Publicado en: 17/10/2025 Carla Caterina Comentarios: 0

¿Cuál sería su destino? Anochecía. Anahí Rivera se balanceaba en la mecedora. Felisa, la gata, su fiel compañera, seguía los vaivenes ovillada en el regazo. Pensaba en Nahuel, su hijo y rememoraba a tientas, recientes conversaciones. Habían llegado a esas tierras del sur, cuando Nahuel era apenas un niño, estableciéndose al amparo de la belleza majestuosa de lagos y montañas. El turismo local había sido su pasión y su medio de vida. Y ahora Nahuel, que había emigrado hacía unos años, quería llevársela con él. “A una nueva vida” le había dicho con cautela. “Nueva vida”, Anahí Rivera repetía la frase. Debería haberse negado. Qué haría ella en un lugar donde ni siquiera conocía el idioma. “Nápoles, Italia”, había insistido Nahuel con entusiasmo. Nunca había cruzado el charco, ¿era éste el momento? Abandonar su cabaña, sus costumbres pueblerinas, empezar de nuevo. Un maullido sonoro rasgó su pensamiento. Anahí Rivera se incorporó de un salto y se miró en el espejo. Un escalofrío se dibujó sobre sus brazos desnudos, los ojos negros adquirieron un brillo inusual, el pelo lacio se erizó sobre sus hombros morenos.

A través del cristal, la noche era un tapiz de estrellas. Agregó unos troncos al hogar y la oscuridad se tiñó con múltiples destellos rojos, se echó una manta de lana sobre los hombros, preparó té de hierbas. Sintió el mordisqueo nervioso de Felisa en sus tobillos. No podía volver atrás. Qué sabía ella de italiano, de esas geografías lejanas, de un volcán que solo conocía por fotos. Felisa soltó un quejido y sus ojitos verdes, iluminaron como una ráfaga la silueta menuda de Anahí.

A la mañana siguiente, apenas el sol delineó el horizonte, Nahuel llegó a casa de su madre, presa de un entusiasmo que desbordaba en risas. Anahí preparó té mientras oía las palabras de su hijo. Los ojos negros ausentes, la boca entreabierta, el corazón casi en un puño. Eligió el silencio, teñido de vagos monosílabos, atendió las demandas de Felisa que ahora correteaba dando saltitos nerviosos.

Cuando el monólogo de Nahuel se fue diluyendo, Anahí, como si nada hubiese oído, encendió unas brasas para preparar pescado y verduras asadas, que disfrutaron con vino blanco orgánico, cobijados bajo los árboles y la caricia de un próximo verano. Felisa, a los pies de la mesa se deleitaba con restos del manjar. Durante la tarde, el cielo se cubrió de oscuros nubarrones, el lago azul viró a un gris opaco y los pájaros alborotados regresaban a sus nidos.

Esa noche, después de una larga caminata por la orilla del lago, Anahí se sentó a meditar, las palabras de su hijo repiqueteaban en su cabeza. Sobre la alfombra de totora, tejida a mano, Felisa parecía dormir, cuando un bufido áspero rompió el hilo de sus pensamientos. Anahí acarició el lomo de la gata y sintió el pelaje erizado bajo la yema de sus dedos. Los ojos ardientes proyectaron una luz verde intensa, iluminando la casa. Las puertas y ventanas se cerraron herméticamente. La gravedad cobró fuerza bajo los pies menudos de Anahí, cubiertos apenas por escarpines de lana. Las artesanías sobre la mesa se movieron como fichas de un juego antiguo y las débiles brasas del hogar revivieron iluminando la noche.

Un nuevo bufido severo rasgó el letargo. Anahí Rivera se levantó y caminó hacia la cocina. Una brisa con olor a tierra húmeda, se filtró por la ventana. Lloviznaba. Habría sido un sueño, no supo qué pensar. Tomó una taza moldeada por sus propias manos, vertió té de yuyos, dio apenas unos sorbos. Qué sensaciones raras la invadían en este tiempo. Se volvió sobre la biblioteca, tomó uno de sus libros y se fue perdiendo entre mitos y leyendas de los pueblos indígenas argentinos. La noche se fue apagando, un sol de finales de primavera agujeraba los últimos nubarrones, Felisa se tiró a sus pies queriendo comer.

Anahí Rivera despertó fresca y descansada. Se preguntó si una mala noche sería un mal presagio. Preparó tostadas de pan casero y café. La gata se deleitó con restos de pescado del día anterior.  Cómo iría a ser su vida en Italia, aprendería el idioma. Tal vez el mar fuera un deleite, el agua clara lavaría sus miedos. Qué sería de sus costumbres, de su cabaña, de los objetos que había diseñado con sus propias manos. Una pena cruel se anidaba en su pecho. Se puso un vestido liviano y alpargatas de yute y salió derecho por el camino que llevaba al bosque. Anduvo sin descanso hasta la ruka de Rosalía, una vieja india, curandera de todos los males del espíritu.

La vieja, el rostro labrado con gruesas arrugas, el cabello tieso domado por una vincha, la recibió en su casa. “Que la tristeza y los malos pensamientos se alejaran, que volviera la paz, que el tiempo se detuviera” rogó Anahí. “El tiempo no se detiene, nunca lo hará, hija mía”, repitió Rosalía. Posó las manos añosas sobre los hombros de Anahí y recorrió el contorno del cuerpo. Cantó en lenguas invocando la Madre Tierra, hizo rezos en su lengua nativa y pidió por la sanación del espíritu. Encendió una fogata en el centro de la ruka y finalmente, sobre la frente húmeda de Anahí, marcó en tinta de raíz una cruz indeleble, apenas perceptible. Sumida en una profunda calma, Anahí Rivera esperó largo rato que el fuego se consumiera y emprendió el regreso, acompañada por la caída del sol.

Tal como habían acordado, Nahuel llegó dos días después, acompañado de Lautaro Jesús. Lautaro Jesús, un hombre de espaldas anchas, cabellos revueltos y ojos color cielo. Estaba dedicado al estudio de culturas indígenas en el sur argentino, y su fin era acercarse a las comunidades para conocer costumbres e idiosincrasia de las mismas. La cabaña era ideal, por ubicación y belleza, para establecer su nueva casa. Anahí Rivera abrió la puerta, los ojos cielo de Lautaro Jesús se prendaron de esa rara belleza.

Después de un cordial saludo, los tres se acomodaron en los sillones.  Nahuel, presa de entusiasmo, explicó algunos detalles y Lautaro, con la voz pausada comenzó a describir su actividad, hasta detener la mirada en la frente de Anahí. Ahora, la cruz roja refulgía con intensidad. Los ojos negros de Anahí, interceptaron la mirada celeste y hubo un destello. “Brujerías de mi madre” se rio Nahuel con desenfado, al notar la extraña conexión. Felisa largó un bufido sonoro, dio un salto y sobre el brazo desnudo de Nahuel se delinearon gruesas líneas de sangre. De sus ojos, se desprendían rayos verdes, como pequeñas lanzas. “Está poseída” alcanzó a balbucear Nahuel. La puerta y las ventanas se cerraron herméticamente. Una poderosa fuerza de gravedad, como si viniera del fondo de la Madre Tierra se despertó, dejándolos inmóviles, enmudeciéndolos. Anahí se paró y comenzó a danzar, al compás de los cánticos que fluían de su garganta. Con franca calma, sus pies desnudos se elevaron del suelo, la mirada prendida en los ojos de Lautaro Jesús, las manos contorneando el cuerpo.

“Brujerías de mi madre”, la Madre Tierra, evocó Anahí. Con tinta de raíz pintó una cruz roja en la frente de Nahuel y Lautaro. Todo fue oscuridad y quietud, hasta que Felisa emitió un maullido continuado y los cuerpos intentaron leves movimientos. Las cruces refulgieron, hasta volverse imperceptibles. Ahora Anahí no hablaba, su rostro se reflejaba en los ojos cielo de Lautaro, hasta acuñarse en sus gruesos brazos, y con un beso prolongado sellaron el milagro de aquel comienzo.

Nahuel regresó a Nápoles llevando en su brazo la marca de Felisa y la cruz de su madre en la frente. Anahí Rivera se balancea en su mecedora. Ha perdido el habla y su melódica voz, solo vibra con cánticos indígenas, en las ceremonias por la Madre Tierra. Lautaro Jesús, al amparo de la sombra longilínea que proyecta un ciprés, estudia mitos y leyendas del chamanismo local. Felisa descansa en algún lugar perdido del bosque.

 

 

Autora:
Carla Caterina

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