Al salir de la casa, el frío de la madrugada le disipó los últimos recuerdos del sueño. Cerró la puerta con cuidado para no hacer ruido y buscó la bicicleta que guardaba en el pequeño cobertizo. Tenía que pedalear unos kilómetros para llegar al obrador de la empresa donde trabajaba desde hacía algunos meses. Hacia el desierto un suave resplandor rojizo en el horizonte anunciaba la cercanía del amanecer.
La penumbra envolvía el barrio, una veintena de viviendas prefabricadas que fueron construidas por el gobierno, después de la gran creciente que bajó arrolladora desde los cerros llevándose las viejas casas de adobe. Eloy atravesó las calles de tierra rumbo a la ruta, levantando en pequeñas nubes el polvo acumulado por la historia. Algunas ventanas tenuemente iluminadas revelaban a los pocos mañaneros que tenían trabajo en las fincas vecinas.
Un poco más adelante, sobre la banquina del camino pavimentado, se detuvo frente al pequeño altar de la Difunta para agradecerle por el trabajo que tenía y la salud de su familia. Las ofrendas – botellas de plástico llenas de agua, cuencos de barro con semillas, ramos de flores que misteriosamente parecían estar siempre recién cortadas – se arremolinaban alrededor de la imagen un poco desteñida del cuerpo yaciente de la joven Deolinda Correa con su pequeño amamantándose de sus pechos aún rebosantes de leche. Antes de continuar se persignó rápidamente, avergonzado, como si alguien lo estuviera mirando.
Eloy había nacido hace algunas décadas en ese caserío alejado de la ciudad, a un costado de la civilización. Decían que tenía sus orígenes en el antiguo asentamiento de una tribu Huarpe. De hecho, los siglos no habían podido borrar algunas de sus costumbres y creencias ancestrales cruzadas fuertemente por el cristianismo y la dominación española. Pero donde más se evidenciaba su ascendencia era en los rasgos de su fisonomía, en la piel curtida por el implacable sol sanjuanino.
Tomó fuerzas para subir la última lomada, del otro lado estaba el obrador y el inicio de una nueva jornada de duro trabajo al pie de los cerros. Al llegar, se acercó al círculo formado por sus compañeros al calor de un tambor de chapa donde refulgían las llamas de una fogata. Desde ahí se veían más de cerca las montañas oscuras, amenazadoras en su tamaño y solidez pétrea, pese a que las nubes que flotaban sobre las cumbres ya empezaban a dorarse por el sol aún ausente.
Un camión los llevó hacia el pedemonte donde estaban construyendo las bases de una línea aérea de alta tensión. Cuando bajaron, un poco aturdidos por los saltos y traqueteos del viaje, la luz ya inundaba las casi verticales laderas de los cerros. Un profundo silencio se asentaba sobre la aridez del suelo, salpicado por enormes rocas desprendidas y algunos algarrobos retorcidos por el tiempo y los vientos.
Cerca del mediodía, cuando el calor ya se empezaba a sentir, la cuadrilla se dirigió a donde estaba marcada la segunda base que debían excavar ese día. Se sorprendieron al ver que, en el sitio señalizado por las estacas que había dejado el topógrafo más temprano, había varias retamas cubiertas con sus flores amarillas y algunas jarillas inconfundibles por su aroma silvestre. Las únicas que se habían visto desde que iniciaron los trabajos.
Cuando llegó la máquina excavadora ya habían sacado todas las plantas y el terreno, un cuadrado de cuatro metros de lado, se encontraba despejado. Eloy, a un costado, sujetaba con sus manos macizas una pala de mango largo, cuyo extremo sobresalía unos centímetros por encima de su casco amarillo. Con su mirada atenta auxiliaba al maquinista en aquellos lugares donde no alcanzaba a ver. Llevaban cerca de un metro de excavación cuando observó algo extraño, un conjunto de piedras alineadas que parecían haber sido colocadas a propósito. Rápidamente hizo señas al operario para que se detenga. Bajó de un salto y al acercarse una intempestiva ráfaga de viento arremolinado levantó una gran nube de tierra dejando al descubierto partes de una osamenta blanqueada por el tiempo.
- ¡Virgen Santa! ¡Un muerto! – exclamó dando unos pasos hacia atrás mientras se sacaba el casco.
Sus compañeros que, por curiosidad, ya se habían arrimado al borde del pozo lo ayudaron a salir. Al mirar hacia abajo desde esta nueva perspectiva, la imagen que vio le despertó uno de esos intensos recuerdos imborrables de su infancia.
Tenía doce años cuando, un poco a regañadientes, había acompañado a su madre al funeral de una tía abuela en un pequeño asentamiento Huarpe, cerca de la laguna de Guanacache. Estaban las mujeres y hombres de la comunidad, con su típica vestimenta de lana tejida, ubicados en silencio alrededor de una fosa no muy profunda, donde el cuerpo de la mujer se encontraba envuelto en una manta colorida, rodeado por piedras, efectos personales y cuencos de comida, que le ayudarían a emprender el viaje hacia otra vida en la montaña sagrada, junto a Hunuc Huar – el Dios hijo de la montaña y el sol-. En tanto, el anciano del grupo invocaba a las fuerzas de la naturaleza con un instrumento de percusión parecido a un tambor, cuyo sonido sordo y penetrante lo había acompañado, retumbando como un eco en sus oídos, durante todo el camino de regreso.
- Es una tumba Huarpe – dijo en voz alta generando sorpresa e interés entre los obreros que lo rodeaban queriendo saber el porqué de su contundente afirmación.
Mientras trataba de explicarles su vivencia de cuando era niño, llegó el ingeniero de la obra al que habían avisado prestamente. Todos se apartaron abriéndole paso hacia la excavación que había quedado a sus espaldas. Cuando volvieron a asomarse vieron que varias ramas de las retamas que habían cortado del suelo estaban sobre la tumba cubriéndola de flores amarillas.
El ingeniero ordenó que las sacaran de inmediato para ver con sus propios ojos lo que, según le dijeron, habían encontrado. Eloy junto con otro compañero bajaron y empezaron a retirar con sumo cuidado las ramas con sus flores, quedando con mayor claridad al descubierto un esqueleto envuelto en parte por una manta descolorida y varios collares de quien parecía haber sido una mujer. Más abajo entre los huesos de una mano se desprendía un reflejo dorado que brillaba en competencia con los rayos del sol del mediodía. Era una pepita de oro guardada celosamente por su misteriosa dueña durante incontables años.
Luego de sacar fotos para enviar a las autoridades, se balizó el sitio tapándolo con una cobertura plástica y tierra arriba. El topógrafo marcó la posición de la nueva excavación corriendo la base varios metros para poder continuar con los trabajos.
Esa tarde cuando regresaban al obrador, entre las sacudidas que daba el camión, a Eloy le daba vueltas en su cabeza una y otra vez la pregunta que le surgió después de haber encontrado el sepulcro de esa enigmática mujer – ¿Podían ser los restos de la India Mariana? La protagonista de la Leyenda transmitida de generación en generación desde hace más de trescientos años y que le dio nombre a esta región…
“…A principios del siglo XVII vivía una india muy vieja llamada Mariana que vendía trozos rodados de oro, a la sombra de un añoso algarrobo, en el camino a Mendoza. Era una mujer alta, flaca, de rostro enjuto y huesudo, piel cobriza y largo cabello negro que caía, revuelto, en torno a su cuello. Fumaba cigarrillos cuando podía. Hablaba con los niños, que curiosos se le acercaban, a los que contaba fábulas y relatos que recordaba de su niñez y mocedad. A los mayores sólo les vendía su oro y les refería que esas pequeñas piedras de lustre dorado las obtenía de un “pocito” en la sierra vecina.
Una noche varios hombres blancos planearon apoderarse de ella y obligarla a revelar, mediante tormentos, el paraje exacto donde éste se hallaba. Cuando llegaron hasta el algarrobo, su habitual refugio, orientados por el fulgor de su cigarro, sólo encontraron a su fiel y airado perro, cuya fauce de color rojo debió parecer la brasa del cigarro. A la luz de los hachones encendidos dio muestras de acometerlos iracundo, por lo que escaparon atemorizados. Al mismo tiempo escucharon una humillante carcajada proveniente del algarrobo. Esa noche un temblor castigó la región.
La india Mariana desapareció al día siguiente. Nunca más volvieron a verla. Fue buscada con empeño y lo mismo su “pocito”, pero infructuosamente. A esa región le quedó para siempre el nombre de “Pocito”…” (1)
Camino a su casa se detuvo frente a la Difunta, una excitación lo embargaba, no había dejado de pensar que, si esa era la tumba la India Mariana, quizás en ella habría un mensaje que diera una pista sobre dónde estaba el pocito buscado durante siglos. Decidió ir a visitar al viejo Chaman, que varias veces lo había ayudado con sabios consejos.
El sol ya se estaba escondiendo detrás de las montañas cuando Eloy partió con su bicicleta a la morada del hechicero, le llevaba una damajuana de ese vino blanco dulce y espeso que era su preferido. El viejo vivía al pie del cerrillo Barboza, una elevación rocosa solitaria en el medio del valle ubicada a pocos kilómetros.
Atravesó unos pajonales, en el centro de un círculo despejado de maleza se encontraba la sencilla vivienda con paredes hechas de caña y barro. Un cañizo cubría el techo extendiéndose hacia afuera formando un gran alero para atenuar el intenso calor diurno. Debajo del mismo, sentado en un pequeño banco de tres patas estaba el Chamán fumando un grueso cigarro. De cara alargada, angulosa, cruzada por profundas arrugas sobre su piel oscura curtida por el tiempo. De sus ojos vivaces, un poco hundidos en sus cuencos, se desprendía una mirada filosa y penetrante. Estaba envuelto en una manta de lana tejida multicolor y la cabeza cubierta por un chullo andino sin orejeras. Enfrente tenía un brasero encendido cuyas llamas empezaban a ocultar las sombras del anochecer.
- Eloy, acércate, te estaba esperando – le dijo con una voz firme y acompasada, señalándole con su huesuda mano un tocón para sentarse.
Se aproximó despacio sintiendo como que penetraba en una antigua ilustración, en una escena que parecía haberse detenido en una época remota. Se sentó donde se le indicaba alcanzándole el vino que le había llevado.
- Has venido a preguntarme algo – apuntó mientras descorchaba la damajuana y llenaba un vaso de vidrio grueso.
- Sí, Nurum – le respondió con respeto bajando los ojos. Y a continuación le relató todo lo que había pasado ese día en la obra. Le preguntó si era posible que la tumba que habían encontrado fuera de la India Mariana. Y también si su secreto alguna vez podrá ser revelado.
Antes de contestarle el anciano apuró de un trago el vaso de vino, tomó el instrumento de percusión que estaba a su lado y empezó a tocar una melodía profunda cuyos sonidos graves se iban elevando junto al humo del brasero hacia el cielo.
- Yaam escúchame, Mariana era protegida de Hunuc Huar, si ha guardado algo misterioso debe ser en la montaña sagrada al pie de la cual hay una gran roca que oculta la entrada a una cueva.
- ¿Y donde se encuentra la montaña sagrada? – preguntó Eloy
- Según las viejas historias de nuestros ancestros, se encuentra en algún lugar de la precordillera. Solamente aquellos elegidos, desde un sitio preciso en el pedemonte, justo al atardecer con el último rayo del sol, pueden ver durante unos breves instantes un intenso reflejo verde sobre su cumbre nevada.
La luz blanquecina de la luna llena inundaba el campo cuando Eloy en su bicicleta rumbeaba de regreso sobre la huella casi fosforescente. Algo en su interior le decía que la tumba de la india marcaba el sitio preciso para identificar el cerro custodio de su secreto.
La decisión estaba tomada. Le pidió prestada a su primo la vieja camioneta con la que algunas veces salían a cazar y el sábado siguiente partió hacia el lugar donde estaba la sepultura. Llevaba algunas provisiones, herramientas y abrigo por si tenía que pasar la noche en el descampado. Llegó cuando faltaba casi una hora para el ocaso. El corazón le latía con fuerza cuando, mirando en la dirección que señalaba el cráneo de la difunta, con el último rayo solar, sus ojos quedaron encandilados por un fuerte destello verde que duró un segundo, suficiente para que le quedara grabada como una foto la imagen de la montaña de donde había salido.
Cayó de rodillas temblando de la emoción. Estaba a punto de develar el enigma de la India Mariana y encontrar el “pocito”, la fuente de oro buscada por siglos. Todavía le quedaban unas horas de luz para avanzar hacia la base del cerro. Con ansiedad incontenible inició el camino. La subida se iba haciendo cada vez más difícil cuando entre las sombras que ya estaban cubriendo las laderas al final de una larga y estrecha quebrada, pudo distinguir la majestuosa montaña sagrada. Se detuvo para tomar aliento, soplaba una leve brisa que hacía murmurar a las piedras. De repente una bandada de pájaros oscuros surgió de los barrancos huyendo hacia el valle. Un trueno ensordecedor rebotó entre las rocas que empezaron a sacudirse con el temblor de la tierra.
Los diarios del domingo titularon “Un fuerte sismo se registró anoche en San Juan con una magnitud de 4,7. El epicentro se ubicó en una zona de la precordillera correspondiente al departamento Pocito y se produjeron derrumbes y avalanchas en el sector afectado. Continua la búsqueda de el o los integrantes de una camioneta que se encontró en la cercanía”.
- “Leyendas y supersticiones sanjuaninas”, de Marcos de Estrada Editorial Tucuma, Argentina, 1985

Autor:
Eduardo Lowcewicz
