Publicado en: 18/10/2025 Lisandro Lenski Comentarios: 0

El encargo del agente M consistía en averiguar a quién pertenecían unas hectáreas en el Valle. Un asunto prioritario, había dicho, y que no escatimara recursos, que de ser necesario corrompiera voluntades. Sin embargo, había fracasado en las búsquedas en el registro público de la propiedad, incluso ofreciendo jugosos sobornos. Entonces tuve que encontrar alternativas. Yo ya conocía a Francesco el calabrés y él me había gestionado la reunión con Tomás, un particular que manejaba información confidencial.

 

Llegamos pasado el mediodía y en el cielo brillaba el sol, pero se avizoraban nubarrones a lo lejos. La última semana habían arreciado lluvias intermitentes. Olía a tierra mojada, se mezclaban yuyos, barro, y cascotes secos. De afuera su casa se vislumbraba como un bunker. Sospeché que quizás el descuido fuese intencional. Con aquella apariencia, la casa evitaba la ostentación, como un camuflaje. Dimos la vuelta, rodeamos una ciénaga, silbamos y, desde arriba, escuchamos una voz. Subimos una escalera de cemento con varillas de acero visibles en los peldaños. Encontramos a Tomás de pie como una maceta en medio de la terraza, descalzo, con un pareo y una camisa florida. Me presenté, dijo que me escuchaba un acento familiar. Soy rosarino, dije, de la Sexta. Ah, contestó Tomás, ¿un barrio? Asentí. Nos descalzamos antes de entrar. Yo soy de Buenos Aires, mi hermano fue funcionario público muchos años, dijo.

 

Adentro, un espejo ocupaba una de las paredes. Reflejaba las ventanas y la selva que había enfrente. Además de una toalla tirada en el piso, una cama, una cocineta con vasos y botellas, un escritorio con una computadora, un sofá con ropa encima, eran todo el mobiliario.

 

Nos sentamos los tres en el escritorio frente a la computadora. Un rottweiler enorme salió de atrás de la cama y vino a meterse abajo del escritorio. Se acostó pegado a una caja fuerte, con las patas delanteras cerca de la cabeza. Pude verle los testículos entre los muslos. Yo recogí las piernas. Tomás, mientras, iba recorriendo con el cursor del mouse los planos en la pantalla de la mac; un relevamiento de propiedades en Samaná. Dijo sin mirarme: tranquilo no hace nada.

Contó anécdotas de cada parcela saltando atolondrado de una a otra con múltiples digresiones. No cerraba la boca. La que les pasé es de un consorcio familiar que quiere dejar un legado, los Álvarez, dijo. Y les interesa que los proyectos sean de baja densidad, José Álvarez y yo nos llevamos bien, continuó.

 

Tomás eructó y pidió perdón. Se puso de pie, se acomodó un mechón de pelo que le cruzaba la frente. Fue hasta la cocineta y regresó con una botella de agua y dos vasos que apoyó en la mesa. Los vasos tenían marcas de varios dedos. Nos ofreció agua a Francesco y a mí. El calabrés miró los vasos sucios y le agradeció, pero no aceptó. Yo tenía sed y le dije que sí, que gracias.

 

Recibí un mensaje del agente M con un signo de interrogación. Sentí una presión en el cuello, como si me estuviera ajustando la correa a la distancia. Tomás retomó las explicaciones. Las parcelas que estaban determinadas por el color celeste correspondían a proyectos con asociados. Son nuevos ricos de las cripto, los de Tulum, un grupo de dentistas y una comunidad de mujeres, ¿entendes? Le miré la saliva seca en la comisura de los labios. Si, dije, como las amazonas. Algo así, respondió Tomás.

Mi teléfono sonó, miré la pantalla y era M, pensé en no contestarle, pero lo hice. ¿Puedes hablar?, preguntó en un tono que era a la vez una orden. Hola, si mi amor, contesté. Tapé el micrófono y dije en voz baja que era mi novia. ¿Conseguiste algo?, dijo M. Claro que si mi vida, estoy reunido, después te hablo. Más te vale. Y colgó. Me dejó despidiéndome al vacío. Crucé las piernas. Volví a prestarle atención a Tomás que se había quedado callado y sonriente, con los ojos bien abiertos como con ganas de seguir la conversación o mejor dicho el monólogo.

 

Tomás puso el cursor del mouse en un plano catastral. Esta es la propiedad de Karim. Alrededor fui constituyendo poco a poco una zona de amortiguación. Impiden el paso de los que la quieren depredar, dijo. Yo no tenía idea de quién era Karim, pero por el breve intercambio de palabras entre Francesco y él entendí que era un saudí que había quedado enredado en un asunto de deslindes y Tomás lo ayudaba con las gestiones. Es una zona que debe ser preservada por motivos biológicos y energéticos. Hay que crear conciencia, dijo.

 

 

Hasta que al fin llegó al punto que me interesaba. Bueno, esta es la propiedad de José, dijo Tomás. Francesco y yo nos miramos de reojo, él me tocó el brazo con el codo ¿De casualidad vos tenés algo que ver con unos de Cabarete?, preguntó Tomás, porque justo unos tipos me llamaron por la misma parcela y esto no es un negocio para pescadores, eh. No, claro, contesté. Ah, me parecía mucha coincidencia, dijo. A José lo conozco porque le entablé cincuenta y ocho demandas. Entonces él me contactó y quiso conocerme. Ahora tengo el título de esa propiedad y soy su apoderado. Con ese dato ya tenía algo para reportarle a M sin necesidad de gastar del fajo de dólares que me había dado, aunque necesitaba una prueba: la copia del título de propiedad. Cuando se la pedí a Tomás se hizo el distraído o se desentendió.

En cambio, preguntó: ¿tu cliente está al tanto de los montos de una operación de esta envergadura? Veinte dólares el metro cuadrado serían…son ciento veinte hectáreas. Veinticuatro millones de dólares, dije. ¿Vos creés que nos podamos repartir algo?, pregunté. Por eso no te preocupes, aunque acá atrás, y señaló un conjunto de terrenos en segunda línea, podemos pedir menos, pero en realidad ganamos más porque son mías, ¿entendes?

 

Yo, por un lado, operaba para el agente M, y por el otro establecía un emprendimiento propio y al mismo tiempo evitaba despertar sospechas. Nadie haría un negocio así sin pedir nada a cambio. El amo era siempre el agente M, sus tentáculos alcanzaban los rincones más oscuros del universo. Nunca podría escaparme.

 

Debajo del escritorio, el rottweiler levantó la cabeza, abrió la boca, pasó la lengua por los colmillos y volvió a la misma posición de antes. Alguien llamó a Tomás desde la puerta y él respondió que estaba ocupado que no lo molestaran. Yo giré el cuello y vi a un hombre fornido parado en el umbral. Lo miré bien para estar seguro de lo que veía. Parecía hecho de roca maciza y tenía en los hombros dos peñascos. Era como un monte Rushmore dominicano. Tomás señaló la caja fuerte, dijo que ahí tenía guardados los títulos de los terrenos. La caja fuerte era de medio metro de altura por más o menos el mismo ancho y estaba abajo del escritorio pegada al rottweiler. Contenía, entre otros, el título de José, los suyos, y los de muchos campesinos que según Tomás había ayudado y le pagaron los trabajos de topografía con parcelas. La gente humilde es siempre agradecida, viste. Es que los poderosos abusaban de su ignorancia. Con dos pesos y engaños acapararon enormes cantidades de hectáreas con contratos firmados con una X como firman los analfabetos. En una época había filas de campesinos despojados esperando en la puerta de casa para regularizar sus tierras, dijo. Tomás se puso de pie y nos dijo a Francesco y a mí que lo disculpáramos que tenía otras cosas que hacer.

 

Salimos a la terraza. El hombre pétreo le mencionó algo sobre errores de medidas y colindancias. Había quejas de pobladores insatisfechos. Tomás lo mandó a callar. Encendió un cigarrillo. Le miré la mano. Es tabaco con hashish, dijo. Me lo pasó, lo agarré, lo puse en mis labios, le di dos pitadas y se lo devolví. Le pregunté otra vez por la copia del título de propiedad del terreno de los Álvarez y él dijo que más tarde se lo enviaba a Francesco. Pensé que quizás Tomás solo era un charlatán, le dije al calabrés que nos fuéramos y me despedí.

 

Volvimos a la camioneta, arrancamos, y cuando Francesco y yo nos alejábamos de la casa nos cruzamos con un grupo de hombres que caminaban en la dirección opuesta. En sus caras vi rasgos anudados como nubes grises acumuladas y tensas de una tormenta a punto de desatarse. Lo primero que pensé fue en los campesinos que Tomas nos había contado que ayudaba con los deslindes.

Anduvimos en silencio un par de kilómetros. Pensé en el título de propiedad de las hectáreas para M, en que no tenía pruebas suficientes para demostrarle que había logrado mi objetivo. Francesco me miró, y como si hubiese leído mis pensamientos dio la vuelta para volver a lo de Tomás. Mi idea era tomarle una foto al título y enviársela al agente M para que no me castigase.

 

Dejamos la camioneta en el mismo lugar de antes y vimos en el lodo las huellas de una jauría humana. Rodeamos la ciénaga y silbamos como antes, pero esta vez nadie respondió. Subimos las escaleras de cemento y cuando llegamos a la terraza vimos pisadas que iban y venían desde la escalera a la entrada. Llamamos varias veces a Tomás, pero nadie respondía. Dudamos un instante frente a la puerta entreabierta, hasta que entramos. Miramos alrededor. Había sangre embadurnada en el piso y las paredes. En el medio de la sala, boca abajo, yacía Tomás. Lo volteamos con mucho cuidado, un brazo estaba casi desmembrado del cuerpo. Él se quejó. Balbuceaba. Acerqué mi oreja a su boca, decía algo sobre la caja fuerte. El rottweiler estaba en el mismo lugar, pero un surco profundo lo había partido al medio como a una sandía. La caja fuerte estaba abierta, me asomé y había documentos de todo tipo y un arma oxidada. Busqué en la pila, encontré la copia del título de las hectáreas que le interesaban a M y le saqué una foto. Me acerqué otra vez a Tomás. Francesco estaba a su lado en cuclillas y sostenía su brazo cuidando no mancharse de sangre. Intentaba en vano pegárselo al cuerpo como si fuera un maniquí. Entre el torso y el hombro de Tomás había una grieta por la que hubiera podido meter la mano. Tenía la cara pálida como tintura blanca y los labios violáceos. Me miraba porque yo estaba de pie frente a él, pero no me veía, observaba un horizonte invisible. Francesco tenía temblores. Le puse la mano en la espalda sin decir nada. Ya había conseguido lo que necesitaba. Dejamos a Tomás atrás, exhalando sus últimos suspiros.

Cuando atravesábamos la terraza sentí que alguien nos miraba desde la selva. Tuve un escalofrío y Francesco seguramente también porque se agarraba vacilante de mi antebrazo. Bajábamos las escaleras y escuchamos ruidos: ramas que se quebraban, voces, risas. Nos apuramos para llegar a la camioneta. Arrancamos el motor y agarramos por el camino de tierra poceado. Llamé al agente M y le dije con voz monótona que tenía lo que me había encargado. El no dijo nada y colgó. Sentí que algo se me soltaba en el cuello y eso me aliviaba. Unas nubes grises llegaron desde el sur y se largó a llover. Francesco había encendido el limpiaparabrisas. No daba abasto, las gotas caían a raudales. En unos minutos los pozos empezaron a encharcarse.

 

 

Autor:
Lisandro Lenski

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