Publicado en: 19/07/2026 Carla Caterina Comentarios: 0

A quién encuentre estas cartas antiguas y mi amada Biblia:

“Aquel que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Y las manos hubieron de permanecer ocultas, las miradas esquivas y las voces silenciadas. Soy mujer, traidora, audaz y mentirosa. De palabras mudas, enriquecida de vivencias, castigada por infortunios, reinventada como la aurora después del aguacero. Vestida en harapientos pantalones o con finos vestidos para las fiestas. He sido un poco hombre en las batallas, pero siempre mujer en el amor. Nunca, demasiado todo, demasiado nada.

Para aquel, aquellos, que lean estas líneas, porque quién sabe, quién ha de encontrar estos papeles, estas confesiones que re crea mi memoria. Para aquel, aquellos que revuelvan esta casa después de mi partida. Buscadores de sueños o de fortunas, o de historias prohibidas, no lo sé. Porque los hay de todo, los hay amigos o enemigos, interesados o tan solo meros conocidos.

Por las dudas me adelanto, fortuna no poseo, la he despilfarrado toda. En las horas de mis días, en los sueños de mis noches, en las rutas que he surcado, en las ropas que he vestido, en los libros que he leído, los amores, ¡eso sí!, en los amores que he vivido! Todos ellos, los buenos y malos amores, los que han dejado cicatrices enrojecidas, los que me han arrancado carcajadas, los corruptos y los traicioneros, a cada uno le he dado lo suyo. Su tiempo, su espacio en el recuerdo, sus lágrimas y sus marcas indelebles, sus reproches e ironías. Y también la fortuna.

Todo lo he gastado, todo lo he vivido hasta el fondo de las vísceras, hasta el último pliegue de mis ganas, y ahora ya me voy. Otra vez, como tantas. Porque me rondan los años, o el desgano o ese no sé qué de hacer nada, tan solo dejar que el curso de mis palabras, se suelten como perros hambrientos en la vastedad del papel, en la eternidad de las horas nocturnas, en el derrame de la tarde rojiza y sin apuro. Porque he perdido la urgencia.

Desde hace dos noches, Violeta no duerme. Es dueña de las luces de la penumbra y los ruidos del silencio. Anda a oscuras, se sienta en la ventana que da al mar y escribe. Marcos se ha ido hace más de un mes. Sus pertenencias rezan en silencio, inmóviles.  A ella no le interesa, esos vaivenes anudan ese vínculo sin ataduras. Le gusta respirar en libertad. Acaricia la foto que está sobre la ventana, una lágrima amenaza sobre la mejilla. Deben ser los años, suspira, mirándose los pliegues en sus dedos flacos.

Acuérdome de un suceso determinante en mi vida, mi primer robo. Sí, mi primer robo. La bicicleta. Después he robado cosas menores. Cigarrillos si me venían las ansias, ropa masculina si hube de huir de incógnito, y miradas. He robado miradas, cientos de miradas. Porque en la mirada hay consuelos, silencios, alegrías y amores perdidos. Pero la bicicleta fue el acto iniciático. A partir de ese robo, sentí que alas enormes nacían de mi espalda y pude vagar por la ciudad que habitaba. Para ese entonces tenía quince años. Caminaba lejos de mi barrio, quería que el robo fuera inocente. “No robarás”, recordé a mi maestra de catecismo, con su blondo pelo preso en un rodete, me persigné y pedí perdón. Estaba tirada en un pasillo, decolorada por la intemperie. A quién podía a importarle. Fue un instante, me llené de un impulso y en minutos, como un ave, planeaba por las calles solitarias. Mi libertad se me metió debajo de la piel, y nunca más me abandonó.

Prende la cafetera, el aroma del café recién hecho acaricia sus sentidos, fuma y mira el mar. Un gato negro sobre la medianera, corta el horizonte. Un gato negro, recuerda a su madre y las supersticiones. Vuelve a leer lo escrito. El recuerdo de esa bicicleta irrumpe en su memoria. No sabe a dónde irá. El ruido de la puerta la sorprende. Un abrazo prolongado, achica la distancia, la rompe.

Para cuando cumplí diecinueve años, compré mi primer pasaje de avión. Escándalo familiar, fue lo que sobró. Las sagaces ironías de mi madre, se dispararon como lanzas en el aire. La misma madre que ni siquiera habíase dado cuenta que tenía una bicicleta robada, o usaba pantalones masculinos.  Los agravios de mi padre se materializaron cuando supo que sus negocios me eran indiferentes. “Honrarás a tu padre y a tu madre”, me persigné. Evoqué a la señorita de catecismo y su blondo pelo preso en un rodete y confesé con sarcasmo, que vivía un romance apasionado con un profesor de letras y me iba a vivir la vida. Y así nos lanzamos a París, a vivir una vida, que nunca fue la soñada. “Nada es como en los sueños”, escribí tres años después, cuando una noche, me vestí de hombre, para evitar curiosos y vecinos, cargué mis valijas abandonando a mi querido profesor.

He vagado por el mundo, mi casa itinerante durante los últimos veinte años. He escrito y publicado algunos libros que me dieron algo de dinero. He trabajado en un hotel de lujo. Mi cuerpo he vendido por una casa confortable, y con los años, he forjado una pequeña fortuna.  La mentira y la impostura, han sido mis escudos de batalla. He fingido amores eternos y fidelidad absoluta. Por varios años, sostuve una convivencia armoniosa con un joven romano.  Pero una mañana, decidí decirle adiós. Su cachetada de impotencia quedó tatuada sobre mi rostro. Me corté el pelo al ras y me vestí en prendas masculinas. Tomé un avión y regresé a mi casa natal. Nada como el tiempo para marchitar, nada como el tiempo para florecer. De mis padres quedaban los últimos pasos hacia la nada. Los dos meses de mi permanencia fueron suficientes para asistir al entierro y regalar las pocas pertenencias. De mi infortunio, floreció un nuevo amor, durante el viaje de regreso.

Marcos la mira con sus ojos verdes. Sirve una copa, le habla de amor. Violeta le lee sus escritos.  Se ríen los dos a carcajadas. Un aire de nueva complicidad se gesta en el ambiente. Marcos le cuenta de su trabajo en el mar, del Etna delineado en el horizonte como un cuadro imperfecto, de su devoción por Santa Ágata. Juegan a inventar falsos pasados, juegan a soñar utópicos futuros. Por un rato, por un tiempo, juegan al amor sin la rutina, juegan a la eternidad sin el tiempo que la cercena.

Jugábamos noche y día. Jugábamos con la palabra, con todo aquello que la palabra nos permitía crear, porque allí no hay límites. Porque se puede escribir y borrar, inventar, mentir, traicionar y siempre volver a empezar. Tanto jugábamos, que en uno de esos juegos me quedé embarazada.

Violeta está en silencio. En ese silencio que va entre el miedo y la duda. La ropa masculina le cubre eso tan femenino que lleva dentro. Lo disimula, lo niega. “No mataras”, recuerda a su maestra de catecismo, su pelo blondo preso en el rodete. Se persigna y entra a la sala gris.  Apenas asoman unos ojos verdes, detrás de una ropa quirúrgica. La figura no habla, no tiene género. Tres meses después, está lejos. Lejos de todo. Allá en una ciudad perdida, la acompaña un gato vagabundo que la busca por comida. Escribe, no solo sus memorias, también aquello que no puede decir.  Piensa en Marcos, quizá le hizo un favor, o no. Nunca lo sabrá. Eso cree. Cree poco en sus creencias, más cree en el catecismo y la maestra de pelo blondo, preso en el rodete. “Amaras a Dios sobre todas las cosas”, de eso no hay pruebas, tampoco juicio.

Un año más tarde sentí nostalgias por Marcos. Un deseo irrefrenable de volver, yo que nunca volvía.  Volver a dónde. Me vestí de hombre, me corté el pelo al ras, dejándome el flequillo sobre los ojos. Me llevó el tren hasta su ciudad natal. Perdiéndome entre la gente, y desde lejos, con el Etna como un cuadro humeante en el fondo, lo vi andar de la mano de un joven marinero. Estuve contemplado un tiempo aquella imagen.  Vagué por las calles de Catania, hasta tomarme el tren de vuelta a mi casa solitaria. Durante el viaje, una chica con una bicicleta despintada, me pidió ayuda al bajar. Noté en sus ojos moros un dejo de duda, después me perdí en la complicidad que me regalaba esa mirada.

Hoy aquí, en el invierno de la vida, dejo estas cartas: ‘Vanidad de vanidades, todo es vanidad, todo tiene su tiempo”. Cierro mi Biblia, junto a estas líneas, para aquellos curiosos, buscadores de tesoros, o quien las encuentre.

 

 

 

Autora:
Carla Caterina

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