Gustave Flaubert es reconocido como el padre de la novela moderna. Logró irrumpir dentro del romanticismo con toda la fuerza del realismo. Supo identificar y resaltar lo cotidiano, lo común, lo mediocre… lo real; transformándolo en extraordinario y poético a través de su estilo. Ese estilo indirecto libre, cuyo narrador omnisciente pasa desapercibido, nos transporta al flujo de la conciencia y nos trae de vuelta de forma apenas perceptible. Es este el mérito que le permitió trascender a su tiempo.
La búsqueda de la palabra correcta -le mot justé- lo identifica.
El doce de diciembre de 1821 nació en la ciudad de Ruan, Francia, Gustave Flaubert. Su padre, Achille Cléophas, era médico cirujano y su madre, Anne Justine Fleuriot, provenía de una familia de cierto linaje aristocrático. Vislumbramos aquí dos figuras que, consciente o inconscientemente, serán centrales en su obra.
A sus once años ingresó al colegio real de Ruan donde se graduó de bachiller. Durante esta etapa conoció a Elisa Schélinger; se la identifica como la musa de su novela “La educación sentimental” (1869). Se atribuye el descubrimiento de su pasión por la literatura a este período de su vida.
En 1840 se traslada a París para iniciar sus estudios en derecho. Es en la capital francesa donde conoce a Víctor Hugo cuya figura podría haber influenciado en su decisión de abandonar la carrera para dedicarse a la literatura*. Dícese que un ataque de epilepsia le sirvió de pretexto para lograr su cometido; transcurría el año 1844 cuando se muda a Croisset donde residirá hasta su muerte.
A partir de este momento se entregará por completo a lo que será una de las obras más influyentes de la literatura universal.
Podríamos imaginar que, signado por la muerte de su padre y su hermana durante el año 1846, su reclusión en la finca sería más solitaria. Sin embargo, es en este periodo cuando inicia una relación, tormentosa, con la poetisa Louise Colet. De este vínculo, que durará diez años aproximadamente, se extraerá un valioso material epistolar que permitirá conocer con mayor profundidad vida y obra del autor.
Entre 1849 y 1851 viaja por Italia, Grecia, Egipto, Jerusalén y Constantinopla. Para alguien que veía a todas las circunstancias de la vida como fuente de inspiración, estos viajes le brindarán abundante materia prima, como se aprecia en su novela Salambó (1862).
Seis años le llevo escribir su obra magna, Madame Bovary (1851-1957). Al presentarla le valió un juicio por atentar contra la moralidad del cual resultó absuelto.
En 1877 publicó Tres cuentos – Un corazón sencillo, La leyenda de San Julián el hospitalario y Herodías. –
Su obra Bouvard y Pécuchet quedó inconclusa debido a su deceso en el año 1880, a causa de una apoplejía.
*Fragmento de una carta de Flaubert a Víctor Hugo:
“… por lo demás, señor, ha sido usted en mi vida una obsesión encantadora, un amor prolongado, que no flaquea. Le he leído durante veladas siniestras y en verano, a pleno sol, junto al mar, tendido en suaves playas. Le he llevado a Palestina y hace diez años, cuando me moría de aburrimiento en el Barrio Latino, también era usted quien me servía de consuelo. Su poesía ha entrado a formar parte de mi constitución como lo ha hecho la leche de mi nodriza. Algunos de sus versos siguen anclados para siempre en mi memoria, tan importantes como una aventura…”
“Un corazón sencillo” de Gustave Flaubert
Hace un tiempo, ya lejano, en la dedicatoria de un libro encontré la siguiente frase:
“… entendiendo los clásicos vas a sacar algunas fichas. Lo más grande y en general lo más simple. Yo diría que los clásicos captan la esencia…”
En las novelas que se ganaron un lugar en la historia nos encontramos con obras que revelan lo esencial. Solo por nombrar algunos ejemplos, dentro de este basto universo, tenemos a Víctor Hugo que nos deleitó con Jean Valjean, a Alexandre Dumas con Edmond Dantés, a Lev Tolstói con Pierre Bezukhov y así tantos otros. Estas grandes novelas suelen perforar la superficie de los hechos y fomentar el placer del lector con esas inmersiones. Ahora bien, en contraste con la extensión de las obras citadas nos encontramos con el cuento que nos compete y, como en tantos otros que comparten género y virtud, cabe destacar la capacidad del autor para condensar, resumir y manifestar una idea portentosa en pocas líneas.
Esta característica, propia del género más la virtuosa forma de narrar merecen resaltarse. Veamos el comienzo de esta historia:
“Durante medio siglo, las vecinas acomodadas de Pont-l’Evêque envidiaron a la señora Aubain por su criada Felicidad.
Por cien francos al año, guisaba, limpiaba la casa, lavaba, cosía y planchaba, sabía ensillar un caballo, cebar las aves, batir la manteca, y permanecía fiel a su ama, a pesar de que ésta no era una persona agradable.”
Es cautivante apreciar cómo, de forma concreta y limpia, nos presenta dos personajes, sus rasgos y la virtud de uno en contraste con lo desagradable del otro, dentro del contexto y la circunstancia ―vínculo laboral― en los que destacan tanto los vecinos como el vecindario acomodado.
Notamos en el segundo párrafo que, listando una serie de tareas nos brinda una noción completa de la situación, con una instancia típica de injusticia social, que se daba en la época y que se sigue dando en la actualidad, exhibiendo y denostando el sometimiento al que nuestro personaje responde con su capacidad y fidelidad. Ya en la introducción estas pinceladas nos transportan de lleno al fondo de la historia.
Comenzamos vislumbrando y disfrutando el arte de la narración del autor y, dosificadamente, reconociendo las virtudes y recursos que Mario Vargas Llosa, dando cauce a su admiración, describiera en su ensayo “La orgía perpetua”.
El ensayo es una de las gratificaciones que impacta cuando se aborda el estudio de Flaubert, un análisis de lujo sobre la obra que causara fuerte influencia sobre el escritor peruano. Podremos encontrar, claro está, rasgos de nuestro autor en la obra de Vargas Llosa. Sus métodos y estilo, su constancia y realismo lo enamoraron tanto de Flaubert como de Emma, con quien él mismo manifiesta tener una relación pasional.
Cuando Vargas Llosa se refiere al tiempo inmóvil y la eternidad plástica nos indica: “… El plano temporal de la descripción de las cosas, el del mundo exterior, el que le da a la novela su espesor físico, esa materialidad con que inevitablemente apreciamos el nombre de Flaubert.”
Este aspecto se aprecia en “Un corazón sencillo”, basta detenernos en las primeras páginas:
“Esta casa, con techo de pizarra, hallábase entre un pasaje y una callejuela que iban a desembocar en el río. Tenía por dentro diferencias de nivel, expuestas a tropiezos. Un vestíbulo estrecho separaba de la cocina la sala donde la señora Aubain se pasaba todo el santo día sentada a la ventana en un sillón de mimbre. Contra el zócalo, pintado de blanco, se alineaban ocho sillas de caoba. El viejo piano soportaba, bajo un barómetro, un montón piramidal de cajas y cartones. Dos poltronas de tapicería flanqueaban la chimenea, de mármol amarillo, estilo Luis XV. El reloj, en medio, representaba un templo de Vesta; y todo el cuarto trascendía algo de moho, porque el solado estaba más abajo que el jardín.”
Flaubert, en aproximadamente cuarenta páginas, nos relata la vida de Felicitas, desde su nacimiento hasta su muerte. Una vida difícil, marcada por la desdicha, sobre todo desde su infancia con la muerte de sus padres, por la explotación de un labrador que la expone a cuidar vacas en harapos, bebiendo agua de los charcos, a ser golpeada y despedida, luego, acusada de robo.
Su duro destino la lleva, sin embargo, a encontrar, en su laboriosa vida de trabajo doméstico, un refugio donde es feliz. A los sacrificios, al sufrimiento, Felicitas reacciona con la claridad de su abnegación y sus virtudes de un modo natural, aún instintivo. Realiza acabadamente su trabajo, es austera, fiel y dedicada. No cae en la desidia o el enojo frente a las tribulaciones que enfrenta. No se llena de vanidad frente a sus logros. Estamos frente a un ser excepcional y Flaubert lo hace patente en lo simple lo humilde, lo pequeño, en definitiva: en lo real.
Propone que la grandeza se encuentra en las acciones simples, bondadosas y constantes; Acaso nos abre a la comprensión del sentido de nuestra existencia
Poder transmitir en un cuento un mensaje profundo de un modo especialmente-preciso se presenta como el resultado de la experiencia de este escritor que vivió, observó y comprendió lo esencial de lo que casi todos conocemos.
Son pocos los autores capaces de describir y transmitir con diafanidad lo que en la mayoría son atisbos, intuiciones.
Fondo y forma se armonizan. un cuento corto, real, para una vida simple a fin de revelar a un corazón sencillo.
Si la síntesis es manifestación de inteligencia, tenemos aquí una prueba irrefutable que evidencia un uso explícito de la temporalidad, poniendo en nuestras manos una obra de una calidad superlativa. Nos encontramos con un consagrado autor del realismo, acaso el padre de la novela moderna, un escritor minucioso y concreto, por lo tanto, contundente.
El lector queda invitado a deleitarse con esta obra maestra de la literatura universal.

Autor:
Martin Eyherabide

