El 29 de enero de 1860 nace en Taganrog, al sur de Rusia, Antón Chéjov
Su madre, Yevguéniya Yákovlevna, cuyo apellido de soltera era Morózova, era una gran cuenta cuentos. Entretenía a los hijos con historias de sus viajes junto a su padre, un comerciante de telas, por toda Rusia.
Su padre, Pável Yegórovich Chéjov, devoto cristiano ortodoxo, director del coro de la parroquia, impartía a sus seis hijos una férrea disciplina que adoptaba rasgos despóticos. Como consecuencia de su entrega al alcohol y el quiebre de su negocio en 1875 se vio forzado a huir a Moscú para evitar la cárcel.
A raíz de esta situación y las estrecheces económicas a las que se vio sometida su familia, Antón asumió la responsabilidad de mantenerla mientras estudiaba medicina en la Universidad de Moscú.
Al principio escribía simplemente por razones económicas. Comenzó publicando viñetas humorísticas sobre la vida cotidiana rusa utilizando distintos seudónimos. Su país y su gente le proporcionaban el material que lo llevó a ser considerado un excelente cronista de la vida rusa. Era un artista de lo mundano, escribía sobre personas que no tenían voz en la literatura sin romantizarlas. Él mismo ha manifestado su deseo de mostrar seres humanos que aman, lloran, piensan y ríen. En sus escritos demostraba su amplio rango emocional al reflejar honestamente la crudeza de la vida, de la realidad que lo circundaba.
Si bien adoptaba en sus relatos una postura neutral en cuanto a la moral, la política y la religión, se vislumbra en ellos una crítica social de la clase alta, dando cuenta de que solo las personas poderosas son libres para controlar el destino de quienes dependen de ellos para sobrevivir. Así invitaba a los lectores a reflexionar sobre la sociedad en la que vivían.
Caracteriza su estilo el ceñirse solo a lo que es relevante para la historia, reparando en la importancia de lo no dicho, los silencios, las pausas en la comunicación humana.
En 1884 se graduó de médico y desde ese momento realizó las dos actividades en paralelo. Al respecto dijo en una carta a uno de sus editores: «La medicina es mi esposa legal; la literatura, solo mi amante».
Su producción artística fue creciendo hasta revolucionar la literatura rusa y la narración en general. En 1886 comenzó a firmar las obras con su nombre. Introdujo innovaciones que influyeron poderosamente en la evolución del relato corto. Hizo contribuciones estilísticas y formales al género que contribuyeron al desarrollo del cuento moderno, y que lo llevan a ser considerado un maestro del relato corto en la historia de la literatura.
También sus obras teatrales alcanzaron la misma calidad y reconocimiento que sus relatos. En ellas los acontecimientos dramáticos importantes solían tener lugar fuera de la escena y lo que se omitía en lo dicho muchas veces era más importante que lo que decían y expresaban realmente los personajes. En varias ocasiones sus guiones han sido interpretados por el Teatro del Arte de Moscú, bajo la dirección del innovador director teatral Konstantín Stanislavski. Durante los ensayos de una de sus obras conoció a una actriz de la compañía, Olga Knipper, que fue su esposa a partir de 1901.
Ha sido encuadrado en la corriente más psicológica del realismo y el naturalismo. Amante de la libertad y de la independencia, rechazaba la finalidad moral presente en la estructura de obras tradicionales. Ha puesto énfasis en retratar la condición humana con la mayor fidelidad posible.
En 1890 realizó un viaje a las prisiones de la isla de Sajalín, la más oriental del imperio ruso, en el que documentó los efectos de ese régimen despótico y despiadado impuesto a miles de condenados. Aquel interminable “viaje al infierno” como él mismo lo denominó, perjudicó considerablemente su salud. La intensidad de lo vivido allí se vio reflejada en el trabajo que le costó la escritura del libro en el que dio cuenta de esa experiencia, el que logró publicar casi cinco años después.
Amaba la naturaleza y cuidaba sus plantas con devoción. Manifestaba que la alegría es temporal y es a su vez el verdadero propósito de la existencia humana.
Antón Chejov nos demostró que el poder de la narrativa no reside en grandes giros o en lecciones moralizantes sino en capturar la esencia de la vida cotidiana.
El 15 de julio de 1904, a los 44 años, falleció en Badenweiler (Imperio alemán) a causa de la tuberculosis que contrajo de sus pacientes, enfermedad que padeció durante gran parte de su vida.
Agafia
(1886)
En este cuento Antón Chéjov, con un narrador testigo que habla en primera persona, nos invita a adentrarnos en una de las conflictivas humanas, cuando el deseo y la libertad entran en tensión con las costumbres y los valores sostenidos por algunas poblaciones, los que por lo general distan bastante del bienestar de hombres y mujeres que las componen.
Esta historia se desarrolla en un pasado reciente y con la naturaleza como telón de fondo.
El narrador, del que no se conoce su nombre, solía acercarse a visitar los huertos de Dubovo para pescar, pero fundamentalmente atraído por la sosegada vida en la naturaleza, la contemplación de la noche estival y las conversaciones con su cuidador, Savka.
Savka era un joven saludable que, a pesar de sus fuertes condiciones físicas no tenía inclinación por el trabajo ni le encontraba utilidad, y vivía peor que un pordiosero. A raíz de su atraso en el pago de impuestos le ofrecieron una ocupación reservada a los viejos: guardián y espantapájaros de los huertos comunales.
En una oportunidad Savka, atrapado por el entusiasmo que sentía en la charla que sostenían con el narrador, lamentó tener que interrumpirla por haber acordado un encuentro con una mujer.
Savka llevaba una vida reposada y a menudo lo visitaban mujeres de la aldea. En esa ocasión sería una nueva, Agafia, “la del guardagujas”, quien iría a visitarlo.
Además de su atractivo físico, parte de la fascinación que provocaba se debía a su papel de fracasado reconocido, desdichado y relegado a los huertos. Que despertaba -según él mismo decía- piedad en ellas, por lo que le ofrendaban alimentos y vestimenta en sus visitas.
Al llegar la mujer al lugar, Savka fue dilatando la concreción del objetivo del encuentro ocupándose de nimiedades. Se internó en el bosque persiguiendo a un pájaro, tardaba demasiado en volver y Agafia se impacientaba cada vez más, el tiempo se le agotaba y debía retornar a la aldea.
El narrador conocía a Agafia. Sabía que el esposo regresaría de su trabajo en el ferrocarril en el próximo tren.
Se oyó el silbido del tren y Savka aún no estaba allí. Al volver le propuso a la joven continuar bebiendo y de esta manera ella postergó el regreso a su casa.
A pesar de su bondad y sencillez Savka despreciaba a las mujeres. Las trataba con desdén y altanería, riéndose desconsideradamente de la debilidad que sentían por él. Así lo hizo con Agafia, que había quedado suspendida en el tiempo del deseo y, con la ayuda del alcohol y una mezcla de determinación irracional, impotencia y dolor, desestimó la importancia de ser descubierta. “Trataba de compensar con unas horas de felicidad el martirio que le esperaba al día siguiente”, dice el narrador.
El marido había gritado su nombre desde la aldea buscándola. Y recién cuando el sol acababa de salir ella estaba retornando.
Ahí va, dijo Savka, “la gata que roba sabe lo que le espera”. “Estas mujeres son traviesas como gatas y cobardes como liebres”.
Agafia partió a encontrarse con su marido que la esperaba de pie mirándola fijamente. Sus piernas apenas la sostenían y por momentos se quedaba paralizada por el temor. Se sentó y luego se incorporó juntando todas sus fuerzas dirigiéndose finalmente hacia él con paso firme.
Las referencias a los elementos y fenómenos naturales acompañan todo el transcurso del relato. El día, la noche estival, la puesta de sol, las estrellas, la suave humedad de las plantas, el bosque, la hierba empapada de rocío, el río, el gorjeo de las aves, el chirrido de insectos, el chillido de animales. La constante descripción del narrador de imágenes y sonidos invita al lector a quedar inmerso en esa escena.
Este cuento refleja una de las características sobresalientes de la escritura de Chéjov, el servirse del material que su país y su gente le proporcionaban para elaborar sus historias. Seres humanos que aman, lloran, sufren, desean. Agafia y Savka eran dos jóvenes aldeanos a los que los encuentra la pasión de ella y la necesidad de él.
Con la descripción de las miradas el autor nos dice lo que no está dicho en el texto. La del narrador venía a representar esa mirada que podía sancionarla a Agafia por lo que estaba haciendo, lo que la lleva a ella a rogarle que no lo cuente. La de ella hacia él, mostrando su incomodidad. La mirada del marido hacia ella, “Era como si se retorciera bajo la mirada del marido” dice el narrador.
La utilización de diálogos dinamiza la historia y la matiza con giros humorísticos. Esto se vislumbra mucho más en relación al personaje de Savka, en su tendencia a dejarse llevar pasivamente por las circunstancias y a moverse con premura en tareas vanas.
Las intervenciones del narrador, ya sea con comentarios o preguntas, tensan las situaciones poniendo a prueba a los demás personajes. Y ellos se ven obligados a dar cuenta de los motivos de sus decisiones. El autor nos mete en la cabeza de los protagonistas, los acompañamos en sus pensamientos, en sus sentimientos, dudas, frustraciones.
La predilección de Chéjov por la naturaleza y el entorno de las personas también se muestra en los paralelismos que utiliza, comparando el comportamiento de los humanos y la conformación de los objetos con los animales. “Savka era más pobre que una rata”, las casas de la aldea “se acurrucaban unas contra otras, como jóvenes perdices asustadas”, “esas mujeres son traviesas como gatas y cobardes como liebres”.
Recurre habitualmente al recurso de las personificaciones o prosopopeyas, atribuyendo acciones de un objeto o ser animado a fenómenos que no lo son. De este modo recrea en el lector las sensaciones que produce el ambiente: “se apagaba el crepúsculo”, “la naturaleza con su caricia deleitosa”, “la trabajosa respiración de la locomotora”, “Las aguas dormían”, “la viva claridad de la mañana”, “los sauces, apenas despiertos”.
Con afinadas comparaciones en la voz del narrador el autor da expresión a lo contundente, “…alto, atractivo, lleno de salud, duro como el pedernal”, “No movía un pelo, tieso como un poste”. A lo sutil, “…haciendo que toda la cabaña se estremeciera como una hoja”. A la belleza, “Una flor grande y suave, de alto tallo, me acarició con delicadeza la mejilla, como un niño que quiere comunicar que no duerme”.
Lo femenino es mostrado con todas sus aristas. El personaje de Agafia evidencia con sus actos el sufrimiento, la lucha, los deseos, la vacilación, la impotencia, la necesidad de libertad que se aloja en esas mujeres cautivas de los mandatos y prejuicios impuestos por toda una comunidad y fundamentalmente por los hombres.
Donde se acata sin cuestionamientos la idea del lugar de la mujer como propiedad de un hombre, “la del guardagujas”, esta joven mujer afronta el devenir que le depara dar espacio a su deseo, aun teniendo que someterse al despotismo de su marido y a las burlas de Savka.
En la historia de este triángulo amoroso, tema de frecuente aparición en la obra de Chéjov, se puede entrever la tensión que se produce entre diferentes factores que atraviesan a los protagonistas: la monotonía de la vida en la aldea, la crudeza de los trabajos en el campo, la pobreza, las necesidades, la infelicidad, el lugar de la mujer. Y principalmente el sostenimiento del deseo desafiando lo pautado y las consecuencias que se enfrentan en esos casos. Tanto Agafia como Savka, con sus comportamientos, se corren de los lugares que les fueron asignados por su comunidad. Aunque, en el caso de Savka, él recibe una consideración en relación a su postura, mediante el ofrecimiento de una ocupación acorde a su modo de ser. En cambio, en el caso de Agafia, y de todas las mujeres de la aldea, ésta improcedencia, el respeto de su deseo y la infidelidad -que no se nombra, pero deja clavadas las astillas de sus resabios- es penada fuertemente. Aún Savka, desde un lugar marginal respecto a los otros aldeanos, conociendo a las mujeres que llegan a él y teniendo participación en la concreción de los hechos, sanciona como uno más el proceder de Agafia diciendo “La gata que roba sabe lo que le espera”.
El relato de la escena final y la intranquilidad que transmite el narrador al contarla dan indicios de lo que es muy posible que ocurra. La descripción del rostro crispado de Savka “…pálido, crujiente por esa mezcla de piedad y repugnancia que sienten ciertas personas cuando ven sufrir a los animales”. Los movimientos temerosos de Agafia, “Era como si se retorciera bajo la mirada” atónita de su marido. Lo no dicho efectivamente está plasmado en esas imágenes de manera implícita, y así el autor insinúa lo que sucederá.
Autora:
Graciela Roselli
