Un orfebre de la palabra
Jorge Luis Borges (Buenos Aires, Argentina 1899 -Ginebra, Suiza, 1986) es sin lugar a duda, el escritor argentino más conocido en el mundo entero y el que más ha influido en otros creadores. Basten algunos ejemplos: “La vida breve” de J.C. Onetti (novela publicada en 1950) no podría haber sido escrita sin Borges. El escritor estadounidense de ciencia ficción William Gibson escribe el prólogo para la edición inglesa de Laberintos y lo reconoce expresamente. El director de cine francés Jean-Luc Godard se inspira en “La historia de la eternidad” (1936) para realizar la película de ciencia ficción “Alphaville” (1965) tomando de Borges párrafos enteros. En 1966 M. Foucault publica “Las palabras y las cosas” inspirado en un breve ensayo que Borges había incluido en “Otras inquisiciones” (1952): “El idioma analítico de John Wilkins”, en este ensayo de sólo cuatro páginas reflexiona sobre el lenguaje, el sentido del mundo, el absurdo de todo y la dificultad de comprender nada. Borges imagina una “enciclopedia china” que clasifica de manera, para nosotros absurda, a los animales. A partir de ese ejemplo demuestra que toda clasificación y todo saber es siempre absurdo. Hoy, lo que creemos sagrado y verdadero en dos siglos será ridículo. Foucault, que venía pensando en ese mismo sentido a partir de Nietzsche, queda fascinado y lo dice en el prólogo de su libro.
La vasta obra de Borges compilada y editada en 1996 después de su muerte consta de cuatro volúmenes que incluyen nueve libros de poemas, cinco de ensayos, cinco de cuentos, conferencias, textos de viajes, prosas breves, prólogos y colaboraciones literarias. Los datos cronológicos de su vida y obra, base de toda biografía, se encuentran en la web disponibles para todos los interesados. Recomendamos también una biografía que ilumina aspectos poco conocidos del autor: “Borges a contraluz” (1989) de Estela Canto (1915-1994), destacada escritora, periodista y traductora argentina, musa inspiradora de El Aleph y amor no correspondido de Borges.
Aquí intentaremos abordar algunos aspectos de la obra de Borges y las condiciones de su producción, sin pretender abarcarla en su totalidad. Borges es el “heredero” de dos linajes que pueden considerarse la materia prima con la que construyó su obra, su mito de origen. Por un lado, la familia materna, los Acevedo Suarez, familia tradicional argentina con antepasados de héroes militares pero que, según sus palabras eran de una “ignorancia incomprensible” y por el otro, la familia paterna de origen inglés, los Borges Haslam, que traen la cultura: la biblioteca y el idioma inglés que aprendió desde niño. De un lado está el cuerpo, el coraje, la barbarie y el deseo. Del otro, el saber, pero también el encierro. De la tensión entre esos dos mundos, que nunca resuelve, surge su inabarcable obra, al menos para quien esto escribe.
Su infancia transcurre en el barrio de Palermo, por entonces de casas bajas y quintas con verjas, el paraíso perdido que reflejará en muchos poemas. En los albores de la primera guerra mundial la familia se traslada a Suiza, lugar donde residen durante cuatro años para vivir luego en España y regresar a Argentina en 1921. Su padre, don Jorge Guillermo, fue abogado, escritor, psicólogo y traductor, una figura que sin duda encarriló al pequeño Borges hacia la literatura. La biblioteca de su padre le dio acceso a la lectura de los grandes escritores franceses, tanto clásicos (Voltaire; Víctor Hugo) como simbolistas (Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Mallarmé), a escritores del expresionismo alemán como Gustav Meyrink, así como a los de habla española como José Hernández, Leopoldo Lugones y Evaristo Carriego. De ella dirá en una entrevista: “Si tuviera que señalar el hecho capital de mi vida, creo no haber salido nunca de la biblioteca de mi padre. Es como si la estuviera viendo”
Cuando la familia regresa a la Argentina comienza a publicar poemas y ensayos en revistas literarias ultraístas. En 1923 publica “Fervor de Buenos Aires” poemario con el que aspira a ganar el Premio Nacional de Literatura. No lo obtiene y por el contrario recibe críticas adversas. En esa obra adopta las consignas de la vanguardia -condensación metafórica, rechazo del sentimentalismo, exaltación de la imagen, pero además ambiciona inventar una lengua argentina capaz de sostener la tradición propia. El intelectual Henríquez Ureña (1884-1946) muy respetado en su época, centró su crítica en dos puntos neurálgicos: la artificialidad del lenguaje y la falta de naturalidad sintáctica. La frase que quedó como emblema del desencuentro, pronunciada en un café porteño fue simple y devastadora: “Borges, por qué no escribe usted en castellano”. Añadió que Borges parecía armar sus frases en inglés para luego traducirlas a un español rebuscado y arcaizante. El impacto en Borges fue inmediato y duradero. Terminó asumiendo en la práctica la crítica de H.U. Durante décadas renegó de Fervor de Buenos Aires y de sus primeros libros de ensayos (Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos) negándose a reeditarlos y condenándolos a un “pudoroso olvido”. Cuando finalmente los revisó, como en la edición de 1969, intervino los textos para eliminar los excesos barrocos y depurar la sintaxis. La búsqueda de claridad terminó por convertirse en la marca del Borges maduro. El reproche devino método. En esa temprana crítica se anticipa el giro posterior hacia la austeridad, el abandono del ultraísmo, la renuncia a la retórica enfática y la conquista de una prosa de precisión casi matemática. Respecto de ese primer libro expresó: “pienso que nunca me he alejado mucho de ese libro; siento que todos mis otros trabajos sólo han sido el desarrollo de los temas que en él toqué por primera vez; siento que toda mi vida ha transcurrido volviendo a escribir ese único libro”
Borges salda la deuda con el legado de la memoria materna, “la de la Patria” escribiendo cuentos de cuchilleros. El mundo marginal, la “barbarie” lo fascina hasta casi el final de sus días. Desde “Hombre de la esquina rosada” (1935) hasta “Historia de Rosendo Juarez” (1970) los relatos tienen siempre el mismo esquema. “La intrusa” (1966) que más adelante analizaremos puede incluirse entre esa serie sin ser el principal. Construye personajes heroicos en la Buenos Aires de antes de la inmigración (1890) guapos que andaban siempre armados dispuestos a batirse en duelos y que estaban ligados al poder político (Mitre o Alsina). Desde su posición aristocrática los caudillos y guapos son un peligro. A partir de 1900, los peligrosos cambian, ahora son los inmigrantes, sobre todo italianos. En 1974 prologa el Facundo de Sarmiento y lo dice expresamente “los gauchos cambiaron a obreros”. Cuando tiene que elegir entre inmigrantes y criollos, elige a los cuchilleros. Su empatía es con los oprimidos del siglo XIX, no con los de XX. Trabaja con la idea de que el pasado era mejor que la sociedad posterior. El poema “Isidoro Acevedo” (1929) que tiene la misma estructura del relato “El Sur” (1923) cuenta las últimas horas de su abuelo que sueña con una muerte heroica, inventando una batalla en la que muere por la Patria. Borges es consciente que esa herencia recibida, ese mundo, ya no existe. Ve a la sociedad de masas (han llegado los inmigrantes) en la que habita, como peligrosa y decadente, tal como se manifiesta en “La muerte y la brújula” (1944) en el que inventa un Buenos Aires onírico con personajes despiadados.
Durante los años 30 su fama crece en la Argentina y su actividad intelectual se vincula a Victoria Ocampo y Silvina Ocampo; las hermanas Ocampo le presentan a Adolfo Bioy Casares del que se hace amigo y coautor de varias obras. La consagración internacional no llegaría hasta muchos años después. De momento, ejerce asiduamente la crítica literaria, traduce con minuciosidad a Virginia Woolf, a Henri Michaux y a William Faulkner y publica antologías con sus amigos; frecuenta a su maestro Macedonio Fernández y colabora con Victoria Ocampo en la fundación de la emblemática revista Sur (1931) en torno de la cual se moverá lo mejor de las letras argentinas de entonces (Oliverio Girondo, Enrique Anderson Imbert y el mismo Bioy Casares, entre otros). En 1938 fallece su padre y debe ganarse la vida. Y vaya si se la ganó: hizo periodismo (dirigió el suplemento cultural de “Crítica”; escribió en la sección cultural de la Revista del Hogar y en revistas menores (la del Subte de Bs As, la de la localidad de Azul, etc.). Dio conferencias en pueblitos diversos, escribió prólogos, hizo colecciones, a la par que trabajaba como director de la Biblioteca Municipal Miguel Cané. Entre 1923 y 1961 no salió de Buenos Aires, siguió construyendo su obra con las librerías y bibliotecas de esa ciudad. Después no para de viajar.
La deuda con el legado paterno la salda con sus grandes cuentos de erudición. Borges no fue un escritor erudito, la erudición fue una estrategia literaria. Fue un lector minucioso que volvía siempre a los mismos libros, buscando y encontrando huellas para escribir lo suyo. Al final del prólogo de “Artificios” (1940) dice: “Schopenhauer, De Quincey, Stevenson, Mauthner, Shaw, Chesterton, Léon Bloy, forman el censo heterogéneo de los autores que continuamente releo”.
En los años cuarenta produce en el Río de La Plata una literatura que no había en ningún lugar del mundo: la ficción que interactúa con la realidad. (En esa línea se inscriben también Silvina Ocampo, Macedonio Fernández y Bioy Casares en sus primeras novelas). A ese algo nuevo algunos lo llamarán literatura fantástica y otros con más precisión, literatura conceptual o ficción especulativa. En 1944 publica “Ficciones”, obra con que se inicia su madurez literaria y el reconocimiento en el país. En ella incluye los siete cuentos que formaban parte de “El jardín de senderos que se bifurcan” (cuento de tipo policial de 1941), los otros seis son de tipo fantástico. En “Pierre Menard, autor del Quijote” realiza un ensayo minucioso sobre un escritor ficticio (se dice que Bioy Casares, creyendo en la real existencia de Menard, encarga a su librero el mentado libro). En “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” hay una enciclopedia que describe un mundo imaginario y ese mundo paralelo interviene en la realidad. Uno de sus cuentos más leídos y que da título al libro publicado en 1949, es “El Aleph”, también de tipo fantástico. Borges imagina un punto mágico en el espacio que contiene todo el universo, visto por el narrador en el sótano de la casa de su difunta amiga. En él explora la infinitud, la memoria, la pérdida y la imposibilidad de comunicar lo absoluto.
Al igual que otros autores (Marcel Proust y su monumental novela “En busca del tiempo perdido”) le preocupa el tema de la memoria, pero desde un punto de vista distinto al evocativo. En “Funes el memorioso” (1944) trabaja con la idea de la memoria absoluta. Funes no puede pensar porque su memoria es un vaciadero de basura. Según ha dicho, su cuento es una “larga metáfora del insomnio”. Posteriormente (1964) escribe el poema “Insomnio” y dice: De fierro, de encorvados tirantes de enorme fierro tiene que ser la noche, para que no la revienten y la desfonden las muchas cosas que mis abarrotados ojos han visto, las duras cosas que insoportablemente la pueblan”. La memoria en sus textos es una condena, el olvido es el alivio.
Al quedar ciego en 1953 su capacidad de estilo queda destruida porque no puede leer sus propios manuscritos, pero nunca se quejó y por el contrario decía con estoicismo: “Agradezco la ironía de Dios que me dio a la vez los libros y la noche y ahora estoy escribiendo mejor”. Si bien los textos que tuvo que dictar son muy buenos no se comparan con los de los años 40 que son los que marcaron su literatura.
Borges no fue un “gran” escritor a la manera por ejemplo de Thomas Mann (1875-1955) que escribió las monumentales novelas “La montaña mágica” y “Buddenbrok” por la que recibió el Nobel de Literatura en 1929. Siempre escribió textos breves, de poco más de diez páginas que luego compiló en distintos volúmenes. Sin embargo, tuvo la minuciosidad de un orfebre en su búsqueda de la perfección. En el prólogo de Ficciones expresa su posición al respecto: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario…Más razonable, más inepto, más haragán, he preferido la escritura de notas sobre libros imaginarios”.
Esa y no otra fue la razón por la que no recibió el Premio Nobel (tampoco lo recibió Franz Kafka, por poner un ejemplo de otro gran escritor 1883-1924). Recibió numeras distinciones y premios, pero los más importantes fueron compartidos, el Formentor en 1961 con el escritor irlandés Samuel Beckett y el Cervantes en 1980 con el poeta español Gerardo Diego.
He dejado para el final referir su posicionamiento político y las opiniones que a lo largo de la vida fue expresando sin pudor. Fue un hombre de derecha que se veía así mismo como un aristócrata pobre “hará dos o tres generaciones que dejé de ser estanciero” escribió alguna vez, y apoyó sin ambages a la dictadura genocida de 1976. Su anti peronismo acérrimo le impidió ver la tragedia que estaba sufriendo el pueblo argentino hasta que supo que había escritores entre los “desaparecidos”. Se menciona este hito porque fue una dolorosa muralla, inexpugnable para muchos lectores potenciales que desistieron de leerlo en su momento. Fue un intelectual inorgánico de la derecha (al decir de Antonio Gramsci) por ello el establishment local e internacional propagaba sus declaraciones y lo protegía. Como ejemplo de esto último basta recordar que en 1981 fue censurado el cómico Mario Sapag por imitarlo bajo el argumento de que “atentaba contra la cultura argentina y el prestigio del escritor”. Se trataba de una imitación inocente sin contenido político que el propio Borges no había objetado, pero de más está decir que las imitaciones dejaron de hacerse. Las lecturas y las interpretaciones sobre la creación de cualquier autor cambian con el tiempo; las posiciones de Borges no escandalizarían a nadie en nuestra época, de cualquier modo, lo que interesa es cómo actuaban sus ideas en los textos que escribía, tal como se verá en el cuento elegido para su análisis.
Nunca nos cansaremos de decir que Borges estuvo muy cerca de alcanzar la perfección. Pasarán los años y cambiarán los lectores y el modo de leer, pero seguramente seguirá siendo leído. En cada relectura se encontrarán nuevos matices, se interpretarán de otra manera sus metáforas, sus sutilezas, pero siempre se reconocerá su maestría.
Análisis del cuento “La intrusa”
La Intrusa es el primero de once cuentos publicados en 1970 en el libro titulado El Informe de Brodie. En el prólogo Borges declara su admiración por el escritor indio premio Nobel de Literatura en 1907 Rudyard Kipling y confiesa que pretendió imitar el estilo directo y casi lacónico utilizado por ese autor en una serie de cuentos publicados en 1890.
La Intrusa es efectivamente un cuento breve de tipo realista que logra por su escasa pero concisa información y economía de adjetivaciones, conmover y asombrar al lector. El autor se vale para ello de un narrador que habla por otros, tomando distancia de los hechos: Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nilsen, en el velorio de Cristian, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos…Lo cierto es que alguien la oyó de alguien…En otras palabras, se limita a relatar lo acontecido y declara que su único propósito es dejar constancia de la índole de los orilleros antiguos sin emitir juicio alguno sobre ella. Sin embargo, a través del epígrafe elegido se vislumbra su visión: una mirada comprensiva, quizás ¿justificativa? sobre las motivaciones de sus personajes. La cita bíblica del epígrafe: “2 Reyes, I, 26” que figura en todas las ediciones de La Intrusa es una cita equivocada que nunca fue corregida (se desconoce el motivo) no obstante se acepta que la cita correcta es “2 Samuel, I, 26”: canto o lamento fúnebre pronunciado por el Rey David a la muerte de su amigo Jonatán, hijo del Rey Saul y dice: “Angustia tengo por ti, hermano mío Jonatán, que me fuiste muy dulce; más maravilloso fue tu amor, que el amor de las mujeres”
Se ha decidido analizar este cuento desde una perspectiva de género ya que tanto la historia como su título nos muestran sin ambages una desigualdad derivada de aquel. El título elegido (Intrusa: del latín intrusus, introducir a la fuerza) nos alerta: alguien de sexo femenino se ha introducido sin derecho, según la principal acepción del término. El cuento trata de la introducción (intromisión) de una mujer -Juliana Burgos- en la casa que comparten los hermanos Nilsen; Cristian, el mayor y Eduardo, el menor, alterando la estrecha y especial relación que hasta entonces mantenían. Es un relato sobre hombres escrito por otro hombre en el que las mujeres no se expresan, lo cual refuerza el mensaje de dominación de un sexo sobre otro. Los Nilsen representan el paradigma de lo que social y culturalmente en cada época se ha atribuido y aún hoy se atribuye al sexo masculino: son rudos, valientes, con alto sentido del honor, violentos y dados a los excesos. Su relación con el sexo femenino es de dominio y posesión, no hay cabida para el amor o la ternura, sentimientos que sólo pueden sentir y sobre todo exhibir las mujeres. El conflicto surge precisamente cuando los condicionantes del género colisionan con sentimientos nuevos que no comprenden hacia esa mujer (los dos se enamoran de ella) y que no pueden asumir por intuirlos humillantes. Si bien el lector actual resulta sorprendido por la crudeza del relato, el contexto que elige el autor para situar los hechos (fines del siglo XIX, en Turdera, por ese entonces un caserío en los suburbios de Buenos Aires) establece la suficiente distancia temporal como para, por un lado, hacerlo creíble y por otro, imaginar -erróneamente- que tales situaciones (o sucedáneos) no podrían ocurrir en la actualidad y en otros contextos sociales. Los Nilsen son el prototipo de los excluidos de su tiempo, los denominados orilleros, asimilables a los que desde mediados del siglo XX y en nuestro medio son llamados “villeros”. Adjudicarles a los orilleros las acciones relatadas es también una elección que reedita y refuerza la categorización Sarmientina entre bárbaros y civilizados, mirada que compartía el autor dada su confesa ideología conservadora.
Habitaban una vivienda precaria y sus posesiones materiales, que el autor describe con ironía como “lujos”, apenas consistían en los instrumentos necesarios para ganarse la vida, no siempre de forma lícita. Tenían fama de violentos: “no es imposible que debieran alguna muerte” y también de avaros, “salvo cuando la bebida y el juego los volvía generosos”. Con respecto a su vida “amorosa”, esta se limitaba a episodios de “zaguán o de casa mala”. El modo de vida de estos dos hombres, reseñado de manera magistral nos permite inferir que su estrecha relación obedecía no sólo al lazo de sangre sino también a la necesidad de sobrevivir como varones en un medio violento configurado por y para los hombres: “el cariño entre los Nilsen era muy grande -quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido” Un mundo en el que las mujeres tenían poca cabida y sólo de forma subordinada. Juliana es considerada desde el principio como una posesión más y cumple funciones de servidumbre, tanto para las tareas de la casa como para satisfacción sexual de su dueño. Sabemos que era bella por lo que es exhibida en sociedad como un trofeo de caza y llevada a las fiestas de conventillo colmada “de horrendas baratijas”.
Eduardo los acompaña en un principio, pero al tiempo deja de hacerlo, se aísla y su carácter se vuelve más huraño, emborrachándose en soledad. El narrador nos dice que el barrio se dio cuenta antes que él mismo, que estaba enamorado de la mujer de Cristian y que “previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos”. Llegados a este punto es preciso abrir un paréntesis y reparar en la relación de subordinación del hermano menor con respecto al mayor, subordinación que se manifiesta en el acatamiento a todas las decisiones que va tomando Cristian en el transcurso de esta historia. Una de las características de la sociedad patriarcal es que se estructura por jerarquías que involucran también las relaciones dentro de un mismo género, en este caso, el masculino: el hermano mayor -a falta de padre o en ausencia de él- detenta la máxima autoridad y sus decisiones son poco o nada discutibles.
Retomemos la historia: ante el evidente sufrimiento de Eduardo, el mayor decide compartir a la mujer y se lo comunica en “un tono entre mandón y cordial” logrando su aceptación, más acá o más allá del deseo que siente por ella. Por si faltara explicitar aún más la cosificación de la mujer, el narrador relata que, al partir, dejándolos por primera vez solos, Cristian se despide únicamente de su hermano, “no de Juliana, que era una cosa”. Bordieu y otros autores sostienen que “la lógica de género es una lógica de poder, de dominación y que esta lógica es la forma paradigmática de la violencia simbólica, definida como aquella violencia que se ejerce sobre un agente social con su complicidad o consentimiento”. La violencia simbólica – que luego transmutará en física- ejercida sobre Juliana va in crescendo en consonancia con el conflicto afectivo no asumido por los hermanos y que se intenta resolver mediante la degradación progresiva de la mujer. Aun cuando Juliana atiende a los dos hombres “no puede ocultar alguna preferencia por el menor”, lo cual comienza a horadar el fuerte vínculo que hasta entonces mantenían, ahora amenazado por los celos: “buscaban y encontraban razones para no estar de acuerdo” “discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa”.
La construcción social del género también se pone de manifiesto en las distintas miradas que los pobladores, según el género, tienen sobre esta relación. Por un lado “esa sórdida unión…ultrajaba las decencias del arrabal” (decencia de otras mujeres) y por otro, un hombre felicita a Eduardo “por ese primor que se había agenciado”, lo cual acrecienta su malestar ante lo que siente como una burla hacia el hermano mayor. La situación se torna insostenible y después de una corta deliberación toman una decisión salomónica: desembarazarse de Juliana. Como ya se ha dicho, Juliana carece de voz en este relato, pero se dan indicios de su extrema vulnerabilidad por ser mujer, pobre y sin familia (la imaginamos huérfana o abandonada a su suerte). Sin explicarle nada y después de un fatigoso viaje, la venden a la patrona de un prostíbulo y se reparten el dinero de la venta. La coherencia del autor en el planteo de esta decisión es impresionante: para los Nilsen, al menos conscientemente, Juliana era sólo un objeto de satisfacción sexual y así como la habían compartido entre ellos, podía ser entregada para satisfacción de otros y a cambio recibir una recompensa. A partir de esta decisión los hermanos intentan retomar su antigua vida y “acaso, alguna vez, se creyeron salvados” pero lo negado -Juliana era objeto deseado y amado al mismo tiempo- reaparece con fuerza y los dos, cada cual por su lado y en secreto, visitan a Juliana en el prostíbulo. En una ocasión coinciden, poniéndose en evidencia que se habían trampeado mutuamente. Sin estridencia aparente y aceptando la dependencia que ambos tenían de la mujer, Cristian decide, una vez más, sacar a Juliana del prostíbulo: “de seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano”. El regreso a la antigua situación significó la reiteración del conflicto, pero “prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con Juliana, que había traído la discordia”.
El desenlace de esta historia -la muerte de Juliana a manos de Cristian- y la comunicación del hecho al hermano al momento de deshacerse del cuerpo, con la determinación y frialdad de quien cree poder salir así de “la maraña de aquel monstruoso amor”, lleva hasta el límite la desvalorización de la mujer como sujeto de derechos, ni siquiera del más elemental, el derecho a la vida.
En esta historia, lo social y lo cultural, así como lo religioso como factor normalizador moral “el párroco del pueblo había visto “no sin sorpresa” una Biblia en casa de los Nilsen” juegan un rol preponderante en la consideración hacia la mujer. Creemos que también son condicionantes y de alguna manera moldeadores de los procesos psíquicos relacionados con las pasiones humanas no sólo como desencadenantes del conflicto sino de su dramático desenlace y aparente resolución, tal como se intuye en el párrafo final: “Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla”

Autora:
Adriana Medina

