrito que están desparramadas en su escritorio y las guarda hasta que pueda volver a ocuparse de eso. Algún día voy a escribir esta historia, piensa. Apaga la computadora, la luz y sale presuroso.
Autora:
Graciela Roselli
