Publicado en: 17/10/2025 Sofía Masnatta Comentarios: 0

…” Tienes miedo añejado al cuerpo, quizás estés muerta” …

“Cuadernos” Obra inédita de Juan Andrés Negro. 1923/2002

 

Todos en la familia se preguntaban qué había pasado con Ángela. De niña vivaz, parlanchina y juguetona, había mutado sin escalas a un estado de absurda melancolía. La melancolía la había tomado por completo al punto de pasar horas en el patio de su casa contemplando las caprichosas formas de las nubes o el suave ondular de las copas de los árboles al compás del viento. Algunos comentaban que dicho mal había aquejado a integrantes de esa familia en otras generaciones y que, si bien el mote de locura no se había usado en esos casos, bien podía ser ésta la excepción. Su comportamiento extraño había comenzado de la noche a la mañana. No hubo médico o curandero al que no se hubiera consultado y que no llegara a la misma conclusión: Ángela estaba físicamente sana y sólo había que tener paciencia y esperar. Muchos niños y sobre todo niñas sufrían un desequilibrio emocional al llegar a la pubertad que luego se superaba.

Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, la alarma era mayor. La pequeña había perdido casi totalmente el habla. Su boca sólo emitía monosílabos apenas audibles, precedidos siempre por largos y profundos suspiros. Su mirada rara vez se posaba sobre seres vivos y sus ojos, siempre vidriosos, parecían a punto de estallar en una catarata de lágrimas, algo que nunca sucedía. Los maestros aconsejaron que no fuera enviada a la escuela ya que no se interesaba en nada y además era blanco fácil de burlas, disparos de tizas, gomitas y otros artefactos escolares que no lograban perturbar su desconexión del mundo. Con el fin de animarla su madre le encomendaba tareas mínimas como darle de comer a las palomas y otros pájaros que todos los días acudían al jardín. Pero las más de las veces permanecía en cuclillas, con el cuenco entre las manos, mirando el alpiste con el ceño fruncido sin arrojarlo. En una oportunidad se escuchó un gran estruendo después del cual Ángela entró corriendo a la casa, se acurrucó en la cama y permaneció con la cabeza tapada hasta el día siguiente. Había presenciado una pelea entre una calandria y una paloma torcaz que dejó a la paloma gravemente herida. Al parecer esta escena la sacó de su habitual recogimiento y en un acto impulsivo, arrojó el cuenco con la sabia, aunque inconsciente intención de interrumpir el violento ataque.

Entre las posibles causas de su melancolía algunos especularon que la muerte de los abuelos, acontecidas dos años atrás y con un año de diferencia entre ambos podría haber impactado en la niña sobre todo porque, como era costumbre, los habían velado en su casa. Todos recordaban que en ambas ocasiones ella, a diferencia de sus primos también de corta edad, se había quedado junto al féretro casi sin moverse, esperando con una sonrisa las condolencias de vecinos y familiares. Una amiga de su nona, muy viejita, supo contar que Ángela le preguntó por qué estaba tan triste y al recibir por respuesta “era mi mejor amiga y ahora me he quedado sola”, la pequeña dijo “no esté triste Doña Pepina porque ella no se murió”. Lo había dicho con tanta entereza y seguridad que la anciana, al besar a la finada creyó sentir en los labios la tibieza de su piel. Cuando los párpados de su amiga se abrieron y cerraron como alas de mariposa y una mueca plácida vivificó su rostro, Doña Pepina muy conmocionada se despidió de los presentes con la celeridad que podía posibilitarle su añosa osamenta. Temiendo ser tildada de loca senil, nunca contó lo que había visto y sentido, pero, comenzó a frecuentar la Iglesia, para sorpresa de todos que la conocían por su irredento ateísmo.

Fuera de la aseveración de que su abuela no había muerto, que bien podía considerarse como la negación infantil ante el destino inevitable de los seres vivos, la pequeña no había manifestado ningún cambio que pudiera alarmar a los adultos. Aún sus periódicas visitas al cementerio del pueblo merecieron por parte de familiares y vecinos el displicente comentario “es cosa de chicos”.

Sin embargo, tiempo después y durante el resto de sus días, la mamá de Ángela no dejaría de culparse por haber recitado en presencia de la niña los célebres versos de Bécquer que culminan con ¡Dios mío! ¡Qué solos se quedan los muertos! Es que antes de su profunda aflicción, todos los sábados Ángela pasaba a buscar en bicicleta a su prima Leticia para ir a “visitar a los nonos”. Las primas -que entonces tenían 10 años- y se habían criado juntas, recorrían felices los casi 5 km que separaban el territorio entre vivos y muertos.

La aventura empezaba cuando las campanas del reloj de la Iglesia tañían una sola vez. Comenzaba la sacrosanta siesta, ese tiempo suspendido para los adultos que sólo exigían no ser molestados. En esa época no se ponía llave a las puertas y si por descuido la principal la tenía, siempre había alguna otra o ventana por donde salir. Entonces, una miríada de chicos silvestres brotaba por doquier como flores de hierbabuena. Algunos, munidos de cañas de pescar y otros de gomeras, se ejercitaban en los oficios más antiguos de la especie humana. También estaban los que sin asco ni temor atrapaban ranas y sapos en las cunetas. Los mejor dotados físicamente trepaban árboles y tapiales con destreza de primates. Al parecer, no había peligros reales ni imaginarios y cada cual por unas horas daba rienda suelta a sus instintos.

Estas niñas no eran la excepción y si bien preferían el columpio y la calesita, desde que Ángela pensó en la parca, traspasar los límites del pueblo se había convertido en una cita inaplazable a la que arrastraba a Leticia. Una tarde de primavera su prima no pudo acompañarla. Ángela decidió ir igual, pero eligió el camino de tierra, porque era más corto y sólo transitado por las camionetas de los chacareros. El terreno estaba bastante liso y la pequeña avanzó sin dificultad durante la mitad del trayecto, pero de golpe comenzaron las huellas. Sinuosas, profundas, intimidantes. Se habían formado durante la temporada de lluvias y ahora persistían resecas como minúsculos cañones esculpidos por el caucho. La pequeña tuvo que hacer un gran esfuerzo de concentración para que su bicicleta no chocara contra las paredes de esas tortuosas depresiones. Lo logró durante unos metros, girando el manubrio bruscamente para retomar la huella, pero al cabo cedió la fuerza con la que sus escuálidos brazos mantenían la dirección y chocó contra un borde. La rueda se dobló y Ángela perdió el equilibrio cayendo hacia un costado. El golpe fue leve dada la escasa velocidad que llevaba, no obstante, permaneció varios minutos en el suelo ajena al ardor de las raspaduras y al picor del sol, quizás presa del hondo pesar que generan las primeras frustraciones. Al levantarse comprobó que la rueda delantera estaba torcida; por unos instantes pensó en regresar a su casa, pero como estaba a mitad de camino decidió continuar a pie. En eso estaba cuando desde un camino lateral apareció el inconfundible rastrojero de don Aldo. Don Aldo era un hombre de unos 50 años, que había frecuentado la casa de sus abuelos porque era amigo de uno de los tíos de Ángela. A la pequeña no le gustaba encontrarse con él porque tenía la costumbre de levantarla en vilo y besuquearla hasta hacerla gritar pidiéndole que no lo hiciera. En esas ocasiones, los mayores, testigos de esas profusas demostraciones de afecto, se reían de Ángela que cuando lograba liberarse corría hacia las polleras de su mamá. Su madre le restaba importancia con un “tené paciencia hija, no tuvo hijos y ama a los niños”.

El hombre frenó la chata y se ofreció para llevarla hasta el cementerio. Sonrió de una manera extraña y exageró: “se hará de noche si seguís con la bicicleta a cuestas”. Sin esperar respuesta le arrebató la bici y la colocó en la caja trasera del vehículo. “Vamos, subí que te llevo”. La nena dudó, pero su deseo de encontrarse con los abuelos fue mayor y a regañadientes aceptó. Cuando Ángela subió al vehículo comenzaban a repicar las campanas que darían las tres. Al sonar la última se desató un aguacero inconcebible sólo sobre el rastrojero. Don Aldo puso en marcha el motor y avanzó a paso de hombre durante el resto del trayecto aun cuando ya había dejado atrás el anfractuoso terreno y el cielo frente a ellos era límpido y luminoso.

Esa tarde Ángela no llegó al camposanto. Anochecía cuando finalmente don Aldo la depositó en su casa y los padres le agradecieron por haberla rescatado. No lograron que se bañara ni que cenara, sólo quería dormir. Durante la noche la pequeña tuvo un sueño que se repetiría idéntico hasta su muerte, acontecida décadas después: En una bicicleta alada Ángela surca el cielo y lleva como escolta una bandada de cardenales amarillos. Al llegar a la morada de sus amados abuelos comienza su ritual: cambia las flores marchitas, despliega un mantel y coloca sobre él galletitas y agua. Los convida con lo que ha traído y les cuenta sus cuitas.

Pero su voz infantil que otrora, en la vigilia, había retumbado en el recinto silencioso asegurando la escucha de los espíritus, ya no pudo salir más de su garganta.

FIN.

 

Autora:
Sofía Masnatta

 

  1. Serenade for Strings in E Major, op 22, 4 Larghetto.
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