Publicado en: 17/10/2025 Alejandro Alvarez Gardiol Comentarios: 0

 

…sobre un trono de oro yacen los restos de una reina que había sido coronada, aunque ya estaba muerta. (Canto III, Las Lisiadas, Luis de Campes)

Muchos años después, frente a la tumba del rey Pedro I en Alcobas, Marcos García había de recordar el día en que su tío abuelo, sentado a la cabecera de la mesa sentenció: “A los perros hay que matarlos”, bebió un trago más de vino con soda y eructó. Era un hombre grueso y rosado, con una papada asombrosa sobre la que solía dormitar. “El tío Nardo habla con sus gatos y sus conejos, ellos le meten esas ideas en la cabeza de puro celosos que son”, fue la explicación que le dieron sus padres. Después de aquellos almuerzos de domingo en la quinta de San Miguel, el niño esperaba los ronquidos de la siesta para curiosear en los cajones del escritorio del “tío con dos caras”. Aún hoy evoca el olor seco y dulzón de los libros antiguos

 

que desbordaban la oscura biblioteca de estilo monacal. “El tío es un referente nacional de la prosa cervantina”, le dijeron, y a esto sí lo entendería tiempo después.

Sólo Dios sabe qué hace ahora Marcos García en Portugal, pero aceptamos que el secreto de una ficción, como el de un matrimonio, es no contarlo todo. Hoy debe estar entre los cincuenta y los sesenta años de edad, es delgado y de aspecto saludable, con un fino bigote rubio y pelo entrecano. Existe mayor incertidumbre respecto de su profesión o actividad, podría tratarse del CEO de una multinacional, pero también de un investigador del CONICET, o un ex deportista, o un bancario retirado. Sabemos que es un gran lector, y que su situación económica, de esto no hay dudas, es muy acomodada: no le alcanzaría la vida ni la de toda la familia para despilfarrar su hacienda.

Lo que sí está claro es que la excursión a aquel pueblito del norte de Lisboa fue por la chica del sombrero. Marcos García estaba sentado en la terraza de un café, ensimismado en las ondulaciones blancas y negras del empedrado de la Plaza do Rossio, cuando ella irrumpió. Un repentino perfume de manzanas rojas flotó en el aire que, tímido, dejó de moverse al verla pasar. El tintineo de la cafetería, el murmullo de la plaza y el rechinar de los tranvías se esfumaron, los pájaros callaron y hasta la antigua cadencia del agua en las fuentes se llamó a silencio. Tenía una capelina blanca, anteojos de sol, un vestido suelto y llevaba un caniche toy bajo el brazo. Parecía desorientada y daba vueltas alrededor de la oficina de información que, como es habitual, estaba cerrada. De pronto se detuvo y miró por encima de sus gafas hacia la mesa de Marcos García, quien quiso adivinar en su mirada una promesa muda que encendió en su pecho una llama invisible, y recordó cada beso que jamás había dado, cada tramo de piel nunca antes palpado. Se levantó como un resorte y en un rapto de intrepidez la invitó a sentarse junto a él, tan indefenso ante su belleza estaba. Marcos García sintió que esos anteojos oscuros ocultaban una mirada pero que también anunciaban la penumbra del deseo y el brillo diáfano y azul de lo inasible.

Ella también era de Buenos Aires y procuraba una excursión a Óvidos, pasando por el monasterio de Alcobas. Le preguntó si conocía la historia de aquel amor desdichado de Pedro I con Inés de Castro, doncella de su difunta esposa. “Los amores dichosos suelen ser breves y dolorosos”, respondió él con una jactancia involuntaria, y la invitó a sacar los tickets para el tour por internet. Ella le dijo que serían tres. Él sonrió: “los perros van gratis”. Ella pareció ofendida y abrazó al caniche que no cesaba de lamerla. “Es que estoy viajando con una amiga que también quiere ir a Óvidos”, le respondió mientras miraba su celular. Concentrada en su pantalla la chica aflojó levemente la mandíbula, y en ese instante en que sus labios quedaron separados Marcos García sintió que podía ser capaz de morir y también de matar por ella. Un colibrí giró en una pausa de vuelo sobre su cabeza dorada y quedó inmóvil. El camarero en gesto amable se acercó a la mesa y el mundo retornó a sus domésticas tareas.

Él detestaba las visitas guiadas tanto como los siglos oscuros del medioevo y tenía un rechazo natural y adquirido hacia los perros falderos. Y sin embargo al día siguiente estaba en el monasterio, embelesado detrás de la chica del perrito. El grupo caminaba alrededor del sepulcro de Pedro I. El guía explicaba, entre tantas otras cosas, que en el arte funerario medioeval la presencia de un perro a los pies del difunto representa la fidelidad, la lealtad y el amor eterno (*). Inés de Castro descansaba en otro féretro tan rimbombante como el del rey. Resultaba ser que el mismísimo padre de Pedro I la había mandado a decapitar por temor a que su influencia castellana pudiera afectar a la corte portuguesa, Ese asesinato ocasionó el levantamiento armado del entonces infante Pedro quien lideró feroces represalias, arrancó con su espada el corazón de los matadores e hizo vestir de reina al cadáver de su amada. Apenas dos años después, en 1357 terminaría perdonando a su padre. La explicación se fue desvaneciendo en los oídos de Marcos García que ya no tenía el menor interés, y cuando las dos chicas muy divertidas se pegaron al guía, un simpático y atlético andaluz quien no tardó en tomarlas del brazo, decidió llamar a un Uber para regresar a Lisboa. Mientras pensaba la mejor manera de separarse del grupo, algo lo detuvo. El perro a los pies del rey miraba hacia arriba, exhibiendo una papada como la de su tío Nardo. La blancura del mármol brillaba en esa cabeza, que más que la de un noble can parecía la de un cerdo.

Era idéntico al Novel, el dogo que entró de cachorro a su hogar por un capricho de su mujer. El primer día el cuzco estaba upa de todos dando punzantes gritillos de felicidad. Cuando llegó a brazos de Marcos García el perro le orinó encima, y él captó al vuelo su mirada desafiante. En poco tiempo el animal se fue humanizando con los cariños que su esposa le prodigaba. Rosina, la mucama, también se entendía de maravillas con el Novel, y al principio él también llegó a sentir simpatía por ese perrito travieso, y hasta toleraba sus babas y jadeos. Después empezaron los gruñidos y otras actitudes de hostilidad territorial, y cuando su mujer permitió sin chistar que el bicho destruyera a su antojo el jardín, la pasión de su vida, supo que el perro era el nuevo amo de la casa.

“El Novel se da cuenta de que usted no lo quiere”, le decía la mucama. Marcos García lo toleraba sin perder su habitual sentido del humor. Un día, a modo de chanza, le señaló: “Vea Rosina, resulta que el Novel me ha venido con el cuento de que usted le pone carne a su comida, cosa que el veterinario ha prohibido”. La mujer se puso pálida y con sus manos en ruego contestó “No le haga usted caso, el perro miente. ¡A usted le miente!”

Era costumbre de Marcos evitar las confrontaciones, aunque cada vez con mayor frecuencia repetía que si uno quiere vivir de acuerdo a sus propios deseos acaba pareciendo una basura. “¿Y cuáles son tus deseos?”, era la pregunta constante de su esposa y que él evadía encogiéndose de hombros y arqueando las cejas en silencio.

El primer tarascón le vino sin aviso, como al pasar. “Una pavada, de puro juguetón”, consintieron en la casa. Los siguientes ataques fueron con una ferocidad creciente, e instalaron en Marcos un fuerte deseo de ver muerto al animal. Las palabras del tío Nardo retumbaron esa noche en sus sueños como una orden: “Una pócima de raticida vertida en su alimento bastará, y será tal su eficacia que, apenas probada por ese abominable mastín, trocará en ceniza su ánimo y le llegará presta la eterna quietud de la muerte.”

Al día siguiente, con la eficacia y frialdad de un autómata, cumplió el mandato: a poco de vaciar su comedero los ojos del animal se dieron vuelta, y aullando se lanzó a correr en círculos ascendentes por las paredes y el techo del garage como si fuese un piloto de pruebas. “¡Está poseído!”, exclamó Rosiña estrujando un repasador. En su carrera enloquecida vomitó verde y soltó estrepitosos flatos seguidos por un interminable reguero pestífero de sus entrañas. Gemía desorbitado, miraba de reojo, se ponía bizco y no dejaba de correr. Después de unos minutos que se hicieron eternos, retrajo el hocico que se frunció de manera que las encías y los dientes quedaron a la vista, y con una mueca sardónica el perro (o más bien su carcasa) aterrizó en el techo del Mercedes de su asesino. Siguió jadeando un rato más dando estertores espumosos, y todos escucharon con claridad el gutural y furioso “¡Marcooooos!”. Después expiró patas para arriba y con una formidable erección. “Miren el lápiz de labios… ¡qué enorme!”, clamó su hija menor agarrándose la cara.

El perro fue enterrado en el jardín al pie del tilo bajo el que Marcos García solía pasar horas enfrascado en sus lecturas, y a partir de ese día, su mujer no volvió a mirarlo a los ojos y le retiró la palabra. Su familia nunca se lo habría de perdonar, y después de días de silencios, largas noches de soledad en un cuarto, reclamos, maltratos y otras situaciones que no vienen a cuento, Marcos García hizo las valijas y abandonó su casa. Quiso hacer un cambio radical en su vida y se propuso escribir una lista con sus propios deseos. Fue ordenando papeles viejos que encontró la carta que su tío (sí, Nardo el cervantista de dos caras) le había escrito cuando le regaló, para sus quince años, dos estupendos volúmenes del Quijote en una edición española de lujo con ilustraciones de Ramón Aguilar Moré. Marcos vio lo que él había subrayado entonces: “…léelo sólo cuando realmente tengas ganas, cuando la espada mágica del caballero salga del anaquel de la biblioteca y hiera tu sensibilidad. Te aseguro que el ingenioso hidalgo algún día logrará hacerlo”. Al terminar estaba lagrimeando, días después se anotó en un taller literario y sacó un pasaje de ida a Portugal.

Vemos a Marcos de pie ante las tumbas del monasterio de Alcobaza, el perro de mármol lo acecha en silencio. Desea volver a Lisboa y perderse en las callejas empedradas que serpentean entre muros encalados, tejas rojas y azulejos amarillos, azules y verdes, andar por las calles de una ciudad en la que no vive y sentir el placer de caminar sin prisa ni horario para la vuelta. Recuerda haber leído: “no hay un hogar dulce hogar, la casa es una cárcel aun cuando uno vive solo, una prisión a la que se acostumbra como los animales del zoológico se acostumbran a sus jaulas” (**).

Ya se han ido todos y Marcos García se demora en el lugar; le ha quedado dando vueltas la idea de que aún en aquellos mil años de oscuridad, también hubo lugar para el perdón.  Cuando se encamina hacia la salida (el Uber debe estar esperando), escucha su nombre que reverbera con fuerte claridad en las paredes del atrio. Reconoce la voz, esta vez sin animosidad alguna, casi benigna. Entonces regresa sobre sus pasos y llega al pie de la tumba del monarca. Ve un destello de luz en los ojos del animal que se inclina dócil, indulgente. Marcos García acerca su mano al hocico, lo toca y acaricia con ternura esa cabezota pulida que ahora es tibia y parece palpitar. Así estará durante un tiempo circular y sin relojes, aunque ya es hora de escribir esa lista de deseos por cumplir; pero hasta el momento no se le ocurre nada.

 

 

(*) Detalle al pie de la tumba de Pedro I (Monasterio de Alcobaza).

(**) Rubem Fonseca (Los prisioneros).

 

Autor:
Alejandro Alvarez Gardiol

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