Publicado en: 19/07/2026 Eduardo Lowcewicz Comentarios: 0

Juan se sentó debajo del cañizo frente a la puerta de su casa de adobe. Su mujer Paula se acercó ofreciéndole un mate. Recién lo había preparado cuando lo vió venir con su paso firme desde los parrales. Era una tarde serena, el sol del otoño todavía no llegaba a acariciar las cumbres oscuras de los cerros. La cálida briza del zonda agitaba las hojas amarillentas de los álamos anticipando próximas nevadas en la cordillera.

 

  • La cosecha ha sido buena. El vino va a estar listo en una semana, cuando la luna esté en su mayor esplendor. – le dijo con su voz pausada mientras miraba las plantas de su pequeña parcela.
  • Ya han venido a preguntar de Don Cosme. Dice que tiene muchos pedidos – comentó Paula mientras ponía la pava sobre el brasero, desde el cual se desprendían volutas perfumadas por las ramitas de jarilla que siempre agregaba a las brazas.
  • Debemos ir a agradecerle a la Virgen del Cerro Negro y a Hunuc Huar por los frutos que nos han regalado. Por brindarnos el sol, la tierra y el agua necesaria para que las vides nos den lo mejor de ellas. Y que el vino resulte tan bueno como siempre.

 

Se habían casado hacía siete años, Juan era hijo, no reconocido, de Don Alfonso de los Ríos, un importante encomendero de Santiago de Chile que viajaba periódicamente a San Juan para seleccionar los aborígenes que llevaba para trabajar en sus fincas al otro lado de la cordillera. Su madre, nieta del último cacique huarpe del valle de Ullum, había sido tomada como concubina cuando era muy joven.  En los largos períodos de ausencia del español, ella se ocupaba de la casa que él había construido como residencia para sus estadías en Cuyo. Allí vivió Juan su infancia entre las paredes de un mundo al cual no pertenecía.  Parte español y parte indígena componían una dicotomía que le resultaba difícil de armonizar, más aún cuando en la sociedad de entonces se sentía rechazado por todos. Solamente lo envolvía el profundo amor de su madre que, a pesar de la opresión a la que estaba sometida, a la tristeza sumisa de su mirada, cuando estaban juntos en la intimidad por momentos sus negros ojos acerados desprendían destellos de rebeldía enfatizando con orgullo el relato de su pasado no tan lejano.

 

Su herencia hispana fue cimentada por los Dominicos que le fueron transmitiendo las creencias y la cultura de los conquistadores. Con ellos también aprendió los secretos del cultivo de las uvas y especialmente los de la elaboración del vino, despertándole desde muy joven una pasión, un sueño casi imposible en ese mundo, tener una parcela propia.

 

  • Mire Juan, se ve una nube de polvo hacia el camino real, parece que se acercan unas cabalgaduras – dijo Paula con extrañeza – es raro que tengamos visitas de gente a caballo.
  • Vienen tres al galope – apuntó Juan frunciendo el entrecejo – ¿Que los traerá por acá, lejos de todo?

 

Cuando cumplió los veinte años, en ocasión que Don Alfonso de los Ríos estaba pasando unos días en la ciudad, y a pesar de que su madre siempre le había dicho que no se hiciera ver si el señor estaba presente en la casa; ese día se animó a pedirle una merced: Unas cuadras de tierra desértica en el valle de Zonda al pie de los cerros negros.

Don Alfonso lo escrutó un largo rato como tratando de entender quién era ese chaval que se atrevía a hacerle semejante solicitud. Había en la mirada del muchacho una firmeza que le trajo recuerdos de su propia juventud. La frente ancha y despejada iluminaba su tez morena donde también se advertían algunos rasgos inocultables de su ascendencia castiza.

El encomendero asintió con la cabeza mientras le hacía señas con las manos de que se retirara, extrañándose él mismo de su respuesta. Varias veces se preguntó qué lo había llevado a ese asentimiento, quizás fue cuando percibió en esos ojos negros los mismos reflejos de los de su querida en las noches de placer.

 

Envueltos en un torbellino de tierra quebrando el silencio de la tarde con el golpeteo de los cascos de los tres corceles, el Capitán español escoltado por dos soldados con lanzas ligeras irrumpen llegando hasta el borde del cañizo en la entrada de la casa.

 

  • Sois Juan Pelaitay..!– preguntó el capitán con voz de mando desde su brioso caballo.
  • Para lo que mande – respondió Juan mientras se sacudía el polvo que flotaba en el aire – ¿Qué os trae por acá? ¿Desean un poco de agua o una copa de vino?
  • ¡Quietos..! – ordenó al ver que ante el ofrecimiento los escoltas empezaban a desmontar. Se acomodó el casco charolado, extrajo un bando cuidadosamente enrollado del interior de su chaqueta – ¡Notifíquese! – dijo mirándolo con dureza antes de empezar la leer.

 

Su Majestad Felipe IV Rey de las Españas por Real Cédula ordena a los Virreyes que no permitan ni den lugar a que se planten viñas ni olivares en esas provincias, que tuviesen mucho cuidado en no consentir que en aquellas tierras se cultivasen por múltiples razones y principalmente por haber allá provisión de bastantes otras cosas y no se enflaqueciera el trato y comercio con estos reinos. Es mi voluntad y así debéis hacerla cumplir ante aquellos que han violado la prohibición ordeno la destrucción de los viñedos que se hubiesen plantado.

Su excelencia Don Angel de Peredo Gobernador del Reino de Chile en cumplimiento de la Real Orden decreta que Juan Pelaitay debe en el término de un mes arrancar todas las sepas plantadas pudiendo dejarse hasta diez matas, sobre las que mandamos se pague Diezmo enteramente de la uva en uva. Cúmplase la voluntad de Su Majestad.

 

El capitán terminó de leer el bando, con satisfacción en su rostro. Al levantar la vista, se encontró con la figura inmovil del viñatero en una postura erguida, con todos los musculos en tensión, sus puños crispados a ambos lados del cuerpo contenían la rabia acumulada que parecía estallar en el fondo de sus ojos con destellos acerados.

 

  • ¡Vamos! Hemos cumplido la misión, nos vereis pronto… -dijo el español haciendo girar bruscamente su caballo y arrancar al galope sin mas preámbulo.

 

La tierra que se levantó mientras se alejaban ensombreció la tarde y alrededor de Juan se fue mezclando con las gotas de sangre que le caían desde las manos, tan fuertemente apretadas que sus uñas se clavaban en la carne. Se quedó parado mirando a lo lejos, en el silencio de impotencia que había escuchado de su madre tantas veces desde que era niño.

 

Giró la cabeza hacia la montaña, los viñedos se extendían hasta casi tocarla tapizando la parcela con el verde rojizo de sus hojas otoñales, era como una pequeña isla en medio del desierto arenoso. Entonces, recordó cuando hacía muchos años el mismo Capitán lo llamó a su despacho para entregarle la merced que le otorgaba la propiedad de esas tierras. Con sonrisa sarcástica le había dicho – Que pensaís hacer en ese lugar árido sin agua cercana… Parece que os han jodido – concluyó con una carcajada. Sin responder las provocaciones salió con el ansiado Título apretándolo contra el pecho. Lo que no sabía el Capitán, ni todos los que intervinieron en el trámite era que, al pié del cerro donde empezaba su predio, había una importante vertiente de agua cristalina que afloraba con fuerza apenas se excavaba un par de paladas. Era uno de los tantos secretos que guardaban celosamente los antepasados de su madre.

 

Paula se había quedado atrás inmovil, las lágrimas resbalaban por sus mejillas dejando surcos húmedos sobre el polvo adherido.

  • ¡Virgencita del Cerro! ¡Hasta cuándo los poderosos nos seguirán despojando de todo! – dijo con voz trémula.
  • Seguirán haciendo su voluntad eliminando aquello que los moleste. Los muchos que vienen por el buen vino que logramos hacer los debe haber irritado, mas aún si saben que somos de esta tierra. Así, con saña acostumbran a manifiestar su enojo contra quienes afectan sus intereses.

 

Esa noche rodeado por la luminosidad de las incontables estrellas que coronaban el cielo andino, se sentó a escribir una carta, una petición o quizás un ruego al único que podía interceder para salvar su sueño.

 

A su excelencia Don Alfonso de los Ríos

Beso las manos de Vuestra Merced con el debido acatamiento, suplicando reciba esta carta como nacida de necesidad verdadera y no de atrevimiento.

Como todos los días agradézcole por esta parcela de tierra que me ha sido entregada por la gracia de vuestra generosa intervención. Varios años con el esfuerzo de mis manos hiciéronla productiva y según lo dicho por mi madre en alguna ocasión habéis gustado del fruto de ese viñedo que hoy se encuentra en riesgo.

Su Excelencia el Gobernador nos ha ordenado arrancar en el término de un mes todas las vides, haciendo efectiva la Cédula Real de Su Majestad Felipe IV que prohíbe las plantaciones de uva en todas las Américas.

Es por este motivo que recurro a la benevolencia de Vuestra Merced rogándole que interceda ante quien corresponda para revertir esta injusticia mediante la misma dispensa que se debe haber otorgado a todos aquellos que tienen y siguen teniendo viñas en este lado de América.

Nuestro Señor guarde la muy noble persona de Vuestra Señoría y acreciente su hacienda y honra por largos años.

De Vuestra Merced, humilde servidor,

Juan Pelaitay

 

En la mañana, partió hacia la ciudad montado en su mula, Llevaba apretada en su pecho la esperanza incierta de su reclamo. Don Alfonso seguramente ya estaba en Chile como acostumbraba en esa epoca del año. Se dirigió a uno de los chasques que cruzaban periodicamente la cordillera portando la correspondencia que mantenía comunicados a los encomenderos con sus posesiones de ambos lados. Se conocían por haber compartido momentos cuando vivía con su madre. Sin que le dijera muchas palabras entendió la urgencia del envío, asegurándole que iba a salir al dia siguiente, y que regresaría rapidamente con la respuesta apenas se la dieran.

 

De regreso a la finca, los días que iban pasando le parecían interminables. De vez en cuando dirigía la mirada hacia el Camino Real esperando una quimera. Una mañana las cumbres de la cordillera amanecieron blancas, brillantes por los primeros rayos del sol. Juan las observó desolado, las primeras nevadas se habían adelantado al invierno y cerrarían los pasos cordilleranos como sucedía todos los años. La respuesta, si la hubiera, no podría llegar antes del plazo que le dieron para que se cumpla la infame orden.

 

El dia anterior al que marcaba el fin del término impuesto, ya sin ninguna esperanza, Juan empezó a caminar entre sus plantas bajo el silencio profundo que acompañaba su desazón. Despacio, como si fuera un ritual de despedida, iba acariciando una a una las hojas secas que todavía no se habian caído.

 

En las largas noches de desvelo, mientras sus ilusiones se iban apagando empezó a pensar de que manera consumaría la destrucción de ese pedazo de su vida. Le pareció que el fuego, esa herramienta de guerra que habían utilizado los conquistadores para quemar poblados aborígenes como represalia, era la mas pertinente. Pero también recordó una historia que había escuchado de los monjes Dominicos que relataban, como si hubiese sido un milagro, el hecho que después de un incendio que arrasó el viñedo del convento Santo Domingo el Real, cuando ya era casi todo cenizas, un fuerte aguacero evitó que el fuergo se propagase a las viviendas cercanas; pero el verdadero milagro fue que en la primavera siguiente las plantas volvieron a brotar desde las raíces resguardadas por la lluvia.

 

Esa noche se ocupó de llevar toda el agua de riego que fue posible a través de las acequias para que, las raíces de sus plantas queden lo suficientemente mojadas y, entonces quizás, con sus ruegos a la virgen se volviera a repetir aquel milagro. Al amanecer junto con Paula encendieron en el brasero las antorchas que habían preparado y sin mirar prendieron fuego a las primeras cepas.

 

Cuando el Capitán con sus dos escoltas se apartaron del Camino Real rumbo al Cerro Negro, al poco de andar se detuvieron bruscamente, una columna de espeso humo pardo empezó a eclipsar su destino.

 

 

Autor:
Eduardo Lowcewicz

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