Publicado en: 19/07/2026 Alejandro Álvarez Gardiol Comentarios: 0

A quienes, por amor, por valor o por

cualquier otro elevado fundamento,

hicieron de su espera interminable

algo mayor que un mísero lamento. *

 

El 12 de septiembre de 1812, don José de San Martín y doña María de los Remedios de Escalada contraían matrimonio en la Catedral de Buenos Aires. Ella no había cumplido lo quince y, diez años más tarde, como tantos románticos de la historia, fallecía como consecuencia de la tisis**. No hubo remedios para Remedios, tan pálida y lánguida, tan bella y melancólica.

Ninguna historia puede contarse dos veces exactamente del mismo modo, incluso el más leve cambio de ritmo o dicción produce una historia diferente. Por lo tanto, somos lo que decimos que somos. Lejos de toda intención revisionista estamos persuadidos de que la historia ha sido injusta con la esposa del Libertador. Presentamos aquí una carta fechada en enero de 1813, que la joven dirige a su amiga Carmen María de los Dolores Pineda de Lugo.

Mi querida Carmencita:

Dos meses ha desde aquel día en la Catedral en el que celebramos nuestras nupcias. Y desde entonces lentas transcurren mis horas en la casa aguardando, ansiosa, noticias de mi insigne coronel, tan lejano, tan altivo. Ha partido al mando del Regimiento de Granaderos, bordeando el Paraná, en secretas misiones. Me imagino a los jinetes luciendo con orgullo sus inmaculados uniformes, imperturbables al calor de este enero sofocante. Al frente él de su tropa, esos soldados quienes, a juzgar por sus jubilosas miradas, más bien parecían deseosos de andar mundo y de placeres, que de enfrentar la muerte en los sangrientos combates que los esperan.

Dicen las malas lenguas que en toda epopeya hay lugar para la juerga, y que es propio de los hombres tener por livianas a todas las mujeres, salvo a sus madres y a las santas de los altares. Mas no ha de ser así mi buen señor, lejos estoy de consentir tan ruines hablillas ¡Jamás! Breves han sido nuestros días, es cierto, empero, siempre atento a mis menores caprichos se ha avenido sin reparos. Su alma es íntegra y sincera, siéntolo en lo más hondo de mi ser. Si así lo quiere Dios, he de darle muchos hijos que sigan su ejemplo, para honra de su heroica y gallarda figura.

Bendigo la suerte de haber desposado a este hombre recio y valeroso. Militar, sí, pero de vasta ilustración, muy por encima de los galanes que en tertulias se presentan prodigando cumplidos, besamanos y cortejos vacíos. Bien es cierto que muy moza soy para tan definitivo compromiso, y que añoro las fiestas, los coqueteos y los bailes. Mas he sido yo la elegida, y he de apartar para siempre esas mundanas distracciones.

Os escribo y no me reconozco. Pensar que en un principio rechacé este enlace, y hasta  quise huir, debo decirlo. Veíalo más padre que marido y, sin embargo, hoy evoco su aguerrida estampa y el corazón me da un vuelco. Anhelo recibirlo vencedor y curar yo misma, una a una, las heridas de sus luchas. Y si necesario fuere, vendería mis alhajas para que disponga de ellas, aunque nada ya me quedase por lucir.

Madre, lo sabéis, juzga con recelo y nunca ha consentido nuestra unión. Lo considera un hombre ordinario, indigno de una familia cual la nuestra. Pero eso ha dejado de importarme y he olvidado sus palabras.

La última tarde de paseo vi en su rostro severo una dulzura apenas insinuada. Sus recias manos rodearon mi cintura, y al acercar sus labios a los míos sentí un temblor como de vuelo ¡Ay, Carmencita!, sueño aún con aquel beso, lento y pleno. Luego díjome que partiría antes del alba.

Y tanta dicha encuentro en sus cartas, en las que describe pajarillos de vivos colores, tardes fragantes cabalgando entre espinillos y ceibales. Cuéntame que en los acampes, entre charquis, galletas y mate, repasan la estrategia de la siguiente jornada. Conoce a la perfección tanto a los oficiales como a cada uno de sus soldados, y me confía su afecto por un correntino diligente y leal que sobresale entre la tropa.

Que Dios los guíe, los proteja y los traiga a salvo. ¡Presiento, Carmencita, que el día…

——————————————————————————————————-Este último párrafo y la firma están cubiertos por una mancha amarronada tornándolo ilegible. De todas formas, vemos con claridad la profunda devoción de la joven hacia nuestro prócer, y el estoicismo con que aceptó una espera indefinida, dejando atrás su hasta entonces despreocupada existencia.

Y mientras él se batía en feroces contiendas, ella, con idéntica bravura, luchaba con otro enemigo tan minúsculo como letal: el bacilo de Koch. El estado de salud de Remedios era acuciante y angustiaba sobremanera a San Martín, como se puede ver en la carta que escribió a Nicolás Rodríguez Peña y en las que recibió de Tomás Guido y Blanco Encalada en los meses junio y julio de aquel aciago año que presagiaban el triste final.

* Anónimo

** Casi un siglo después de su muerte la vacuna contra la tuberculosis (BCG) comenzaría a aplicarse en humanos.

 

 


Autor:
Alejandro Álvarez Gardiol

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