Publicado en: 17/10/2025 Graciela Roselli Comentarios: 0

A la hora de la siesta niña, a la hora de la siesta podrás balbucear tus plegarias, antes no, tampoco después. Ten calma y espera ese momento de silencio en el que se detiene el tiempo y toman cuerpo tus sonidos; eso sí, recuerda no suspirar profundamente, respira suave y así evitarás ser escuchada, hazlo muy suavemente por ese eterno instante y que el aire que atraviesa tu cuerpo fluya como agua calma.

Solo se oye el repicar, lento y acompasado, de las pisadas de las escasas almas que acompañamos el cuerpo de mi amigo Fermín a su última morada. Un jilguero interrumpe la monotonía con un esmerado silbido y luego calla, repentinamente, como arrepintiéndose de su intromisión. La fragancia de los pinos satura el aire del cementerio atemperando el olor putrefacto del agua de los floreros.

De vez en cuando alguno de la comitiva deja escapar una que otra lágrima. Son, intuyo, como las pocas que se me caen a mí, por evocar momentos compartidos con Fermín hace más de treinta años, ya que hace mucho tiempo que nadie lo frecuentaba. Creo que todos los presentes apelamos a la táctica de echar mano a recuerdos añejos para simular que nos duele esta muerte.

Hay que caminar casi doscientos metros para llegar a los panteones del final, donde descansará su cuerpo. Descansará es un modo de decir porque si de algo tuvo fama Fermín fue de evitar el cansancio por cualquier medio.

No sería tan largo el camino si la viuda no se descompusiera cada veinte metros. La pobre mujer al grito de “Fermín, no me dejes amor, qué voy a hacer sin vos ahora” cae tendida cada dos por tres y recién podemos continuar cuando logran recuperarla. Cada parada lleva no menos de diez minutos. Aunque percibo entre los asistentes, miradas de descreimiento en la autenticidad de su dolor, y los escucho comentar por lo bajo que bastante mal se llevaban, parece haber un común acuerdo en que no sería justo dejarla tendida en el piso y seguir con el acompañamiento, y mucho menos tratándose de una de las protagonistas de esta historia. Dicho sea de paso, según murmuran, parece que cada uno de los personajes tenía sus entretenimientos por ahí, pero para el público se mostraban como la pareja que todo el mundo hubiera querido tener, compañera, amorosa y quién sabe cuántas cosas más. Yo no lo sé, es lo que susurran algunos sonriendo disimuladamente, a los que no parece dolerles demasiado la pérdida de Fermín. Es evidente que todos estamos acá para cumplir no se sabe bien con qué ni con quién. Aunque, de cierta manera, yo lo quería a Fermín, a pesar de que era bastante mezquino y alcahuete de chico.

Hace fácil cuarenta años que no entraba a este cementerio, desde que acompañaba a la abuela Ñata a traerle flores al abuelo y a los abuelitos, así me nombraba a sus padres. Pensar que este lugar me resultaba gigante, enigmático, y ahora parece haberse achicado y oscurecido. Al desmesurado lujo de la bóveda de los Centofante lo desluce la acumulación de moho, el bandoneón esculpido en la placa del nicho de don Victorio apenas puede distinguirse. Sin embargo, lo que siempre está igual es esa seguidilla de tumbas grises matizadas de manchas negras de humedad. Las de los sin nombre para los que se creen dueños de la potestad de nombrar. Las de los pobres y olvidados para los que saben que allí yacen cuerpos que han alojado vidas.

Entre esas tumbas deambulaba María.

La abuela Ñata relataba su historia todas las veces que nos íbamos a dormir la siesta, cuando mi mamá estaba trabajando y ella me cuidaba. Vamos a dormir la siesta, me decía, así dejamos que venga María y pueda buscar tranquila. Supe con el tiempo que a muchos otros también se la contaban.

Todos los días veintiocho se la veía a María, lánguida y serena, levitar entre esas tumbas grisáceas a la hora de la siesta. Se detenía unos segundos frente a cada lápida como buscando indicios y continuaba sin modificar su expresión. Siempre envuelta en la pureza de su vestido de voile blanco. Resultaba muy difícil calcularle la edad. Por su andar plomizo podría haberse tratado de una anciana, pero el pelo azabache delataba su juventud. Ese cabello largo y luminoso que le cubría la espalda y los brazos desnudos, como una manta que la resguardaba, ondulándose apenas con sus movimientos. ¿Qué buscaba entre esas tumbas?

No fueron pocos los que decían haberla visto. Yo mismo creo que la vi una vez, o no, no lo sé. Quizás el relato de mi abuela me resultó siempre tan vívido que me creí testigo de su existencia.

Había perdido a su madre siendo muy pequeña y, como nadie más podía hacerse cargo de ella, la enviaron al orfanato. Casi un año después fue adoptada por una pareja de San Gregorio. Al fin tenía una familia, con papá y mamá. Parecía un sueño cumplido para esa pequeñita de tan solo tres años. Aunque había algunas actitudes de su nueva mamá que no entendía.

Cada vez que María se acercaba al papá o jugaba con él, la madre la alzaba y la sacaba de la escena. No le permitía sentarse en su falda porque, decía, una mujer no debe sentarse en las piernas de un hombre. El papá accedía a todos los pedidos de su esposa, que había sufrido tantos años esperando a ser madre y la ansiedad de serlo repentinamente la alteraba sin saber cómo actuar.

La potencia del deseo de maternidad y la amorosa mirada de castañas tibias de la niña no fueron suficientes para que esa mujer llegara a adoptarla. Veía en ella una competencia, un peligro. Aun así, no dio marcha atrás en la decisión. No podía soportar imaginarse cuestionada por rechazar algo que se suponía había deseado y esperado fervientemente.

Tan intenso era su desprecio hacia la niña que por momentos la impelía a añorar el olor rancio del orfanato, esa mezcla de pis y humedad que perforaba las narices e impregnaba la ropa. Pero María siempre encontraba consuelo en la esperanza de que algún día esta mamá, una bella, dulce y atractiva mujer para todos, la iba a empezar a querer.

Calladita niña, calladita, no llores porque pueden escucharte. Espera la hora de la siesta, cuando todos duerman podrás expresar tus deseos y dolores sin riesgos de ser sancionada.

Esa era la hora que esperaba María para dejar rodar sin reparos alguna lágrima que tuviera guardada y soñar con unicornios y flores silvestres. Todavía no se preguntaba, como sí lo empezó a hacer unos pocos años después, por qué no era querida, qué fue lo que había hecho para no lograrlo. Aunque no encontraba motivos se sentía portadora de un mal cuestionable.

Con los años el papá fue ocupándose más y más tiempo de su trabajo y así evitaba el acercamiento con la niña y los consecuentes encontronazos con su mujer. Se iba muy temprano y volvía a la noche cuando la hija estaba acostada. Ya casi no se veían.

María compartía todas las horas de todos los días con su mamá, que la mantenía ocupada pidiéndole constantemente ayuda con los quehaceres del hogar. La niña ponía demasiado esmero en responder a todos los pedidos que ella le hacía, pero nunca alcanzaba a satisfacerla. Ves que sos una inútil, solía decirle, cuántas veces te tengo que explicar las cosas. No hay nada que hacerle, la sangre es la sangre, refunfuñaba por lo bajo.

Lo que María no supo hasta ese momento fue que a la madre la atormentaba lo que se había ocupado de averiguar sobre su procedencia.

-Pero Marta, cómo podés pensar eso -le dijo un día la abuela- es una nena.

-Te digo que todas las vecinas coincidían. Todas me dijeron que andaba con muchos tipos y que no se supo nunca quién era el padre de María.

-No podés condenar a la nena por la vida que pudo haber hecho su madre.

-Es que no la ves cómo baila, seductoramente.

-Todas las nenas bailan así.

-No, va a ser igual a la madre, lo trae en la sangre.

-Marta, yo tenía entendido que vos eras su madre.

-Bueno, sí, pero no puedo soportar saber en lo que se va a convertir. En una mujer que se va con cuanto tipo se cruza hasta que uno la mata y deja a su hija tirada.

-No seas injusta, es una nena. Y no sabés bien cómo fue la historia de esa mujer, eso es lo que te cuentan un puñado de vecinas chismosas.

Esas charlas entre su madre y su abuela se repitieron una y otra vez. La abuela ponía reparo en hablar en voz baja pero su madre a medida que se enfervorizaba levantaba cada vez más la voz y era inevitable que la nena la escuchara. Aunque mucho de lo que oía no lo podía comprender sí entendía claramente el rechazo que le tenía esa mujer que se hacía llamar mamá.

Marta acostumbraba a dormir la siesta y obligaba a la niña a quedarse encerrada en el dormitorio mientras tanto. Te quedás quieta acá, sin hacer ruido y ni se te ocurra ir a abrir la puerta si llaman, le advertía. Pero la hora de la siesta también es la hora en la que pasan las gitanas, y a María le intrigaban mucho esas mujeres de faldas y cabellos largos que hablaban entre ellas gritando y ofrecían casa por casa sus servicios de clarividencia, así decían. Su madre le tenía prohibido asomarse. El encantamiento de una gitana puede dejarte atrapada en el engaño de una ilusión, le decía, tené cuidado. Qué peligro podía haber en eso, se preguntaba la niña. Tampoco entendía qué le quería decir, ni el tono acusatorio de su advertencia.

Una tarde, aprovechando que su madre estaba profundamente dormida, se acercó a la ventana para curiosear cuando pasaron. Una de las más jóvenes, al verla asomada, comenzó a golpear las palmas. María atinó a esconderse y sentía que su corazón le bombeaba tan fuerte en el pecho que en cualquier momento podía llegar a explotar.

La insistencia del llamado despertó y enfureció a su madre, que abriendo la ventana les gritó: -Me tienen harta, siempre molestan a la hora de la siesta. Irrespetuosas. Las voy a denunciar.

-Harta, harta estará esa niña de ti, con ese carácter que tienes -le gritó la gitana- infeliz. Dirigió su mirada a María que asomaba media carita de atrás de una pared y le dijo: “y tú niña, no temas, algún día te sabrás querida en esta vida y podrás tener paz”

Con el rostro enrojecido de bronca Marta cerró los postigos y, como siempre pasaba cuando se enojaba, comenzó a retar a María. No tenías que asomarte, cuántas veces te lo dije. Aunque no me extraña, nunca entendés nada de lo que te digo. Enceguecida daba vueltas sobre su eje y blasfemaba a más no poder. Ella no parecía haber reparado en las palabras que la gitana le dirigió a María, sin embargo, para la niña quedaron grabadas a fuego en su memoria.

El orégano y el tomillo perfumarán eternamente tus sueños niña, y nunca sabrás por qué los tornarán tan cálidos. Son tan recónditos esos recuerdos que no terminarán de aflorar, pero nunca olvides que son tu más preciado tesoro. Sigue buscando.

A medida que el tiempo pasaba y María iba creciendo todo parecía haberse sumergido en un clima de calmo desamor. Hasta que una mirada amorosa se posó en ella despertando su interés y la ira de su madre, aplacada hasta ese momento. La llegada de Facundo a la vida de la jovencita reactivó los fantasmas que perseguían a la madre, que no cesó de atormentarla hasta lograr que el encuentro entre ellos no prosperara. Nuevamente María era sometida a la carencia de afecto y a vivir inmersa en nubarrones de odio. Ahora esa mujer, que le había negado el amor maternal que alguna vez tuvo y perdió, que le impedía salir de la casa, la acusaba de haberse prostituido por el solo hecho de estar enamorada.

Era demasiado dolor, no podía resistirlo y un veintiocho de marzo, día en que cumplía sus dieciséis años, María decidió morir.

Sueña niña que tus plegarias serán escuchadas. Pero recuerda que tiene que ser a la hora de la siesta, cuando solo tú puedas escuchar tus palabras. Y no olvides que algún día tus harapos serán volados de tul y tus lágrimas un caudaloso río de libertad.

Desde ese momento, todos los días veintiocho se la veía a María, envuelta en la pureza de su vestido de voile blanco, deambular entre las tumbas de los pobres y olvidados.

 

Saludo a la viuda, más calmada ahora. Me agradece que haya venido, aunque seguramente no tiene la menor idea de quién soy y tampoco me siento dispuesto a explicárselo. Camino por las vereditas que me llevan a la salida y no puedo evitar acercarme hasta esas tumbas cenicientas y abandonadas. Percibo una mano en mi hombro, es Antonio que se acercó a saludarme. Me comenta señalando con el mentón hacia donde se dirige mi mirada: ya sacaron con una topadora la mitad de estas tumbas y tiraron todo en una fosa común, ahora dicen que van a sacar el resto para hacer nichos nuevos porque hay mucha demanda. Vos tenías a alguien acá, me pregunta.

Sí, le digo, a una amiga de la infancia. Palmea mi hombro y salimos juntos.

¿Qué habrá buscado allí María? Lo que haya sido que buscaba seguramente lo encontró, porque un veintiocho de noviembre dicen que se detuvo frente a un pequeño montículo ubicado en un rincón y una brisa suave deshiló lentamente su vestido. Un baño de luz ancló su cuerpo desnudo en la tierra convirtiéndolo en árbol y una leve brisa lo deshizo desgajándolo. Miles de hojas secas se dispersaron hasta desvanecerse en el aire.

Ya no busques más niña, ahora descansa.

 

 

Autora:
Graciela Roselli

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