“Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie.”
Sin duda, una frase que sigue tan viva como cuando Giuseppe Tomasi di Lampedusa, plasmó la idea en la única novela escribiera, “El Gatopardo”, y de la cual no llegaría a disfrutar, convirtiéndose en una obra maestra de la letra italiana y una de las voces más destacadas de la literatura universal del Siglo XX.
Giuseppe Tomasi di Lampedusa, escritor italiano nacido en Palermo, Sicilia en 1896, miembro de una familia de una antiquísima estirpe aristocrática. Príncipe de Lampedusa y duque de Palma di Montechiaro, hijo del príncipe Giulio Maria Tomasi di Lampedusa y la princesa Beatrice Mastrogiovanni Tasca di Cutò, se convirtió en hijo único a corta edad, a causa de la muerte prematura de su hermana Stefanía. Muy ligado a su madre, mujer de fuerte personalidad, quién ejerció una gran influencia en su vida. Su niñez transcurrió entre los muros de los palacios paternos de Sicilia, en cuyas estancias aprendió a estar en soledad, sirviéndose de la compañía de los libros, y convirtiéndose en un lector insaciable y obsesivo.
Desde niño se dedicó al estudio diversas lenguas y literaturas europeas, hasta el estallido de la primera guerra, cuando fue llamado para participar en la contienda. Hecho prisionero por los austríacos, fue enviado a un campo de concentración húngaro, del que logró escapar y realizar una marcha a pie hasta su Italia natal.
Tras la guerra, víctima, según sus palabras, de un gran agotamiento nervioso, realizó varios viajes al extranjero. Fue en Londres dónde conoció a Alexandra Wolff Stomersee, “Licy”, también de linaje aristocrático, con quien contrajo matrimonio en 1932, y quién se convertiría en una de las pioneras del psicoanálisis en Italia.
En 1940, nuevamente llamado a las armas, con el grado de capitán, tomó parte en la segunda guerra mundial. En 1943, un bombardeo destruyó su morada en Palermo, refugiándose luego en casa de su primo, el poeta Lucio Píccolo dónde tuvo sus primeros encuentros literarios.
En 1953 comenzó a frecuentar a un grupo de jóvenes intelectuales, y al año siguiente, acudió con su primo Lucio, a San Pellegrino Terme, para asistir a un premio literario en el que conoció a Eugenio Montale. Se dice que fue a la vuelta de ese viaje, cuando comenzó a escribir “El Gatopardo”, que finalizaría dos años después y fuera publicada en 1958, al cuidado de Giorgio Bassani.
La novela, que al principio fue rechazada por las editoriales dónde fue presentada por su primo Lucio, fue escrita de un tirón, pero gestada a través de los años. Ambientada en la aristocracia siciliana, muestra la decadencia de esta clase en la época de la unificación italiana, vista por los ojos del príncipe Fabrizio Salina. Fue publicada luego de su muerte, en 1958, y obtuvo el premio Strega, el más importante de narrativa italiana.
Una de las frases destacadas de la novela, es la declaración de Tancredi a su tío Fabrizio: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie.” Refiere a la capacidad del pueblo siciliano para adaptarse a lo largo de los años, a los cambios de gobierno, al igual, que la aristocracia acepta la unificación, para conservar el poder.
Su obra, incluye además una serie de cartas, enviadas desde sus viajes por Europa, como así también, cuentos y relatos sobre su infancia. Entre los mismos, podemos mencionar “El Profesor y la Sirena”, también conocido como “Ligea”, publicado en 1961, luego de su temprana muerte. Relato fundamental en la otra de Lampedusa, cuya belleza en su narrativa, amerita un breve análisis que dejo a continuación.
Giuseppe Tomasi di Lampedusa falleció en Roma en 1957, mientras dormía, cuando estaba recibiendo tratamiento para su enfermedad, previo a la publicación de su novela, que se convertiría en un clásico italiano del siglo XX.
“El Profesor y la Sirena, o Ligea”
Por Giuseppe Tomaso di Lampedusa.
“A finales de otoño del año 1938, me encontraba yo en plena crisis de misantropía.”
Este relato, escrito entre los años 1956/57, es el único ejemplo de ficción fantástica en la escasa, pero no menos destacada, obra de Lampedusa. Enigmático y breve, reúne elementos del folclore local, como así también, mitológicos y clasicistas. Inquietante y con un desenlace inesperado, impregnado de melancolía, presenta personajes cultos, con un humor irónico sin dejar de lado una gran carga de erotismo y sensualidad.
Una historia enmarcada dentro de otra historia, donde los dos personajes principales, Pablo Corbera, joven periodista de origen siciliano, vinculado a la aristocrática familia Salina (El Gatopardo), entra en un sórdido café de la calle Po, “al que ahora me dirigía solo como un perro” y descubre a un añoso profesor, Rosario La Ciura, “un señor de edad muy avanzada, embutido en un abrigo viejo con un pelado cuello de astracán. Leía sin descanso revistas extranjeras, fumaba cigarrillos toscanos y escupía a menudo”.
Corbera, “en plena crisis de misantropía”, entabla una conversación con el anciano La Ciura, y la áspera personalidad del profesor, delineada por comentarios mordaces, amargas denuncias de la sociedad contemporánea, y un desprecio por todo y todos en el mundo moderno, despiertan en el joven Corbera, una curiosidad inesperada.
En el inicio, en el marco de la primera historia, Lampedusa desarrolla el encuentro de estos dos personajes principales, y a medida que avanza, muestra cómo se va forjando el vínculo entre ambos, a pesar de sus amplias diferencias; las hostilidades y contrastes de La Ciura, o el menosprecio con que Corbera se siente tratado, “advertíase que yo era para él mucho menos que un escarabajo”. Aun así, los encuentros continúan, generando entre ellos, una relación dónde, entre ironías y mordacidades, se soslayan lazos de afecto y complicidad, entre el tutor y su alumno.
Los personajes secundarios son casi menospreciados o empequeñecidos, ya sea porque son considerados moralmente corruptos o desdeñosamente pueriles. Tanto las damas que han sido protagonistas de los primeros párrafos, “la chica n°1” o “la chica n°2” no poseen nombre, como así tampoco, los magistrados, coroneles o profesores jubilados que pululan en el bar. Betina, la ama de llaves de La Ciura, toma el rol de heredera sobre el final, dándole una cierta relevancia en su vida, legándole sus pocos bienes.
Sicilia, la Patria. Punto de partida de la conversación, punto de encuentro de esos dos polos, el anciano helenista, sabio, insolente, culto racional y distante de las emociones, y el joven Corbera, “abandonado”, como él mismo dijera, crea ese lazo entre la realidad, el cinismo y la fantasía y la eternidad a la que La Ciura lo conduce a través de sus palabras. Declara La Ciura:
“El mar, el mar de Sicilia es el más azul, el más romántico de todos los que he visto; será la única cosa que no conseguiréis estropear, claro, fuera de las ciudades, quiero decir. En los restaurantes junto al mar, ¿se sirven todavía erizos partidos por la mitad?”.
Corbera, como el mismo manifiesta, “Yo estaba confundido y fascinado, que un hombre así se abandonara a metáforas casi obscenas”. La historia avanza y a medida que crece la complicidad entre ambos, el profesor descubre que ha llegado la persona con quien compartir el suceso que ha marcado su vida para siempre.
Comienza así el relato dentro del relato, en el que La Ciura cuenta a Pablo sobre sus días de juventud en Sicilia, y el descubrimiento de ese amor eterno, cuando estaba preparando la cátedra de griego para la Universidad de Pavía. Un amigo le cede una pequeña casa en la costa de Augusta, para que tome sus libros, pase el mes de agosto y así pueda escapar de la ciudad y del calor humeante del Etna.
El profesor describe la costa de Augusta como una suerte de paraíso primigenio en la tierra, como un edén pagano, en el que pasa los días recitando griego antiguo mecido por las aguas cristalinas del mar en una pequeña barca. En uno de estos días, aparece en su barca una sirena, con cuerpo de adolescente y cola bifurcada, que le habla en griego antiguo. Ligea, hija de Calíope.
Desde el primer momento, encuentros diarios, colmados de lujuria y un erotismo salvaje, y matizados por las frecuentes ausencias de Ligea, colman la vida de La Ciura. Con la llegada de las tormentas de finales de agosto, Ligea debe marcharse. “Adiós, Sasá.” “No olvidarás”.
“Aquella muchachita lasciva, aquella fierecilla cruel, había sido también una madre sapientísima que con su sola presencia desarraigó y disipó metafísicas; con sus dedos frágiles, a menudo ensangrentados, me había señalado el camino hacia el verdadero y eterno descanso”
Es en ese momento el profesor descubre el porqué de la misantropía, ese vacío que ha dejado Ligea, la sirena: “Soy Ligea, soy hija de Calíope. No creas en las leyendas inventadas sobre nosotras, no matamos a nadie, sólo amamos.”, ese vacío que no ha podido saciar, ese amor y ese erotismo inalcanzable, esa promesa de inmortalidad.
“Yo te he amado, y recuérdalo: cuando estés cansado, cuando ya no puedas más, no tienes más que asomarte al mar y llamarme: yo estaré siempre allí, porque estoy en todas partes y tu sed de sueño quedará saciada…»
El relato va llegando a su fin, luego de un enorme despliegue de erotismo por parte de La Cirua. Pablo, lejos de estar desconcertado comprende el porqué de la arrogancia, el porqué de las críticas a la vida real, y se siente superado por la erudición y los placeres del anciano. La Ciura se marcha del puerto de Génova.
Al día siguiente Pablo recibe la noticia que el profesor ha caído al mar desde el barco en el que se embarcó y no han encontrado el cuerpo. Descubre también que forma parte de sus personas de importancia, ya que La Ciura, en su testamento, le hereda una crátera con la pintura de Ulises y las sirenas y una fotografía. Ambos objetos acaban destruidos durante la guerra, pero Pablo consigue conservar un trozo de la crátera.
El relato está adornado de erudición, adornado por los relatos helenísticos mitológicos, como así también el erotismo, fraguado en los pequeños detalles del mismo, y por sobre todo está Sicilia.

Autora
Carla Caterina
