Publicado en: 17/10/2025 Analía Rodriguez Comentarios: 0

En los albores del año 1900, en Rosario, ciudad de Argentina, en una biblioteca de un barrio también conocido como la “Pequeña Chicago argentina”, se encontró un manuscrito en el que se mencionaba un padecimiento cuyo nombre científico descubrí después. Este relato no es una mera crónica de un suceso extraño, es también una historia de amor.

Nota de autor

Barrio de Pichincha, 1922

 

El doctor Alcides Mondino no esperaba el llamado que lo sacó ese domingo de llovizna de la calidez de la cama. Le gustaba disfrutar de la tibieza que lo cobijaba desde hacía varias horas. Era tarde, hacía rato que dormía y, si bien estaba acostumbrado a los reclamos urgentes, no contaba con que el Petit Trianon tuviera un problema a esas horas y mucho menos un lunes, día que por lo general resultaba algo más tranquilo que de costumbre, al menos en los burdeles de la zona de Pichincha. Se preguntó si le habría pasado algo a alguna de las chicas o si algún acto de violencia se habría cobrado otra víctima más.

“Las pobres nunca descansan. Las tienen a mal traer y lo peor de todo es que no puedo hacer nada para liberarlas”, pensó.

El doctor apuró los pasos hacia la puerta de roble. El llamador sonaba a un ritmo sostenido. Estaba seguro de que se trataba de uno de los encargados del Petit Trianon. Lo sabía porque el emisario golpeaba con un toque de ira muy particular. Reconocía ese llamado insistente. Sí, ya no tenía dudas: a una de las muchachas del prostíbulo le había sucedido algo…

Abrió la puerta antes de que el matón la derribara a golpes…

“¿Qué sucede a estas horas de la noche? –preguntó–. Debe ser algo serio, me imagino…”.

La fiera, que lo miraba con una mueca de impaciencia, no dejó que terminara otra frase…

“Venga conmigo, doctor. Es urgente y perdone la molestia a estas horas, pero… ¡La chica se nos va! Ocurrió algo extraño –el hombre hablaba con apuro y parecía consternado–. Hoy por la tarde, cuando fuimos a recibir la carga que llegaba, a pocos metros del muelle, antes de que la chata atracara, una de nuestras pupilas se tiró al agua…”.

El doctor Alcides Mondino preguntó cómo había podido ocurrir algo así. Y luego los acusó:

“Seguramente ustedes no trataron bien a esa muchacha, si no, no se hubiera arrojado al agua, y menos a esas horas”.

“Doctor, los tripulantes de la chata no se lo esperaban. ¡Se lo aseguro! Durante el viaje nos contaron que la papusa cantó algunos tangos y que a varios de los nuestros les arrancó un suspiro. En fin… ¡No la vieron venir! ¡La muy zorra se tiró al agua nomás!… La pescaron a fuerza de remo y gancho. En fin… ¡Todo un laburito…!”.

“¿Me está diciendo que una de sus chicas se ahogó?”.

“No exactamente, Doc… ¡Apúrese! El Sapo me alcanzó en el auto. Necesitamos que la asista. La muchacha está en el burdel, en el dormitorio de la Aurora… Usted ya lo conoce”.

Entendido el pedido del emisario de la casa del Petit Trianón, el doctor Alcides Mondino pidió que lo esperaran. Dijo que ajustaría cierres de su casa y los acompañaría de inmediato. Ingresó en cada uno de los cuartos y se aseguró de que las ventanas estuvieran con las trabas correspondientes, después tomó la manta que tenía extendida en la cama del dormitorio y se apresuró a cerrar la puerta de entrada.

Los dos rufianes lo aguardaron sentados en un lujoso Lancia último modelo. Mientras el doctor Alcides Mondino subía en el asiento trasero del coche, no pudo dejar de pensar en el horrible destino de la pobre infeliz que debía atender en el Petit Trianon. “¡Qué locura y en esta noche tan fría!”, pensó el doctor. “¡Pobre muchacha, caer en las redes de los traficantes de blancas! Ser cazada como un pez o una sirena”. Las palabras del chofer del mafioso al que llamaban “Señor Enrique” todavía resonaban en su cabeza.

El doctor Alcides Mondino se sentía impotente. Le hubiera gustado acabar con el problema de la prostitución en el barrio de Pichincha, pero todavía no había podido hacer nada. Todo estaba muy bien organizado, legalizado… Sólo podía limitarse a ayudar a las pobres chicas, pero seguramente no faltaría demasiado tiempo para que los “Señores del Hampa” cayeran.

“¡Ojalá!”, pensó.

Mientras el Sapo conducía, el Renato, chofer y secuaz de confianza de don Enrique, le contaba con lujo de detalles acerca de la novedosa pesca de la polaca que acompañó con su canto a la tripulación en la cubierta de la chata durante toda la travesía, la que se había iniciado en Entre Ríos y terminado en las inmediaciones del Puerto de Rosario.

“¡Como usted bien sabe, doctor, nosotros nos esforzamos por que las chicas estén bien y vivan cómodas en nuestra zona!”, el Renato seguía hablando, pero el doctor Alcides hacía un rato que había dejado de escucharlo. Faltaban pocas cuadras para llegar y debía prepararse para afrontar un panorama que podía ser poco alentador.

Al llegar a la acera empedrada del lupanar, el doctor Mondino aspiró una última bocanada de aire fresco. Casi siempre en el interior del burdel, el olor a violetas del patio lo aturdía un poco. Todas las pacientes que atendía en ese lugar olían del mismo modo, aun cuando estaban enfermas… Sí, las chicas olían a flores, a jazmines o rosas y… a permanganato, lo sentía cuando se inclinaba para revisarlas.

Apuró el paso cuando pisó el porche del Petit Trianón y luego atravesó el portón que lo condujo al interior de un patio rectangular, de piso de mosaicos combinados en un juego de cuadros blancos y negros. Llegó al salón de recepción y pasó por delante de una vitrola muda que estaba ubicada en un rincón rodeada de varias sillas tapizadas de blanco. El silencio absoluto de la sala hizo que se diera cuenta de que quizás era más tarde de lo que él había imaginado. ¿Serían las cuatro de la mañana?

Al fin ingresó en el cuarto. La muchacha estaba tendida en la cama de una de las pupilas. Tenía pegado al cuerpo todavía húmedo un camisón de seda color marfil.

Seguramente los ayudantes de Don Enrique la habían cubierto cuando la acostaron en la cama. La prenda sería propiedad de alguna otra muchacha que vivía en el burdel. Se trataba de un atuendo fino, quizás proveniente de otro país, y dejaba en evidencia el nivel de calidad con el que se trabajaba en el lugar. Una bella prenda de París y un perfume persistente de flores y almizcles adecuados aumentaba la tarifa y el deseo de los hombres de alcurnia que frecuentaban el mejor sitio de citas del renombrado barrio de Pichincha.

El médico se inclinó y tomó una de sus muñecas, presionó la piel para tomarle el pulso y notó que apenas si podía percibirlo. Fue entonces, cuando quiso comprobar la expresión del rostro de la chica, que comenzaron a rondar por su mente unos versos que lo acompañaban desde que era muy chico. Unos que su madre le recitaba para que durmiera tranquilo y no soñara con fantasmas:

 

“En los viejos troncos, en las margaritas,

las ninfas del bosque tienen sus casitas.

Adornan la sala con frutilla rojas,

tejen cortinados verdes con las hojas…”

 

“La chica es tan hermosa como una ninfa”, se dijo el doctor. Y después no pudo evitar pensar con angustia: “Es sólo una pobre mujer atrapada en un castillo que no es castillo. ¡No es un hada, ni una ninfa! Es una joven que será una prostituta, atrapada en un lupanar…”.

El hecho de sentirla viva alentó al doctor a decidirse a ponerla de espaldas y así poder auscultarle los pulmones. Quería comprobar si aún tenían agua. Le pidió ayuda a uno de los rufianes que se había puesto a su lado para seguir de cerca la revisación.

“Renato, manténgala de costado. Necesito la espalda desnuda para poder revisarla”. El Renato obedeció de inmediato y sostuvo con fuerza a la muchacha. “Bien. Todo está perfecto. Aún está muy débil, pero se recuperará rápido. Tráiganme un plato de sopa caliente y un té con limón y azúcar. Debe comer algo. Es importante que se despierte lo antes posible. La necesito con ánimo para que pueda moverse”.

Dicho esto, el doctor Alcides enderezó el torso de la mujer y lo apoyó encima de varios almohadones que le sirvieron de sostén para mantenerla erguida contra el respaldar de la cama, después se dio vuelta para comprobar que el Renato obedeciera la orden.

“Enseguida vuelvo con lo que me pidió, doctor. Espere unos minutos que le consigo todo”. El rufián salió a paso ligero hacia la cocina y el otro que lo secundaba se le acercó para decirle algo al oído: “Perdón, doc, si a usted no le molesta quedarse solo unos minutos con la chica, yo necesitaría ir al baño. Tanto trajín… Usted sabe”.

El doctor le dijo al segundo acompañante que se fuera, que no había problema, pero le pidió que cuando regresara del baño pasara por una de las habitaciones y le trajera una manta.

“La mía no alcanza, es una noche muy fría y la paciente debe estar abrigada”.

El doctor Alcides Mondino se quedó al fin solo con la muchacha que aún no despertaba. “¡Qué carajos! Ya tendría que haber reaccionado. Quizás esté agotada o tal vez…”. Se acercó inconscientemente a la boca de la chica. “Me gustan sus labios. Está tan pálida… pero, ¡qué hermosa es!”. Y sin poder evitarlo, la besó. Era la primera vez que le pasaba con una de las chicas del burdel.

El beso duró poco. Presa de una vergüenza súbita, el doctor Alcides se enderezó en la cama y decidió seguir con sus exploraciones de médico avezado. Procedió a descubrir el cuerpo de la muchacha por completo. Quitó las sábanas de lino blanco que le cubrían las piernas y las tiró mal dobladas a los pies de la cama. Fue entonces cuando los vio. Sus pies… no eran pies, más bien parecían unas patas de rana aún sin desarrollar. Las membranas de unión de unos dedos con otros aún no estaban completas. Macilentas y de contextura rugosa afeaban el bello aspecto de sus piernas.

“Sindactilia”, pensó el doctor Alcides Mondino. El término era nuevo y lo había leído en unos manuscritos que su profesor de fisiología le había permitido hojear.

“¿Vio, doctor? Era lo que queríamos que usted viera. La chica no nos va a servir. ¡Quién le va a querer dar uso con esos pies de pescado!”.

La voz que escuchó el doctor detrás de su espalda sonó como de ultratumba. Coincidió con el retumbar de un trueno que se desprendió del cielo, rebotó en la pieza y se disparó hacia el patio. La tormenta se había desatado y la lluvia se metió a chorros en el salón a través de las goteras del techo de chapa.

 

En los días siguientes, el doctor Alcides Mondino visitó a la muchacha que lo recibía con una sonrisa, pero sin emitir palabras. Hospedada en el Petit Trianon y dotada de tal belleza, nadie se animaba a descartarla, ni siquiera la Rosalía, la meretriz encargada de la sala de reuniones, que no se atrevía a tocarla ni a retarla, porque decía: “¡Cuando los visitantes la escuchan cantar dejan de chamullar! Y la fila de los que bailan… ¡Ni les cuento! Todos siguen la rueda de figuras sin errores ni malas posturas”.

Después le contaría al mismísimo doctor Alcides Mondino: “La chica no habla, doctor, sólo sabe cantar en francés y sus pies de pescado parece que no la dejan caminar. Se mueve poco. Además, cuando alguien de nosotras le levanta la voz, ¡se pone a llorar como una niña! Igual nos la quedamos –prosiguió–. A nuestros clientes les gusta. A mi Renato le resulta valiosa. ¡Y es verdad! Con ella se juntan varias latas. El público muere por escucharla”.

 

Los días pasaban rápido para el doctor, que vivía una felicidad inédita, pues visitaba a la cantante casi a diario para saber de su estado y revisarle los pies. En cambio, para ella, el tiempo transcurría lento y enmarañado en un enjambre de añoranzas y extrañezas. De vez en cuando las chicas del burdel la escuchaban llorar.

“Creo que extraña a alguien, a una hija que tiene en París. Por las noches la llama en sueños. Es un nombre de mujer. Lo sé porque mi abuela se llamaba igual”, había contado la madama Rosalía.

El doctor Mondino sabía que para la muchacha sus pies no eran el problema. Las membranas que envolvían parcialmente sus dedos no le eran impedimento para caminar ni bailar, ni para desplazarse. Sí le preocupaba la constante melancolía que parecía sentir y su incapacidad para comunicarse con los demás.

Una tarde de carnaval caldeada y agobiante en que la muchacha quedó sola en el Petit Trianón, el doctor Alcides Mondino la invitó a salir. Eran unos pocos días al año en que se les permitía a las chicas de las casas de tolerancia salir de sus cuartos disfrazadas para que, apoyadas contra las paredes del burdel, invitaran de una forma diferente a los hombres que pasaban por el lugar. Un lanza-perfume, un puñado de papel picado o una serpentina bastaban para llamar la atención.

Sin nadie que se lo impidiera, el doctor ayudó a la chica a subir a su Ford T casi nuevo. Le habló del río, al que llamaban “Paraná”, y de las aves que sobrevolaban la costa y tenían sus nidos en las islas.

“Un avistaje de aves te gustará, además podrás ver los bancos de arena que se forman frente a la zona del centro de la ciudad”.

Buscaron la canoa con motor que estaba guardada en los galpones del Club de Pescadores. La barca apenas flotó en el agua y quedó encallada en un mar de camalotes y ramas podridas. El doctor logró separar el incómodo lastre con un remo. Cuando el camino quedó libre, la nave rumbeó con velocidad hacia un horizonte de arenas amarillas y campos de sauces llorones. Vieron algunos biguás que se sumergían en busca de peces y a una garza rosada que volaba rumbo a la playa.

A “la chica del río”, como él solía llamarla, le gustó el paseo. A la deriva y casi llegando a la costa contraria, el doctor se sentó a su lado y la abrazó para sentirla suya. Ella no se resistió y apoyó la cabeza en el hombro de él, después lo miró y le tomó la cara para besarlo en los labios.

Alcides Mondino degustó ese beso como si hubiera sido el único que hubiera recibido en su vida. La retuvo unos minutos más para lamer esos labios suculentos mojados de sal. Supo que otra vez ella lloraba.

Fue en el momento en que quiso poner de nuevo el motor en marcha, cuando escuchó un ruido por encima de su hombro, seguido por un chapoteo de aletas en el agua. Giró despacio por miedo a comprobar lo que temía: la chica se había arrojado al río.

El doctor la buscó en los remansos y en el oleaje que, a esas horas de la tarde, formaba el viento en el agua. La buscó recorriendo la costa con el motor en marcha, hasta que se quedó sin combustible y siguió navegando a la deriva sumido en otro mudo arroyo de lágrimas.

Supo al fin que ella se había ido. Que quizás llegara con la corriente al estuario que buscaba. Un río, un mar… Un camino de regreso.

 

 

 


Autora:
Analía Rodriguez

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