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“Esta es tu cruz hija mía y debes cargarla con resignación. La revolución ha exigido grandes sacrificios a nuestro pueblo y tú tienes un deber para con ella por el privilegio de ser quién eres. El comandante, líder máximo de la Nación, te adoptó, te dio su apellido, ningún otro lo hubiese hecho. ¿Te das cuenta de que al buscar tu felicidad te pones por encima de la Revolución? Tu egoísmo es inconcebible” – dijo el sacerdote con tanta vehemencia que sus palabras parecieron retumbar en las paredes del templo. Después apuró la penitencia para no seguir escuchando más. En ningún momento su voz había vacilado, como si la confesión de Zoila no lo hubiese sorprendido. ¿Sería posible que, como flamante ministro de gobierno ya conociera su situación? Ese pensamiento le heló la sangre. Estar en boca de todos los integrantes del gobierno, aunque nadie se atreviera a decir algo, la llenó de vergüenza.
Al salir del confesionario sintió un fuerte dolor de cabeza y escalofríos, sabía que estos síntomas se agravarían, ya que los había padecido en muchas ocasiones. En las jornadas de alfabetización y también durante las de recolección de café. Esas manifestaciones, en principio leves, se habían hecho más frecuentes e invalidantes desde la confesión al padre Escoto. Cada vez que se veía obligada a socializar aparecían los temblores, los mareos, las náuseas. Cuando un muchacho la miraba o quería entablar una conversación con ella, se sentía morir. ¿Conocerá mi secreto?, se preguntaba. Se creía portadora de un estigma, de una letra color escarlata prendida en el pecho al modo de las “pecadoras” del siglo XVIII. En la última campaña de recolección de café, su padrastro tuvo que mandar a buscarla antes de lo planeado. Todos lo pudieron ver, solícito y cariñoso suministrándole medicamentos y ordenando que la llevaran a la casa familiar.
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Llueve sobre los cerros como tantas veces en esta época. Los frutos maduros del cafeto brillan cual pequeñas cerezas bajo el líquido estallido. Cientos de manos ávidas los recogen presurosas al tiempo que, con un rápido movimiento, casi imperceptible, los arrojan a canastos ceñidos a la cintura. Son gestos que vienen de lejos, milenarios, aprendidos en largas jornadas, sin tiempo para el descanso. Un plato de frijoles y una tortilla de maíz antes de partir, al alba, han sido la única comida. Sin embargo, más allá del cansancio, se percibe regocijo en las miradas cuando todos regresan con tan preciada carga.
Zoila siempre se ofrece para la tarea. Allí, en contacto con la naturaleza parece recuperar un poco de su alma, la que aún no le han robado del todo. La que se eleva por sobre su cuerpo para fundirse con los troncos y las carnosas hojas de esos arbustos tan pródigos. Se siente una con ellos, que han crecido y madurado bajo el amparo de Guabas, Laureles y Ceibas que amorosamente los protegen del sol. De ese gran astro adorado por los pueblos originarios que, así como da vida puede quitarla con solo desplegar sin mesura ni oposición, sus poderosos rayos. Lo ha visto en plena tarea destructiva, provocando incendios, secando arroyos, mutilando cascadas. Aunque no sabe si lo vio o lo soñó. ¿Cuántas veces ha fingido dormir durante ese cataclismo de manos lujuriosas como el sol mientras su alma se encogía hasta casi desaparecer?
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Tuve oportunidad de conocer a Zoilamérica un domingo en Matagalpa. Era el único día en que no se hacía el corte del café, si bien teníamos otras tareas. Nosotros, los brigadistas extranjeros dormíamos todos juntos en una barraca y ella estaba con los jóvenes de la “19 de julio” que se alojaban en otra. Tendría poco más de 15 años y su aspecto era frágil. Supe quién era por un compañero nicaragüense y como es lógico sentí mucha curiosidad por saber que se sentiría ser parte y estar en la “cocina” de la revolución desde el inicio. Ese domingo era de jolgorio porque recibiríamos a un contingente de niños sandinistas para los cuales habíamos preparado una función de títeres. Los chicos vestían uniformes y pañuelos rojinegros atados al cuello. Cantaban canciones revolucionarias en honor a Sandino, el héroe patrio, todo lo cual le agregó más emoción a la que ya sentíamos por formar parte de esa gesta solidaria. Al día siguiente marchamos hacia la finca La cumplida, 5 km de subida al cerro en el cual estaban los cafetales.
El capataz asignado a nuestro grupo hizo como siempre, nos mezcló con los locales entre los cuales estaba Zoila. Nos dieron una especie de capa con capucha para protegernos de una inminente lluvia que a poco de andar se desató. Debíamos cumplir con las metas de producción y el agua no nos detendría. Zoila caminaba a mi lado y en varias oportunidades la ayudé a no caer porque se resbalaba con frecuencia. Creo que eso, y mi condición de mujer hicieron que se sintiera segura como para no rehuir mi compañía. No obstante, yo notaba que cada vez que empezábamos una conversación ella bajaba la voz y miraba hacia todos lados. Era obvio que sentía miedo. Lo atribuí en ese entonces al probable acecho de los Contras, aunque nos habían dicho que en esa zona no había peligro. El agua rebotando en las capuchas y en la vegetación, por momentos fue tan abundante que nos cegó como para seguir trabajando. El capataz decidió el regreso y fue a partir de allí que comenzó algo que pudo haber sido una amistad entre las dos.
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Han pasado más de diez años de mi último corte de café y sin embargo no dejo de pensar en la joven argentina. Clara se llamaba. ¿Qué será de ella? ¿Qué pensará cuando se entere de mi historia? Estuve a punto de contarle todo. Le pediría que no dijera nada, que sólo tenía necesidad de desahogarme, que nunca había podido hablar con alguien de confianza y que ella me la inspiraba. Debería haberlo hecho, quizás me habría ayudado y no hubiese esperado hasta hoy para hacer público mi testimonio. La culpa y la vergüenza pudieron más.
Clara era muy curiosa y me preguntaba de todo. Yo evadía las preguntas personales intuyendo que con esa actitud la decepcionaba. Ella estudiaba Historia y estaba muy interesada en la Conquista. Cuando comenzó a contarme cosas que yo desconocía, dejé que lo hiciera para que no insistiera sobre mi vida. En la escuela habíamos tratado el tema y habíamos comparado la lucha de Sandino y después del comandante Ortega, con la de los pueblos originarios pero el relato se centraba sobre todo en los “indios”, en los varones. Nunca se nos había hablado de las mujeres, de su martirio, de su resistencia, de su lucha y valentía. La única india que se mencionaba era “la Malinche” destacando la traición a su pueblo, que ahora se sabe no fue tal.
Clara me habló de una india guaraní bautizada Juliana -entre tantas otras- que se hartó de ser abusada por el español al que había sido entregada y decidió cortarle la cabeza el jueves santo de 1539…Finalmente la atraparon, torturaron y ahorcaron para que el ejemplo no cundiera. Pobrecita, dijo. Recuerdo que sentí mi corazón latiendo desbocado, mis manos transpiradas y frías, mi vista nublada. ¿Tendría yo la valentía y la fuerza de Juliana? ¿Me esperaría el mismo destino? También me contó que los curas sabían todo y que algunos pocos le informaban al rey para que pusiera fin a toda esa crueldad: “y visto por estas mujeres que los españoles las tratan tan mal…muchas determinan matarse por sí propias: unas comiendo tierra, ceniza y carbones y pedazos de ollas y platos, y otras no comen ni beben por acabar la vida más presto; otras se van a los bosques y desesperan con cuerdas…” había escrito un religioso sobre las mujeres guaraníes del Paraguay.
Recuerdo haberle dicho a Clara que el español había sido como un padre cruel que maltrata y viola a sus hijos, que les roba la vida. Entonces me abrazó con fuerza, quizás sorprendida por esa reflexión o conmovida por mi turbación y llanto. Recuerdo que lloré porque fue la primera vez. Ni cuando comenzaron los abusos lo hice. Tenía once años entonces, e incrédula, confundida y temerosa, pensé que mi madre me salvaría. Ajena a la causa de mi angustia, Clara dijo a modo de consuelo y con gran convicción “por suerte la revolución está pariendo a un hombre nuevo” y agregó solemne: “compañera, debe estar orgullosa de su militancia, usted es un ejemplo para los militantes que como yo hemos venido de tan lejos ¡vale la pena el sacrificio que su pueblo hace, vale la pena su sacrificio, vencerán, no tenga dudas!”
Hoy reflexiono sobre mi nombre. Zoilamérica, el mismo de mi abuela. Mi abuela, que había conocido a Sandino y luchado junto a él. ¿Llevaríamos las dos ese nombre para imbuirnos de la rebeldía de todo un continente? ¿Para recordar que siempre es preferible la lucha al sometimiento? En mi nombre estaba signada la que sería mi tortuosa vida y también mi salvación. Elegí, aunque tardé demasiado en hacerlo, enfrentar los hechos y ponerle fin al sometimiento. Elegí hacerle honor a mi nombre.
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He conseguido el mail de Zoilamérica y después de varios intercambios con ella decidí viajar a Costa Rica, donde se encuentra exiliada. Su carta de denuncia contra Ortega fue como un terremoto que sacudió los valores sobre los que se fundaba la lucha revolucionaria. Recordé cada palabra que pronunciamos durante las horas que estuvimos juntas. Recordé sus gestos, las emociones que despertó en ella la lectura de los escritos de Bartolomé de las Casas y el comienzo de los síntomas por los cuales tuvo que irse. Y sobre todo vino a mi memoria una imagen que en su momento deseché por incredulidad. También por necedad y fanatismo.
Vi un beso. No un beso cualquiera. Un beso en los labios que su padrastro le dio en el momento en que acudió para llevársela. Pueden creerme o no, pueden pensar que ahora, ante el conocimiento de los hechos denunciados, imagino cosas. Sólo sé que le creo a Zoila y que estoy dispuesta a testificar ante quien sea. Se lo he adelantado por mail, pero no veo el momento de decírselo personalmente. También le diré que sigo creyendo en la revolución, en que alguna vez tiene que surgir el hombre nuevo.

Autora:
Sofía Masnatta
