Si hubiera un mañana te elegiría de nuevo. Te buscaría una y mil veces entre las hendiduras de las piedras bañadas por el agua del mar, en las superficies planas de las rocas tapadas con babas de musgo y en el fondo oscuro de las piletas infinitas que se forman con el agua de las olas atrapada en los hoyos del granito gastado.
La tarde en que caminé entre las rocas de la Rocalla de Curazao te vi espiándome, escondido detrás de la mirada estrábica de un cangrejo que corría por la superficie de la gran piedra rugosa. Era un bicho grande y rayado, parecía dibujado con trazos en violetas y verdes y, cuando se paraba, porque yo me acercaba, se quedaba muy quieto, camuflado en un gris de tarde nubosa. Otra piedra. Fuiste más que una piedra en mi camino. Hace tiempo que te busco. La tarde en que te encontré en la roca, yo quería aparearme contigo. Correr de costado y sentirte encajado en mi coraza de nácar. Corrí y te perseguí hasta tu escondite. Te escondiste del todo en una hendidura profunda; entonces supe que no serías mío, que debía buscarte en otro lugar. Debías estar en otro lado…
Despierto de golpe. Estoy en Panamá, mi destino. Debo buscar a la vieja que me habla de noche en sueños. La que tira espuma por la boca porque tiene sed. La que fue abuela de mi abuela y conoció al pirata que estoy buscando, el que corre de costado y se esconde entre las rocas. El descendiente de una estirpe maldita.
–Señorita, debe ajustar el cinturón de seguridad y colocar el asiento en vertical.
“Lo siento, querida, aquí en Panamá no queda nadie con ese apellido. A los Morgan se los llevó el agua. ¡Gracias a Dios!”, estas fueron las palabras de mi prima la última vez que estuve en la Ciudad Vieja. Las pronunció con frialdad y casi con asco. Supe el porqué de su odio.
De la conversación con mi pariente transcurrieron tres años, tiempo en que decidí volver a visitar a mis familiares en Panamá o a los que quedan del clan de los Ortiz. Mi abuela, según escribieron mis primas, está muy débil.
El Uber que tomé me lleva por calles céntricas de un tráfico complicado que fluye a través del conglomerado de construcciones lujosas y torres de paredes espejadas. Un edificio de intermitentes placas de vidrio verde se retuerce en el horizonte. El auto sigue subiendo por el pavimento de un negro asfáltico de una ciudad que parece haber renacido hace apenas unos años. Algunas nubes grises amenazan tormenta. Nos alejamos del lugar. Atrás quedan la costanera y el mar y la isla de edificios celestes. Un cielo plomizo anuncia agua. Es el agua que necesita Panamá para que pasen los barcos. El agua que necesitan los lagos, el agua que atraviesa compuertas y hace subir y bajar los niveles. El agua que vale oro en Panamá.
Estoy por llegar y preparo el cambio en dólares. A dos cuadras del lugar, alcanzo a ver las construcciones de estilo colonial de la Ciudad Vieja. Pasando el puesto de los gendarmes que custodian las manzanas que conforman el Casco antiguo, el móvil para y bajo…
Mi abuela está débil, pero en realidad no echa espuma por la boca, ni tampoco tiene sed. Una caterva de primas jóvenes se acerca al lecho para asistirla. Se turnan y no discuten. Decido colaborar con ellas y pido cuidarla durante tres días. Es el tiempo que, estimo, durará mi estadía en Panamá.
–Abuela, tuve un sueño muy extraño en mi viaje hasta aquí. Soñé que alguien me decía que pertenecíamos a una estirpe maldita. Mis primas no quisieron contarme en detalle la historia, pero necesito saber si es verdad que todas llevamos en las venas la sangre del pirata Morgan. ¿Es cierto eso, abuela? ¿Somos descendientes de ese hombre?
La abuela me mira con sus ojos acuosos de un negro vedado y permite que le ofrezca unos sorbos de agua. Es mi primer día como su asistente. Está sentada en un sillón de pana verde gastado, apunta con su dedo índice hacia un libro de la biblioteca de la familia. Se queda ahí con su dedo extendido. Apoya de nuevo la mano en la falda y no duda en responder:
–Sí, hija, todo empezó pocos días antes de que hubieran colocado la placa en la Roca. Aquella que, recuerdo, decía: “Ciudad fortificada de Portobelo. 1671. En el año de nuestra Patrona, la Virgen de la Asunción, y sus santos seguidores”. No dudo que desde la mañana en que ese infeliz puso el pie en esta tierra estaba seguro de una cosa.
–¿Seguro de qué, abuela?
–El pirata estaba seguro de que un maldito embrujo lo perseguía –la abuela traga saliva y prosigue con un relato que no me animo a interrumpir–. Algunos de sus hombres habían muerto por picaduras de alimañas a los pocos días de iniciada la travesía. Otros apenas se arrastraban entre la hojarasca embarrada con olor a alcohol. El pirata Morgan tomaba whisky para calmarse, convencido de que el vaho dulzón de la bebida taparía el hedor inmundo que se respiraba. Porque en la selva a veces se respira mierda ácida. ¿Sabes, hija? El barro podrido tiene olor a mierda. Sí, eso era. Y la selva. Y después la noche. La noche abrazaba a la selva que en esas horas no era muda. Aullidos de monos aulladores, el chillido de un águila arpía empollando en la copa de un cuipo muy alto. Bramidos de toda clase hacían temblar a sus hombres: el de los jaguares y el de los pumas, y quién sabe qué otros monstruos, casi lo dejaban sordo. Pero lo peor eran los bichos más pequeños, como las hormigas aztecas que mordían si por un descuido alguien osaba rozar sus hormigueros colgantes. Otros bichos picaban a la soldadesca en silencio y se llevaban a unos cuantos en un sueño de delirios con olor a muerte. La fiebre acechaba como un jaguar sigiloso esperando a su presa; varios de sus hombres ya la padecían. Y aun después de pasada la primera semana, el corsario no tenía todavía la certeza de llegar a la ciudad que se escondía en un mar de vegetación, pantanos y criaturas.
–Y el diablo puso el pie en nuestras tierras, ¿no es así, abuela?
–Sí, por desgracia sí. Una madrugada de un día de enero, cuando el calor atormentaba, la tropa de energúmenos llegó a nuestro pueblo y lo incendió todo. El hedor de los muertos se hizo insoportable. Como una tormenta con olor a carne quemada la pesadumbre de la muerte se trepó a los hombros de los vivos y los oprimió de a poco, con un cansancio de años. “¡Capitán Bradley, quemad las chozas de barro! ¡Estorban! Una pira en el centro viene bien, quemad todo lo que no sirva”. Esa fue la orden que el forajido dio a sus hombres, la frase traducida está en la memoria del pueblo. Nadie jamás la olvidaría. Muchos contaron que el grito de los ahogados por el humo se mezcló en el aire y la selva se calló de golpe, presa del espanto. La ciudadela de nosotros, los católicos, ardió en llamas y, como un mártir, se consumió en un mar de lamentos, angustia y lágrimas. Muchas lágrimas. ¿Sabías que los lagos de Panamá están formados de lágrimas? Nuestros soldados no pudieron contener el asedio de la Ciudad Vieja y un ejército de ángeles de la Muerte tomó las casas, los edificios y aplastó con su pie de plomo a las familias pudientes. Se apoderó de nuestros hogares para descansar luego, para volver a saquearlas después, hasta que las dejó vacías. Así fue como duró unos quince días la toma de la ciudad de Portobelo y el ultraje a nuestra gente.
Se le secó la boca a la abuela. Tanto hablar, se hicieron las once y el chistido de una de mis primas jóvenes nos hizo recordar que debíamos dormirnos y dejar la historia para otro día.
Nunca comprendí por qué el Capitán quedó tan turbado conmigo. Tiempo después supe que fue por mis tetas. Así me lo dijo su paje, que hablaba un español mal aprendido. Que gustáronle mis pechos y que quería besarlas y que, la noche en que cerró sus ojos, las dos bamboleáronse sobre su cabeza en un baile que le mantuvo despierto pasada la medianoche.
–Toma, querida, es la carta que doña Ofelia Ortiz escribió a su prima Blanca. En ella conocerás el extraño embrujo que persiguió a Morgan durante toda su vida. ¡Léela!
Así decía una parte del escrito que a la mañana siguiente la abuela me dio para que leyera. Volvió a señalar con el dedo índice el libro que yo no había podido alcanzarle el día anterior y lo abrió en el lugar en donde estaba escondida la carta. Comencé por el principio y la leí en voz alta:
Querida Blanca, mi apreciada prima:
¡No sabéis cuán alegre me hallo de que estéis a salvo! Sabéis, además, que os quiero con todo mi corazón, pero motivos mayores me impiden volver a la ciudad, pese a que la invasión ha cesado. Lo cierto es que me recupero de un parto. He parido una niña. ¡Ay, cuán fermosa es! ¡Ya lo veréis cuando torne con vosotros y os la muestre! Por ahora prefiero permanecer oculta unos meses más. Temo que vuelva el maldito Capitán y me lleve consigo. Preguntaréis si el pirata Morgan me busca aún. Yo no tengo respuesta cierta, mas, conviene que conozcáis algunos detalles de mi escueta historia con este varón.
Cuando le vi por vez primera, desde la habitación de nuestra madre, supe que quería tirárseme encima. Era la primera noche del asalto de Portobelo. La ciudad todavía ardía y los llantos de todos no dejaban reposar. Nuestra familia, los Ortiz de Navarra, imploró la clemencia del Capitán y el bárbaro pensó que no sería mala idea perdonarnos la vida. Nuestra casa, ya sabes, la más señorial del poblado, le pareció fastuosa y las estancias grandes le resultaron convenientes para albergar a sus hombres, al menos a los de mayor rango.
Mas, como te contaba, el Capitán no podía dormir. Primero vio la jofaina a través de la puerta del aposento principal. “Las puertas no deben cerrarse”, avía ordenado. El cuenco se movía y chorreaba agua. Vido luego mis manos mojadas que subían y bajaban y lavaban el par de tetas, y me enteré después por boca de su intérprete que “el Señor quedose encantado con mis blancos pechos como la luna y con mis dedos que acariciaban dos negros terrones que los coronaban, y que pudo ver después el resplandor de mi rostro y mi negra cabellera de pantera que caía en cascada sobre el llano de mis juveniles hombros” (así de poética quedó la declaración, como el modo de un juglar que le canta al amor) y, según entendí esa misma noche y sin traslación mediante, la erección del hombre pudo más. El pirata entró en mi alcoba y mis gritos sofocados por su mano ruda apenas se sintieron. Todos estaban muy cansados y el día era terminado. También las ganas del desgraciado avían cesado. El cansancio lo dejó rendido a mi lado. Yo, ¿entiendes?, gemía en silencio. Nada se podía facer, el diablo era llegado. El que dormía a mi lado. El que avía terminado con todo. Morgan era su apellido. El más temido…
–¿Sabías, mi querida, que la pobre Ofelia lloró todos los días mientras duraron los saqueos en la ciudad? ¿Te imaginas su sufrimiento? ¡Su honor mancillado y el apellido de la familia roto, a manos de un criminal! ¿Y sabes cuál fue la peor de las deshonras? ¿Acaso lo sabes?
–Claro que sí, abuela. La niña que Ofelia tuvo era su hija, pero no podemos culparnos por llevar nosotras la sangre de tal forajido. Debemos seguir cada una con nuestra vida, sin pensar en que ni un gen de ese asesino nos corre por la sangre.
–Sí, querida, debe ser así y… ¿cuándo te irás?
–Mañana, abuela. Vine a escribir un artículo para la revista en la que trabajo. Mañana me voy para la zona del Canal. La persona que debo interrogar trabaja allí.
–¿En la zona del Canal de Panamá? Suerte con eso, mi niña. Recuerda, además, que no es bueno estar sola en este mundo. Busca a alguien que te corresponda y te quiera.
Besé a la abuela. No supe si la vería al día siguiente; tenía pensado irme temprano.
Durante la noche, mientras me dormía, la imagen del cangrejo que corría por roca de Curazao vino de nuevo a mi pensamiento. Está vez, y antes de que mi visión se terminara, lo tomé por los costados y dejé que agitara furioso sus pinzas rosadas, entonces me apuré a rozarle con mi lengua la panza nacarada y lisa, dura y mojada con gusto a sal. La lamí dos veces. El animal se aplacó unos momentos y juntó los ojos para mirarme. Yo lo amaba…
La luz de mi celular desde la mesita de luz me avisa la entrada de un mensaje nuevo. Lo había olvidado…
–Hola, buenas noches, ¿mañana nos encontramos?
–Sí por supuesto. Perdón por no haber podido llegarme hasta el centro.
–Ok. No hay problema. Nos vemos mañana.
Sentada en el bar con vistas a la Esclusa de Miraflores, veo pasar el último de los buques que transita al mediodía. Es el Queen Elizabeth que, de tiempo en tiempo, atraviesa el Canal de Panamá para pasar al otro lado del océano. Es conducido por hilos de cables de acero y cuatro locomotoras lo empujan despacio para evitar que el casco choque con las paredes de cemento del canal. El barco, mientras atraviesa el canal, sólo es guiado por un técnico. Es el “pasabarcos” como aquí le dicen. Es esta persona con magia en las manos la que estoy esperando. Faltan unos minutos. Le pido un café. Él es puntual.
–¡Buen día! ¿Arrancamos ahora? ¿O nos tomamos primero el café que me debes de anoche?
–Como vos quieras. ¿Estás preparado para la entrevista? Primero te pregunto acerca de tus antecesores. Tu familia de técnicos es la más antigua en la profesión. Después me contás un poco en qué consiste tu trabajo y cuáles serían tus aspiraciones en un futuro.
–Demasiada información, ¿no te parece?
–No es necesario que lo cuentes todo, es una nota para interesar a los turistas.
–¿Y si les digo que mis manos trabajan solas, guiadas por algo? Una pasión que nos lleva a atravesar atajos, canales de aguas que suben y bajan y conducen siempre a un mismo lugar. Al otro lado. Al agua.
–¡Síii, como te guste! Cada uno de nosotros busca algo. Yo busco cangrejos en las rocas. Son amantes que quiero y no encuentro. Otros buscan oro en sus viajes y no reparan en nada más. ¿Sabías que llevo en la sangre los genes de un pirata avaro y descarriado, que se llevó de Panamá ciento setenta y cinco mulas cargadas de oro? Jamás volvió para buscar a nadie. Murió sin saber que tenía hijos y sin creer más en embrujos. La vida siempre le había dado todo, según él.
–Y tú… ¿sabías que en mi profesión guío barcos para evitar que choquen? ¿Y que me gusta enderezar rumbos equivocados? Y… ¿sabés que creo que nos llevaríamos bien? Mañana… ¿tomarías otro café conmigo? Sería después de las dos, cuando dejo de trabajar…
Lo miro en silencio y le digo que sí.
Autora:
Analía Rodríguez
