“En el silencio del puerto, el gitano Sandor Montoya aguardaba con el corazón munido de esperanzas y al ver que su deseada no bajaba del barco, su alma se apagó de amor y esta vez fue para siempre. Sus restos serán depositados en el Cementerio del Cóndor, como fue su voluntad manifiesta al menos desde los últimos años”.
Así rezaba la sección de noticias necrológicas del matutino, en el insular pueblo Los Horcones, aquella mustia mañana de invierno de 1949 en que, a pesar de la tragedia del día anterior, la actividad portuaria era la habitual porque el amor cuando se cobra una vida no deja manchas, no deja dudas, no deja espacios inconclusos, como así tampoco deja tiempo para la explicación. Era una muerte limpia, que juega con su impunidad absoluta para entrar y salir.
―Django acordate que voy a salir un rato antes porque me tengo que preparar, hoy viene, viene Soraya, Sorayita ―repetía el hombre llevándose una mano al pecho
―Qué bueno amigo, al fin llegó el día. ¿no se ven desde aquel viaje tuyo?
―Claro, hace dos años ya, fue ese verano en que viajé a visitar a mis abuelos y desde ese entonces nos mantuvimos en contacto a través de cartas.
―Linda historia Sandor pero las distancias no son aliadas del amor, sino más bien enemigas, te diría. Pero si la cosa va en serio, los bueyes pueden empujar del carro por más peso que lleven. Dale tranquilo nomás, contá conmigo.
Sandor se retiró envuelto en un halo de exaltación, pasó por el mercado a buscar algunas cosas que le hacían falta y se fue a su casa. Se higienizó con la obsesión habitual para luego vestirse con lo mejor que tenía, no sin antes probarse frente al espejo casi todo su ropero, lustró los zapatos que lucía con el disimulo necesario para ocultar que ya no eran de su talla y con la garganta sistólicamente oprimida, salió en busca de su amada.
Con una flor del cantero de su casa en el ojal del saco, se subió a la Vespa y se dirigió hasta el puerto transformando el zigzagueo del camino en una línea perfectamente recta. Sus manos emanaban sudores antagónicos, una encrucijada entre querer llegar y querer partir o, quizás, querer huir. Sentía por momentos que el mundo le entraba en su boca y de la misma manera por su boca se escurría.
En el ingreso de la zona portuaria, donde la precariedad y la belleza se hilaban en un cordel más que digno, bajó de la moto enderezando la flor, se acomodó el jopo mirándose en el espejo, encendió un cigarrillo y se dirigió a la zona de arribo contando los pasos.
El barco proveniente de la ciudad capital, no de grandes dimensiones, era casi siempre el mismo y venía una vez a la semana: transportaba a los pobladores que por diversos motivos iban de una isla a otra o bien al continente, y entre ellos algún turista de alma inquieta que, en general, era bien recibido.
Como faltaban algunos minutos para el arribo y los rumores crecientes de alguna demora lo impacientaban, intentó matar el tiempo en el inapelable refugio para la paciencia que suelen dar lo bares. El humo de los fumadores adentro del bar era asfixiante por lo que buscó sentarse al lado de una ventana, y mientras tomaba un café observando el partido de backgammon de la mesa de al lado, elucubraba si en su casa se iba a sentir cómoda y máxime aún en la isla, dada la hostilidad de su invierno y los códigos de su vida social.
Minutos más tarde un estentóreo duelo de olas contra viento dio lugar a la aparición pusilánime del barco arrimándose a la costa. Para Sandor era como un amanecer en el crepúsculo, era revivir y volver el tiempo atrás. Era la vida que pasaba de golpe.
Se puso de pie, metió debajo de la taza un billete que cubría mucho más de la cuenta, algo que suele ser frecuente cuando la euforia gobierna, y se fue avecinando al muelle.
Los pasajeros comenzaron a descender no sin cierto desorden, salían autos de la bodega, los vendedores ambulantes se apiñaban, algunos rostros manifestaban el cansancio de un viaje cotidiano mientras que otros se iluminaban con reencuentros y despedidas y, de a poco, la masa se fue diluyendo junto con los últimos rayos de luz que la bruma anticipaba. El corazón de Sandor permanecía en silencio mientras se dirigía hacia las autoridades para consultar si era posible que Soraya Heredia se hubiese quedado dormida o algún inconveniente le hubiera impedido bajarse. Al verlo tan conmovido se prestaron a ayudarlo con gran amabilidad y volvieron a la cubierta para ver si entre las pocas personas que quedaban podía estar ella, pero no, no corrió con esa suerte el gitano.
El regreso apesadumbrado y el resabio amargo de la lucha perdida, eran el anuncio de que esa noche lo esperaban hambrientos los fantasmas de la soledad y la angustia y que cada rincón de su casa le susurraría algún inasible recuerdo de lo que hubiera podido ser.
Leyó y releyó mil veces su última carta donde le confirmaba que iría a visitarlo y su última llamada de algunos días atrás diciéndole que en breve se verían, lo confundía aun más. Sudaba frío, caminaba trémulo, soñaba despierto y lloraba profundo. Se acostó mirando el techo con la noche ya a mitad de camino y los párpados enemistados le impedían conciliar el sueño.
Sandor conducía un programa de radio local matutino, un espacio que convocaba a los jóvenes de la isla, con su hilo conductor en la rebeldía política, enarbolado en el arte y la cultura.
Esa mañana su voz fue reemplazada por la de Django, quien supuso que Sandor estaba en otro plano, producto de la pasión. Al finalizar el programa cerca del mediodía, pasó por su casa que le quedaba de camino a la suya y vio la moto echada en el suelo y la puerta entreabierta. Esperó unos minutos y, golpeando suavemente con los nudillos, se animó a ingresar. A medida que avanzaba lo iba llamando por su nombre, cada vez más fuerte, para evitar un encuentro incómodo.
Al llegar al dormitorio halló a Sandor tendido en su lecho, profundamente dormido, con un frasco de pastillas en la mesa de luz, y sin nadie que lo acompañase.
Después de varios intentos de despertarlo, logró que éste reaccionara y de a poco se fue incorporando a su cuerpo, estaba pálido, ojeroso y balbuceaba Soraya, Soraya, Soraya… ay que dolor… Django en seguida pensó que su amada había muerto pero cuando se terminó de recuperar y le pudo explicar lo sucedido, sin necesidad de escudriñar demasiado, entendió que el corazón de Sandor estaba sangrando.
En aquella época no era fácil el acceso a los teléfonos, casi nadie tenía uno en su domicilio y las pocas veces que se pudieron comunicar fue siguiendo indicaciones concertadas por carta, dejando el éxito librado a la suerte. Eso hizo que Sandor no pudiera saber con anticipación el motivo por el que Soraya nunca fue. El tiempo antes duraba más.
Sandor dejó transcurrir los días hasta que pudo escribirle una carta animándose a preguntarle si ya no lo quería, ese temor, esa duda era peor que saber si Soraya tenía alguna enfermedad grave o si ya no estaba en este plano, a sabiendas que la respuesta llegaría en el mejor de los casos, un mes más tarde.
A medida que lograba amainar su caos interior, todo su ser iba reverdeciendo y por sobre todas las cosas su voz, que era en cierta manera la voz de la isla, la voz de la juventud que soñaba con un mundo más justo.
Vivía con muy poco siguiendo su marcado desapego material, era un gitano distinto. Por las tardes se ganaba la vida como muralista, pero solo pintaba cosas que le dieran vida al pueblo, que lo hicieran florecer, que le permitieran volar, que para aridez ya estaba su naturaleza, siempre decía.
Soraya lo llamaba al teléfono de una posada atendida por Américo Panza, su dueño. Era uno de los pocos teléfonos del lugar y Américo autorizaba a Sandor a darlo pero con discreción. Ella podía hacerlo desde la central ubicada en una oficina en la que trabajaba su hermana, nada era fácil. De todas maneras, él se dirigió hasta lo de Américo para contarle lo que había sucedido y éste con la palabra suave de quien ya emprendió el camino de vuelta, le transmitió calma asegurándole que fuera la hora que sea, si ella llamaba, le avisaría.
Américo vivía junto con sus tres perros en la posada, rondaba los setenta años y la vida de Sandor era uno de los motivos que había encontrado para levantarse a la mañana, no tenía muchas preocupaciones y en invierno la actividad turística estaba diezmada. Los días seguían su curso y la angustia en Sandor se acrecentaba, pero cierta resiliencia espiritual, le permitía seguir adelante.
Una feroz tormenta amenazaba en el horizonte: hacia finales del invierno, principios de la primavera, suelen irrumpir inusuales caídas de agua que purgan el polvo estéril de la región. El mar andaba molesto. Sandor apresuró su ritmo porque estaba a varios kilómetros de su casa y la desacostumbrada posibilidad de la lluvia hacíoa que el pánico cundiera más de lo habitual.
Al llegar a su casa encontró bajo la puerta una carta de Soraya. Por el tiempo transcurrido no parecía ser en respuesta a la suya, sino escrita para poder disculparse dignamente.
Querido Sandor, mí amado Sandy…
Luego de varios días de haberme escondido en mi cuerpo, hoy puedo asomarme y sin mirarte a los ojos, pedirte disculpas. No actué como una persona de bien, ni me pude poner a la altura de las circunstancias, al menos de lo que vos merecías. Pasaron dos años sin vernos y te sigo amando como la primera vez, sigo soñando con vivir a tu lado y en tu isla, la que tanto amas y que tanto me dijiste que me gustaría. No quiero lastimarte ni seguir ocultando las cosas: mi cuerpo está cambiando y ahora somos dos corazones latiendo los que escriben esta carta. Ni vos ni yo tenemos dueño ni ganas de sufrir. Sigo con la idea de irme de acá y encontrar la paz, posiblemente sea al lado tuyo, o tal vez no… No estoy segura de lo que realmente quiero
Un barco zarpa desde acá la primer semana de marzo, y arribaría a la isla el día 15. No me llames ni me escribas, yo tampoco lo haré, si decido estar contigo nos encontraremos ese día y si no, te suelto la mano para que podamos andar el camino que cada uno elija.
El tiempo dirá si nos vemos pronto o nunca más. Te amo como nunca a nadie pude amar.
Tu Soraya
Sandor leyó no menos de veinte veces la carta, la dobló, le dio un beso, la metió en el sobre con mucho cuidado como si su suavidad pudiera influir en la decisión de Soraya y se acostó. Apoyó el sobre en su pecho y empezó a contar los días que faltaban para el 15 de marzo. Parecían una eternidad.
A la mañana siguiente la voz del pueblo, apabullada por un tono aciago dijo que muy probablemente se ausentaría por un tiempo, que necesitaba un pequeño retiro para recobrar fuerzas y renovar el oxígeno de su alma. Terminó el programa junto a Django, y pidió que no lo extrañaran, que si bien no se escucharía su voz, iba a seguir en el programa como oyente y colaborador. Para Django fue un naufragio en la soledad, habían sido doce años trabajando juntos, pero eran amigos y lo comprendía con un sentimiento sincero.
Los días fueron transcurriendo y Sandor se dedicó a terminar un mural que tenía encargado y que le llevaba mucho tiempo. El silencio y la concentración de esta actividad, le permitían descansar su cabeza y abrir una luz de esperanza.
Eran emociones que viajaban por carriles encontrados. Comía muy poco, tomaba como siempre té verde con limón y hacía yoga por la mañana, a esa rutina no la alteraba nunca y le dedicaba un rato a las flores que le otorgaban contraste a su casa diáfanamente blanca, como la mayoría de las casas del lugar.
Sus hábitos y el anclaje del trabajo hicieron que la vida transcurriese de forma ingrávida y a merced del destino. Pero, notoriamente, al acercarse la fecha se vio cautivado por una suerte de remanso y un aire optimista lo convenció de que Soraya vendría finalmente a su encuentro.
A esa última semana la vivió intensamente, volvió a acomodar su casa, repasó con pintura azul las aberturas exteriores, cambió algunas cortinas deterioradas por el paso del tiempo y la bruma permanente, y limpió hasta el último rincón convenciéndose de que ahora sí estaba como para recibirla. Haría todo lo que estuviera a su alcance para que no lo olvidara, ese era su mayor temor.
Y llegó el día que Sandor no quería que llegase porque, ante cualquier inconveniente, nada le quitaba el privilegio de soñar. Era asunto de todos los días que por las tardes se apiñaran vendedores ambulantes en las inmediaciones del puerto, ese momento en que todo el pueblo esperaba para aprovechar alguna migaja del derrame. Esta vez bajó cauteloso con su moto, no quería contratiempo alguno que lo demorara más de la cuenta. Estacionó en el lugar de siempre y se perfiló hacía la zona de arribo. Había llegado con tiempo de sobra como para tomar algo y se pidió una caña caliente y después otra con hielo y al advertir que la embarcación como casi siempre sucedía, venía con retraso, pidió una más y no estaba acostumbrado a tomar.
Luego de un rato, al ver que los vendedores se abalanzaban hacia el muelle supuso que el barco estaba en tiempo de descuento, se puso de pie con cierta dificultad y fue arrimándose a la zona.
La gente comenzó a bajar, había más personas de lo habitual y sin poder mirar con calma se dio cuenta de que Soraya no estaba entre los ocupantes y ya no había más nada para hacer. Sintió que le faltaba el aire, que se le cerraba la garganta, que un silencio ensordecedor lo paralizaba y veía como si todo a su alrededor se estuviera moviendo con exagerada lentitud. Buscó el banco más cercano, se desplomó en sí mismo y con los ojos abiertos eligió seguir soñando como hubiese sido la vida si Soraya bajaba del barco. Después alguien le cerró los ojos.

Autor:
Martín Francés
